Mesa de café
Aborto o derecho a la vida

-Los socialistas aún no se hicieron cargo del gobierno y ya están hablando a favor del aborto- dispara José, mirando de manera provocativa a Abel.

-En realidad, lo que dijo el futuro ministro de Salud es que no van a denunciar a una mujer que llegue herida al hospital, después de haber intentado hacerse un aborto- contesto.

-¿Y se puede saber cuál es la diferencia?- pregunta José.

-La misma que existe entre un botón y un profesional en el arte de curar- responde Abel.

-Para mí el tema es claro -insiste José- la persona existe desde el momento de la concepción y, por lo tanto, todo lo que se haga para interrumpir el embarazo es un crimen, la muerte de un inocente que ni siquiera tiene posibilidades de defenderse.

-Yo pienso más o menos lo mismo que vos -interviene Marcial-, pero creo que una cosa es condenar el aborto y otra es perseguir a la pobre mujer, que por circunstancias seguramente muy bien fundadas decide interrumpir el embarazo.

-Los crímenes se pagan con cárcel -porfía José-, salvo que alguien crea que matar a un niño por nacer no es un asesinato.

-Vos mismo lo decís: "Niño por nacer" -digo- no es un niño, es un proyecto de niño que como todo proyecto puede interrumpirse si existen buenas razones para hacerlo.

-La ciencia ha probado -contesta Marcial- que es una persona. Los estudios más serios demuestran que tiene todas las sensaciones y reacciones de una persona, incluso se sabe que posee vida psíquica.

-Ustedes los católicos recurren a la ciencia cuando les conviene, sobre todo si la ciencia alguna vez coincide con sus dogmas de fe que, por definición son anticientíficos- responde Abel.

-En la mayoría de los países avanzados del mundo, incluida la muy católica Roma, en donde existen políticas sociales solidarias, el aborto está permitido -observo-, mientras que en las sociedades pobres se mantiene este dogma de fe que concibe a la mujer como una incubadora y le desconoce sus derechos más elementales, incluso el derecho a defensa propia, porque a veces una mujer decide abortar porque es su vida o la del feto.

-No es un tema sencillo -modera Marcial-, al punto que yo aceptaría que no fuera penalizado el aborto, pero entiendo que la sociedad no debe tomar a la ligera una cuestión tan delicada y, por lo tanto, está bien que exista una condena moral, porque si así no fuera sería un viva la Pepa.

-Seamos sinceros -dice Abel- no conozco ninguna mujer, ni siquiera la más frívola o casquivana que se haya hecho un aborto, porque estaba aburrida o porque no tenía otra cosa que hacer. Yo parto del principio de que toda mujer que decide abortar es porque tiene íntimas y poderosas razones para hacerlo.

-Su derecho no puede ir en contra del derecho de una vida por nacer- repite José.

-¿Por qué en vez de repetir un dogma, no te preocupás por entender el drama humano? ¿No es más fácil comprender que condenar? ¿No eran ésas las enseñanzas de Jesús?- dice Abel.

-El dogma que defiendo es el de la vida -contesta José. Todo merece ser entendido, pero el límite es la vida humana. Sé que hay mujeres que quedaron embarazadas sin proponérselo, o que ya no quieren tener más hijos, todo eso lo sé, pero todo se puede arreglar dando a los chicos en adopción, entregándolos al Estado; hay miles de parejas que desean criar chicos y por lo tanto la muerte de ese niño no es la mejor solución, por el contrario, es la peor.

-Lo que pasa es que ustedes -digo- se oponen al aborto, pero también se oponen al preservativo, y si los apuran la única relación sexual que conciben es la que se orienta a la reproducción, todo lo demás es pecado, motivo por el cual, las mujeres quedan embarazadas y las que más padecen esa situación son las más pobres, porque las otras abortan en lujosas clínicas clandestinas.

-No lo comparto- sentencia José.

Erdosain