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Abelardo Andorno (82), su esposa Hilda Delfino de Andorno (78) y la hija de ambos, Clelia (51), forman una tradicional familia que vive en la siempre apacible zona rural de Gdor. Candioti. Pero la noche del domingo todos juntos viajaron al interior de una pesadilla cuando varios delincuentes atacaron su casa.
Los sujetos arremetieron a hachazos contra las puertas, luego siguieron a balazos y finalmente intentaron prender fuego el inmueble con las personas adentro, en una secuencia de tamaña crueldad que no encuentra antecedentes en la memoria colectiva.
La finca de los Andorno es una añeja construcción del tipo rural, que data de 1920. Está ubicada a espaldas de la iglesia del pueblo y se llega tras recorrer unos 2 kilómetros hacia el oeste por un camino de tierra.
Era la noche del domingo, pasados unos minutos después de las 20, cuando advirtieron que una de las perras de la casa ladraba con gran vehemencia, en dirección al camino.
"Enseguida nos dimos cuenta de que algo raro pasaba -narró hoy Abelardo- porque la perra conoce a quienes nos visitan y nunca ladra".
Conviene saber que los Andorno cargan en su haber con otra penosa experiencia. * El 11 de diciembre de 2005 fueron víctimas de un robo donde perdieron dinero, elementos de valor y hasta su automóvil particular".
Este suceso los llevó a modificar su modo de vivir. Por ejemplo, al caer el sol, es muy difícil verlos andar por fuera de la casa. "Nos encerramos bajo llave y así esperamos el nuevo día", dijeron.
Un golpe de hacha contra la puerta fue el indicador de que algo horrible había llegado al lugar. Pasados unos minutos de un denso silencio, otro golpe retumbó como un trueno contra la añeja estructura que, así y todo, resistió los embates sin romperse.
"íSalgan porque los vamos a matar a todos!", fue el grito de guerra que llegó desde el patio lanzado por un hombre cuya silueta apenas si se adivinaba entre las sombras. Semejante advertencia tenía como objetivo aterrorizar a las víctimas.
Claro que para esta parte los rufianes no imaginaron que, detrás de las puertas, se toparían con un hombre dispuesto a defender lo suyo hasta con su propia vida.
Fue el momento en que don Abelardo pidió que le alcancen el revólver. Y con ello llegó la decisión de atrincherarse en el comedor y resistir hasta el fin. Con su esposa e hija muy cerca brindando apoyo logístico.
Mientras, por debajo de una puerta que da a una galería comenzó a ingresar un humo insoportable. Lo mismo ocurría por un ventiluz que da a otra dependencia.
Los cacos habían prendido fuego a las aberturas y a un banco de madera que oficiaba como mostrador de macetas con plantas.
Para colmo dentro de ese ambiente donde estaban encerradas las víctimas no hay agua ni canillas. El fuego se combatió con las jarras con líquidos guardados en la heladera, además de cervezas y gaseosas.
Y llegó lo peor. Por la ranura de una de las puertas se asomó el cañón del arma de uno de los sujetos. Don Abelardo, parapetado detrás de una pared abrió fuego. Lo mismo hizo el rufián, por lo que se generó un intercambio de fuego prácticamente cara a cara.
En la dramática circunstancia el dueño de casa recibió un tiro en su mano derecha. El proyectil -por suerte- primero pegó en la culata del arma -le hizo saltar las cachas- y luego impactó en el dedo meñique de Andorno.
Así y todo, herido y aterrorizado, el hombre no bajó los brazos y siguió resistiendo.
Mientras la hija Clelia hacía desesperados intentos por comunicarse con la comisaría del pueblo. Luego se supo que esta comunicación estaba abortada de antemano por desperfectos técnicos en la seccional.
Ante la falta de respuestas Clelia se comunicó con una vecina, cuyo domicilio está a más de un kilómetro de distancia. Esta mujer mandaba permanentes mensajes para que "nos quedáramos tranquilos, que ella ya estaba avisando a la policía", contó hoy Clelia.
Poco después, los Andorno vieron por la ventana las luces de un patrullero. Creyeron que el final estaba cerca. Pero como en una secuencia maldita el móvil policial no se detuvo. "Buscando la casa siguieron de largo y casi llegaron hasta el (río) Salado", contaron.
Por fin, al cabo de un buen rato el silencio se apoderó del lugar. Los autores de semejante acción se habían alejado, quizás ante la inminente llegada de los uniformados.
Luego fue el propio comisario quien llegó hasta la casa y comunicó a la familia que ya podían salir. Abrazos, lágrimas y un pensamiento. El viejo le ganó otra pulseada al diablo...
Sin agua.
Para tener una idea cabal del terror que debieron superar los Andorno conviene saber que estaban encerrados y acorralados en una habitación donde no hay canillas ni agua. Cada principio de incendio era sofocado con jarras con agua guardadas en la heladera, además de cerveza y gaseosas. "Pero al final era peor, porque hacía más humo", dijo hoy don Abelardo,
"Poné la plata en la ventana" o "Poné la plata en una bolsa y tirala al patio", eran los gritos que le llegaban a la familia Andorno desde el exterior.
La saña y la crueldad con que actuaron estos sujetos en verdad que revuelve las tripas. Es de hacer notar que el acoso a las víctimas se prolongó por más de una hora. Durante todo ese lapso, los delincuentes se movieron con toda libertad.
Los ataques los efectuaban de la siguiente manera: arremetían algunos minutos. Luego quedaban inmóviles y en silencio, como haciendo creer que se habían ido. Al cabo de un rato, volvían a embestir con toda la furia.
Uno de los rufianes alcanzó a ser visto por las víctimas. "Era un hombre joven, de unos 20 años, muy, muy rubio y de ojos claros", precisaron. "Nos llamó la atención el grado extremo de violencia que tenía contra nosotros. Quería matarnos a todos", sentenciaron.
Texto y fotos de Danilo Chiapello