25 de noviembre, una marca en la agenda social
Foto: El Litoral.. 
"Si hay violencia, no hay amor"
Hoy se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Una historia que resume la de otras mujeres, las que lograron poner en palabras eso que no se nombra pero hace daño.

El cartel llama la atención, apenas se traspasa el umbral de la esquina noroeste de Monseñor Zazpe y San José: "Si hay amor no hay violencia; si hay violencia no hay amor", dice en letras destacadas. Y no deja lugar a dudas. La violencia familiar no acepta disfraces retóricos ni sentimentales.

Milagros conoce el sentido de esa frase, aunque le llevó bastante tiempo comprenderlo. Fueron muchos años de ver cómo se le escurrían sueños y proyectos, de una autoestima que se iba diluyendo en medio de constantes críticas que casi la convencieron de que ella no servía para nada. Después comenzaron los golpes, cada vez más frecuentes, cada vez más violentos; las sucesivas promesas, los cambios temporarios y un círculo que se iba cerrando más y más hasta ahogarla.

Aquella noche en que una lluvia de patadas cayó sobre su hijo, nada más que por animarse a defenderla, hizo un "click". Denunció a su marido, logró que lo llevaran preso al menos por una noche y salió con hijos y prácticamente con lo puesto. Y no volvió más, aunque junto con la casa haya dejado sus cosas, sus recuerdos y sus afectos.

Fue un largo viaje hasta llegar a comprender que no era la inútil que decía su esposo, que sí servía para todo lo que quisiera hacer, que no era válido el argumento de que lo ponía nervioso y que por eso la maltrataba, y que no eran pavadas todo aquello que quería hacer y no la dejaba.

"Yo tenía esperanzas de que cambie", admite ahora y sabe que esa expectativa que la mantuvo al lado de un hombre violento es compartida por tantas otras mujeres, que confían en que la luna de miel dure por siempre. "Yo no sabía que él era golpeador, porque siempre ponía motivos y, si no había, los buscaba. Jamás hice nada grave, pero él siempre encontraba una razón".

Ahora Milagros -que no se llama así, pero eligió nombrarse de esa forma- habla, "pero al principio no sabía lo que pasaba, no entendía nada. Nunca se me cruzó por la cabeza que las de mi esposo fueran las características de un hombre golpeador, porque siempre creía que era yo. Te hacen creer que sos vos la responsable. Era una anulada total". Y como en tantos otros hogares, ocultó su situación por miedo, por vergüenza o descreimiento de los demás. "Tienen dos caras ellos, dentro de la familia son una cosa y afuera, un señor".

Sin miedo ni vergüenza

Al Equipo de Violencia Familiar llegó porque alguien le sugirió que era un buen lugar para empezar a reconocerse. "Me llevó más o menos dos años sentir seguridad, darme cuenta de que valgo y que no iba a volver más a mi casa, así me haya dolido dejar todas mis cosas, mis afectos y mi vida. Antes estaba desacomodada, desarraigada", cuenta ahora, convencida de que su historia puede servir a otras mujeres que "a lo mejor no saben adónde ir o a quién recurrir y por eso aguantan cosas o se dejan que les prometen cosas que nunca se van a cumplir".

"Pero cuando la persona es golpeadora no vuelve atrás. Pide perdón y una le cree, cree que van a recapacitar porque lloran, prometen, cambian por unos días y cuando ven que consiguieron a su víctima, vuelven y cada vez es peor", advierte.

Milagros sabe que para muchas mujeres es difícil cortar ese círculo por el factor económico. "Piensan, �a dónde voy a ir con mis hijos? �Quién me va a ayudar?". "Yo les digo que no es fácil, pero que `él' no va a cambiar. Promete, pasa el tiempo y en realidad no cambia. Y además, siempre hay una mano dispuesta a darte ayuda. Pero no hay que dudar en pedirla".

Participación pero con acompañamiento

"Cada vez que ocurren estos hechos de violencia extrema -y en las últimas semanas fueron muchos- comienzan a ser constantes las llamadas pidiendo asesoramiento y ayuda", admite Patricia Méndez Lissi, abogada, una de las integrantes del Equipo de Violencia Familiar (San José y Mons. Zazpe). E inmediatamente apunta: "Las instituciones que trabajamos en estas situaciones deberíamos darnos un espacio de discusión acerca de cómo le damos a la familia, al barrio, a la comunidad respuestas efectivas cuando solicitan ayuda, y cierto respaldo y protección por ese accionar tan noble que es denunciar o solicitar intervención por situaciones de maltrato".

Es que en la opinión de la profesional, la gente quiere hacer algo -léase, involucrarse- pero "tenemos que darle la seguridad de que puede hacerlo tranquila y que corresponde hacerlo y que las instituciones la respaldamos".

Junto con el Centro de Asistencia a la Víctima (San Martín 1615 - 1er. piso) son dos instituciones que trabajan desde una perspectiva interdisciplinaria, aunque existen otros organismos que también intervienen en estos temas.

"Quienes trabajamos en violencia familiar sabemos que hay normas que nos están respaldando. El docente sabe que hay una ley que lo legitima para actuar; el médico sabe que hay una ley que se lo está diciendo. �Qué es lo que ocurre que no lo hacemos, que nos quedamos en la intención, en la preocupación?", se pregunta. Entonces, ante una ley que es clara y "dice que hay que actuar", es necesario "acompañar lo que dice", que "en el Ministerio de Salud haya un protocolo que indique a todos los médicos de la provincia que ante una situación de maltrato, debe denunciar; que en las escuelas haya herramientas facilitadoras para quienes intervenir en el problema".

De género y generación

El Equipo está integrado también por la abogada Diana Santucci, por la trabajadora social Belén Rivero y por las psicólogas Romina Del Pozo, Carolina Lazzarini y Ana María Chiavarini, para quien "estas formas de violencia siguen atravesadas por la problemática de género y de generación: son mujeres, ancianos y niños, y en este caso que dependen de los adultos y el abuso por parte de los adultos a veces es letal".

Además, "junto con la lesión física va la emocional. Porque el niño que es maltratado, emocionalmente tiene lesiones tanto o más graves que las físicas. No se ven, pero están".

Para Méndez Lizzi es cierto que, mirando hacia atrás, se ha avanzado con respecto a lo que había, aunque todavía queda mucho por hacer: acuerdos para victimizar menos a la gente, un campo de acción concreto para cada jurisdicción, un programa provincial con presupuesto y recursos humanos adecuados para trabajar en todo el territorio, equipos de contención comunitaria, registros que impidan una mayor victimización, a lo que podría sumarse una línea gratuita que atienda las 24 horas, un refugio donde las mujeres puedan acudir en situaciones críticas.

Pero además de los recursos y las normas es necesario desnaturalizar la violencia sobre los niños y las mujeres. "Ya es un cambio que los titulares digan violencia familiar en lugar de crimen pasional", acepta la abogada.

DE LA REDACCIÓN DE EL LITORAL