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Contra los malos augurios predichos para todo martes 13, nos embarcamos hacia la cárcel de Las Flores. Tres horas de estadía no bastaron para recorrerla íntegramente, pero fueron suficientes para tener un primer pantallazo de esos jóvenes enjaulados y de caras ensombrecidas. Al día siguiente, esperaba el penal de Coronda, una especie de ciudad medieval, cuyo muro perimetral fue construido para proteger a quienes viven afuera.
La recorrida por Las Flores comenzó a la hora del baño, alrededor de las 11 de la mañana. Los presos entraban y salían de sus celdas y aguardaban su turno en los corredores de los pabellones. Los pasillos son blancos, las rejas azules parecen recién pintadas y el piso está limpio como no imaginábamos.
En Coronda nos guió el director del penal, Claudio Bertero, quien, ni bien traspusimos una gran reja, advirtió que "esos ruidos" provenían del pabellón N° 4, de "Hermanitos". Los evangélicos formaban una gran ronda frente a sus celdas y oraban en voz alta elevando plegarias al cielo, rayado por los barrotes. Según nos explicaron, llegamos a la hora de la misa.
Los alcaides Lorenzo Ricca -responsable de la zona Norte- y Javier Suárez Vázquez -a cargo de Actividades Culturales- custodiaron al director Bertero y la visita, en una caminata que comenzó por el ala sur, donde habitan los presos con camisetas de Central y Newell's.
Conocida como Cárcel Modelo, la Unidad 1 está en un período de franca reconversión. La división entre rosarinos y santafesinos que derivó de la masacre de 2005 obligó a las autoridades a duplicar todas las actividades y tareas: dos escuelas, dos bibliotecas, dos salas de informática, todo de a pares, como si se tratara de cárceles diferentes.
Desde el muro perimetral, pueden divisarse construcciones modernas, con techos de zinc brillosos, entremezclados con las antiguas ventanitas de vidrios rotos. Los edificios más antiguos datan de las primeras décadas del siglo pasado.
En Las Flores no hay un muro que divida el adentro del afuera. Sólo la alambrada perimetral separa la frontera de la libertad para sus 566 habitantes. Pero, a pesar de las diferencias de cerco, ambas están fuertemente custodiadas desde las garitas o mangrullos, que se alzan a distancias prudenciales y "no se pueden fotografiar", explica el asistente penitenciario de la U2, Gustavo Sánchez.
Eso sí, en ambas unidades abundan los matafuegos y mangueras contra incendio que los guías no se cansan de señalar una y otra vez.
En Coronda por ejemplo, "hay 12 bocas de incendio. Cada una de ellas tiene su manguera para ir ensamblándola con otras a fin de llegar al lugar que sea necesario", informó el director Bertero. Además, cuentan con "56 matafuegos distribuidos, que varían entre 3, 5, 10 y 25 kilos" y una empresa se encarga de los controles periódicos.
Consultado acerca de si existe la posibilidad de un estallido en Coronda, Bertero no lo niega, pero asegura que "las medidas de seguridad están tomándose día a día para que no ocurra ningún hecho que tengamos que lamentar".
El director, a cargo de la unidad desde el 7 de abril de 2006, tras la intervención, dejó en claro que "la mejor forma de sofocar un incendio es evitando que se produzca. Para eso, las medidas están dispuestas, con la permanencia constante del servicio penitenciario, atendiendo las necesidades del interno para no llegar a situaciones extremas".
Una de las manifestaciones más claras de que los ánimos están más calmos en Coronda es, según Ricca, que "en el ala norte no hubo muertes violentas desde la masacre" y ya pasaron más de dos años y medio.
El alcaide de los santafesinos puso énfasis en que "se trabajó mucho en seguridad y se intensificaron las requisas". En la actualidad, "se revisan dos pabellones diarios", además de otros cambios sustanciales como reposición de candados y cerraduras en los portones y la presencia del Grupo de Operaciones Especiales Penitenciarias (Goep) permanente.
Juan Carlos Lucca tiene 44 años, lleva 8 viviendo en Las Flores y, para él, el encierro "es una pérdida de tiempo. Nosotros cometimos un error y lo estamos pagando".
Desde la otra punta de la mesa, Eduardo Bournissent, que cuenta 12 años de sus 39 preso, coincide con su compañero y agrega: "Creo que la palabra que podés asociar al encierro es el sufrimiento".
Un sentimiento compartido en quienes pudieron recapacitar sobre el delito cometido es el de la "impotencia", sumado a la experiencia de haber vivido "muchos quiebres", como la pérdida de relaciones familiares.
"Teníamos que pasar por acá para darnos cuenta", completa Fabián Acosta, de 37 años y 4 en el penal. "Es como cuando te cortás un dedo -grafica-, no te das cuenta de lo útil que es hasta que te falta. La libertad es más o menos lo mismo, uno la valora desde el día en que la pierde".
Los tres son referentes por su participación en la biblioteca, donde "no sólo hay libros", sino que ese espacio cumple una labor "más allá de la lectura", sostiene Bournissent, que atraviesa el régimen de salidas transitorias y trabaja en el juzgado de Ejecución Penal, junto al juez Alejandro Tizón.
Puertas afuera, la presidenta de la Asociación Civil de Familiares de Detenidos Procesados y Penados de la provincia de Santa Fe, Hortensia Colletti, trabaja con las familias de los internos.
"El desarraigo de uno de los integrantes provoca un cambio de roles y una crisis familiar, y es entonces donde la primera célula social se rompe", refiere la mujer.
A eso se le suma el inicio de "un círculo vicioso" en el que se alteran los roles familiares. "Nuestra intención es cortar ese círculo y darle atención al detenido, para que dentro de su condena pueda entender su realidad, las nuevas normas de convivencia y reinsertarse en la sociedad".
Tras siete años de labor, Colletti reconoció que ahora la situación de los internos está mejor que años atrás. "Se ha mejorado, no lo voy a discutir, pero no mucho", evita ser generosa.
"En cuanto al hacinamiento, no está acentuado como antes, pero sigue habiendo", desmiente. Pero, además, advierte una falla que los funcionarios prefieren callar, y que tiene que ver con la labor del Equipo Técnico Criminológico.
Para Colletti, "el personal" de dicho equipo "no da abasto con la cantidad de internos que hay". Por otra parte, algunos funcionarios cuestionaron que ese organismo esté adentro del penal, puesto que le quita independencia a la hora de redactar los informes que luego son elevados para solicitar salidas transitorias o permisos para trabajar extramuros".
Juliano Salierno