En Mar del Plata se esperan los primeros días de diciembre, es decir, la llegada de los primeros turistas. Los hoteles se encuentran semivacíos y solamente aparecen los propietarios a pintar sus departamentos. Pero siempre se ve a voluntariosos que cruzan las calles con reposeras bajo el brazo, rumbo a la costa. A pesar de los días frescos y la debilidad de los rayos solares, siempre se encontrará gente tomando sol en la rambla, e inclusive en la playa, atragantada por la arena que levanta el viento.
Pero hay mucho movimiento, y es el propio de una gran ciudad que, además, se encuentra convulsionada por manifestaciones de municipales que no cobraron el sueldo y los trabajadores portuarios que desde hace meses se encuentran en movilización permanente. Sin embargo, no son realidades que afecten a los cinéfilos que concurren al Festival de Cine Independiente, por ejemplo, a ver una película rumana titulada "El papel debe ser azul".
Si la palabra "moda" no resultara antipática, sería de aplicación para el nuevo cine rumano y sus películas modestas, que constituyen un fenómeno que recuerda a la revelación del primer cine iraní, con sus temas pequeños de inspiración neorrealista. En todo caso, los une el gozo del crítico que descubre nuevas cinematografías, en un mundo sediento de novedades. Por lo general, todo empieza con un puñado de obras legítimas que llaman la atención, seguidas luego por falsificaciones.
"El papel debe ser azul", como la excelente "Bucarest 12.08" (estrenada en Santa Fe), hace foco en el día que cayó el tirano Ceaucescu, previo a la Navidad de 1989. En este caso, se desarrolla durante esa noche, siguiendo el itinerario errático de una patrulla militar que se desplaza en un insignificante vehículo blindado.
Como lo ya conocido del cine rumano, este filme de Radu Munteau es una miniatura tragicómica, que con tono sarcástico recrea el caos de esa noche de Bucarest a través de la peripecia absurda de esta patrulla, que recorre calles pobladas por revolucionarios, tropas del ejército y fuerzas de seguridad, con la imposibilidad de determinar claramente quién es el enemigo, ya que con rapidez van cambiando de bando.
El protagonista es un soldadito que abandona a la patrulla para unirse a los rebeldes que defienden el canal de televisión, y a quien por poco fusilan, mientras sus compañeros lo rastrean por la ciudad. El filme cumple con su intención de representar lo imprevisible en el momento exacto en que la historia tuerce su rumbo.
"Ninguna isla" compite en el certamen de documentales, y se trata de una película austríaca realizada por Alexander Binger, que indaga en la violencia política de los 70 en su país, aparentemente ajeno al fenómeno que, en esos años, se propagó en otras naciones europeas, en especial, su vecina Alemania.
Esa "isla" fue sacudida por un episodio: el secuestro en 1977 del industrial Walter Michael Palmer, por quien se pagó un rescate millonario a un inexperto y muy juvenil grupo guerrillero. Hoy, los tres principales autores del rapto lo cuentan ante las cámaras, analizan el proceso ideológico que los comprometió en la lucha armada y describen con minucia el operativo, hasta que fueron capturados en la frontera huyendo en autos con los tanques vacíos. De esta revisión y examen personal, surge una alta cuota de ingenuidad que, observada desde el ángulo de los países periféricos, casi parece un comportamiento casquivano.
Aunque hay otros testimonios y noticieros de la época, el documental resulta aburrido, con personajes hablando monótonamente a la cámara todo el tiempo, como si fuera Telenoche.
El sábado por la noche se conocieron los nombres de los ganadores del Festival de Cine Independiente de Mar del Plata (Marfici) 2007.
En la Competencia Internacional de Documentales fueron distinguidos "Los archivos Halfmoon", de Philip Scheffner, que fue calificado por el jurado como "una película sobre la dificultad de concretar el pasado y la identidad individual y colectiva a partir de los documentales históricos", y "Hércules 56", de Silvio Da-Rin, que "cuenta con material propio y ajeno, con los cuales construye, de manera sencilla pero intensa, una reflexión sobre la lucha armada de los años 60", según señalaron desde la organización del mismo festival.
También hubo una Mención Especial del Jurado para "Tres camaradas", de Mascha Novikova. Los jurados expresaron al respecto que se trata de "una reflexión sobre el presente y la irracionalidad de las guerras a través de la historia de tres amigos".
Para la Competencia Nacional de Cortometrajes, el jurado estuvo conformado por Juan Matías "Tute" Loiseau (Capital Federal), Pablo Romano (Rosario) y Mara Santucho (Córdoba). Ellos debieron seleccionar al mejor de treinta cortos de producción argentina. Los cortos consagrados son "La fiesta del zapallo", de Tomás Espinosa, "por su elaborado guión, buena síntesis y el cuidadoso trabajo de la elipsis", y "8cho", de Paulo Pécora, "por su arriesgada ruptura narrativa y sus cuidadas fotografía y actuación". En la misma categoría de cortos, "Lapsus", de Juan Pablo Zaramella, obtuvo la Mención Especial del Jurado, por contener un "ingenioso guión que, apelando a recursos propios de la animación, consigue gags muy bien logrados".
En esta cuarta edición del Marfici, durante los diez días, se exhibieron en total más de de 170 producciones audiovisuales.
El jurado de la Competencia de Documentales estuvo conformado por la directora argentina Mariana Arruti, el realizador español Pablo Llorca y el documentalista israelí-estadounidense Micha Peled.
Roberto Maurer-Enviado especial