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En su casa del barrio Unido la Policía esperancina encontró muerto a un hombre de nacionalidad italiana que se dedicaba a la comercialización de insumos industriales.
Agentes de la UR XI descubrieron que Giovanni Mezzalana Trabugio (53), yacía sobre su cama con la cabeza destrozada por una bala que partió de un arma de grueso calibre, más precisamente de un fusil Mauser, de caza mayor.
El personal policial llegó a la escena del crimen en compañía del hijo adolescente de la víctima, un joven cuyo comportamiento había resultado sospechoso en distintos momentos del día.
En la mañana temprano el muchacho, de 17 años de edad, había sido visto en compañía de su hermanito de 10, iba al volante del Fiat Marea, un último modelo que su padre cuidaba celosamente.
Entonces los chicos que pasaron por una panadería y compraron bizcochos explicaron a los patrulleros -que los interceptaron-, que el padre de ambos había viajado a la vecina localidad de Franck.
Después, los hermanos asistirían a la Escuela Normal como lo hacían habitualmente, pero más tarde los dos serían llevados a la Comisaría 1ra.
En sede policial el mayor de los chicos explicó, una vez más, que su padre había dejado el auto a su cuidado antes de partir a Franck, pero algo no cerraba en su relato y los agentes quisieron saber por ellos mismos qué había ocurrido con Giovanni, en realidad.
Recién cuando abrieron la puerta del dormitorio apareció el hombre tendido en la cama y con la cabeza cubierta por un almohadón. "Está dormido", habría asegurado su hijo mayor. Pero Giovanni estaba muerto, rígido, con el cráneo destrozado por un disparo, así se pudo ver apenas su cara quedó al descubierto.
Ante ese cuadro el adolescente se quebró emocionalmente y reveló, no sólo su presunta responsabilidad en el tremendo crimen sino también toda la verdad acerca de los hechos desgraciados que hicieron a su atormentada vida.
El muchacho fue llevado a la Jefatura del departamento Las Colonias, mientras su hermanito fue confiado al Centro de Violencia Familiar, diligencias cumplidas por la policía con conocimiento de la jueza de Menores Dra. Ana María Elvira.
Luego, apenas ganó la calle la noticia del crimen sacudió a los vecinos del empresario, sin embargo alguno de ellos admitió que no estaba sorprendido por cuanto -para él-, lo ocurrido: "Se veía venir".
Al parecer, lo que se veía venir en el vecindario también se insinuaba o explícitamente se manifestaba en la escuela adonde los chicos solían llegar con ojos amoratados y hasta con los dedos fracturados como consecuencia de brutales golpizas.
Hoy, los directivos de la Escuela Normal, también el personal docente, ofrecían sus testimonios, por primera vez, en sede policial y allí daban a conocer sus impresiones, mientras que en el Barrio Unido algunos empezaban a recordar que un año atrás la madre de los chicos abandonó el hogar, escapando, supuestamente, de los malos tratos recibidos.
"La madre de los chicos está en camino", dijo una de las fuentes consultadas temprano a la mañana. La mujer que un año atrás tomó distancia de su esposo vivía últimamente en el Paraguay.
También recordó algún memorioso que la madre de los chicos involucrados en esta terrible historia es oriunda de una provincia norteña, y que conoció a Giovanni -con quien vivió algunos años en la ciudad de Laguna Paiva-, en un viaje que realizó a Italia.
Unos dos años atrás la familia se estableció en el barrio Unido de la ciudad de Esperanza y desde entonces hay quienes recuerdan que los chicos solían permanecer en la vereda de la casa, bajo el rayo del sol calcinante, cumpliendo con penosas penitencias, a lo largo de horas interminables.
Al parecer, esos y otros castigos -que nunca habrían llegado a conocimiento de la policía ni autoridad judicial alguna-, eran por demás frecuentes. En ellos encontrarían explicaciones las graves lesiones -como presuntas fracturas-, observadas en las manos del mayor de los chicos.
El parricidio, como remate de tan espantosa relación familiar se daría ayer casi naturalmente, tal como algunos lo "veían venir". Así lo estarían confirmando los coincidentes testimonios que se van incorporando al sumario policial.
José Luis Pagés