Rogelio Alaniz
Que nadie se llame a engaño: lo que se decidía en Venezuela era la reelección indefinida de Chávez. Los demás puntos que incluía la reforma constitucional eran adornos, retórica política, señuelos para engañar a los distraídos. La república socialista bolivariana debe llamarse régimen chavista, un régimen que no es republicano, mucho menos socialista y puede ser bolivariano sólo si prueba que Simón Bolívar, el niño Simón, el vástago de una de las familias más aristocráticas de Venezuela, era negro, hallazgo genético que él intenta demostrar a contramano de la historia y de la propia biología.
En definitiva se votó a favor o en contra de Chávez. El propio Chávez se encargó de polarizar la elección en esos términos. Como Perón en 1945 con su cantinela "Braden o Perón", Chávez pretendió polarizar a la sociedad en la alternativa "Chávez o Bush". En los dos casos las opciones eran falsas, manipuladoras, destinadas a "engrupir giles", como dijera Julián Centeya, con la diferencia de que en la Argentina dio resultado, y en Venezuela -por ahora- no.
El voto por el NO se impuso por una ínfima minoría, pero se impuso. Chávez sigue siendo el político más importante y popular de Venezuela, pero no puede hacer lo que se le dé la gana. Las elecciones del domingo así lo demostraron. Chávez no sólo perdió una elección, perdió el aura de líder invencible que lo acompañaba desde hacía casi nueve años.
Para todo dirigente político perder una elección es una mala noticia, pero para un dirigente mesiánico, un dirigente que dice representar la voluntad soberana del pueblo contra un puñado de oligarcas y vendepatrias, perder una elección es algo más que una mala noticia, es una tragedia. Para el caso, poco importa que haya perdido por un punto. En el folclore populista se gana o se pierde sin matices posibles. Hoy la humillación de la derrota, el áspero polvo de la derrota lo debió padecer Chávez.
Su maestro Fidel Castro, que fue más sabio y más inescrupuloso que él, siempre tuvo en cuenta esa posibilidad y por eso nunca permitió que en Cuba se votara. Castro jamás dudó de que a las elecciones las ganaba; pero para un dirigente que dice expresar el destino histórico de una nación, que asegura encarnar al pueblo en su marcha hacia la liberación definitiva, admitir que la oposición puede llegar a representar el treinta o el cuarenta por ciento del electorado, es una desgracia, un fracaso.
Los populismos de cualquier signo necesitan sostener la ficción de que representan al pueblo. Esa ficción hay que sostenerla incluso negando las elecciones. Para el populismo, la representación simbólica del pueblo es la plaza; la representación del poder, es el líder en el balcón.
Desde esta perspectiva, las elecciones son un simulacro burgués, una trampa liberal montada por los enemigos del pueblo. A veces no queda otra alternativa que convocar al pueblo a votar, pero para que la lógica populista se realice plenamente, esas elecciones deberían ser como las que practicaba Stroessner en Paraguay, es decir, con una victoria del oficialismo superior al noventa por ciento. Bittel me dijo una tarde en un hotel de Asunción que para un buen peronista el régimen paraguayo del Partido Colorado era el ideal.
Por razones históricas, Chávez no puede imitar a Stroessner ni asumir el poder como lo hizo Castro en Cuba. Hoy, en Occidente, las dictaduras totalitarias no tienen lugar. No es casualidad que los amigos de Chávez sean los déspotas de Irán. Los negocios del petróleo explican la alianza económica, pero la concepción absolutista del poder explica la alianza política.
La figura del "autócrata competitivo" es la que mejor se adapta hoy a los regímenes autoritarios. Chávez, en este sentido, no se parece a Fidel Castro, se parece a Vladimir Putin. Los dos se legitiman con el voto popular, pero esa legitimidad no es republicana, es decir, se resiste a admitir controles y su objetivo es la máxima concentración del poder.
Corresponde a los psicólogos debatir si Chávez aceptó la derrota porque es un demócrata o porque no le dejaron otra alternativa. En principio, su ambición de poder siempre fue desmedida y su impulso siempre fue el poder absoluto. Más de un analista estima que al convocar este plebiscito cometió un error de cálculo del cual ahora debe estar arrepentido. No estoy tan seguro de que así sea. A mi criterio, Chávez no podía dejar de hacer lo que hizo. Su lógica política lo conduce fatalmente en esa dirección. Necesita del poder absoluto pero ese poder hoy no lo puede lograr por vía militar o insurreccional, por lo tanto lo disputa por el camino de las urnas. La renta petrolera, la demagogia populista y los errores de sus adversarios hacen el resto.
En estas elecciones hubo un porcentaje altísimo de abstenciones. Se estima que en su gran mayoría fueron chavistas que esta vez decidieron no acompañarlo y prefirieron quedarse en sus casas. Dirigentes claves del régimen se movilizaron a favor del NO. Esa dirigencia incluyó a su ex mejor amigo y a su ex esposa, alguien que en algún momento intentó ser algo así como una Cristina en versión venezolana. Abandonado por la mujer y por los amigos, el destino de Chávez no parece ser el del personaje de la rumba, sino el del tango.
A esta oposición interna se sumó la movilización estudiantil. Chávez los calificó de "nenitos de papá" y de otras lindezas por el estilo; pero lo cierto es que los muchachos ganaron las calles y detrás de ellos se alinearon las clases medias, que en estos casos siempre se suman para respaldar a sus hijos, a los "chicos" como dicen las señoras.
En cualquier sociedad moderna, incluida la venezolana, el respaldo de los pobres es importante, pero no alcanza para ganar elecciones. Con su propuesta de reelección indefinida Chávez se granjeó el rechazo de las clases medias, incluso de aquellos sectores que hoy están haciendo muy buenos negocios con la república bolivariana.
Así y todo, con los errores y las torpezas cometidas, perdió apenas por un punto, lo cual demuestra no sólo su popularidad, sino también el poder que sigue ejerciendo. La oposición ha logrado ponerle límites, pero está muy lejos de representar una alternativa política al chavismo. No es poca cosa haber logrado que Venezuela no se deslice hacia la dictadura plebiscitaria, pero aún falta mucho para suponer que esa oposición está en condiciones de ejercer la alternancia.
Cuando la oposición, además de oponerse, logre sumar a sus exigencias republicanas las demandas de justicia social que están presentes en una sociedad empobrecida y humillada, es probable que entonces sí las horas del chavismo estén contadas. Mientras ello no ocurra, el opio populista seguirá produciendo sus efectos letales en la conciencia de los pobres.