Meditación para el adviento
Por Mons. José María Arancedo

Adviento es un tiempo de espera activa y confiada. Es un tiempo en el que la Iglesia nos llama a prepararnos, a disponer nuestro espíritu, para celebrar la venida del Salvador en la humildad de Belén. Tiempo de "preparar el camino" para la llegada del Señor que viene. No es una espera pasiva con cierto quietismo religioso, sino un tiempo rico en espíritu de conversión personal y de compromiso social, para que nuestro corazón se disponga a ser el espacio siempre nuevo de encuentro con el Señor. Es Dios el que actúa, pero siempre cuenta con nuestra libertad y disponibilidad.

Es tiempo de una espera confiada. Esperamos al que ha venido e inaugurado un tiempo nuevo y definitivo en la historia, y en la que permanece y camina junto a nosotros. Hablamos de una espera confiada, ello no nos exime de la tensa vigilia con la que se vive un tiempo de espera. Su presencia llega hoy a nosotros de diversas maneras: por su palabra y en la eucaristía, en la Iglesia y la liturgia, como también en nuestros hermanos, especialmente los más pobres con quienes él se ha identificado. La certeza de esta presencia pascual del Señor que nos da la fe, es el fundamento de nuestra esperanza que nos hace peregrinos de su Reino.

Durante este tiempo de vigilia y preparación, la Iglesia nos hablará de austeridad y conversión, de oración y limosna, de penitencia y caridad. Las figuras del profeta Isaías, de Juan el Bautista y de la Virgen María serán la expresión y el modelo de esta actitud de espera activa y confiada. Detenernos en ellos con una actitud contemplativa y orante, nos puede ayudar a iniciar este camino al que somos llamados para renovar nuestra vida de testigos comprometidos de su Reino. Me gusta recordar que no ingresamos solos en este tiempo litúrgico, conmigo ingresa la Iglesia de la que soy un miembro vivo. Tomar conciencia de esto debe agregar una nota de mayor responsabilidad a nuestro Adviento.

ACCIÓN DE DIOS

Considero oportuno tener presente este año las reflexiones del acontecimiento de Aparecida. Hablar de un acontecimiento en la vida de la Iglesia es referirnos a una acción de Dios, a un obrar del Espíritu Santo, que nos mueve a seguir a Jesucristo. Por ello, debemos asumir con generosa obediencia las enseñanzas y sugerencias que esta V° Conferencia nos propone, como exigencia de un llamado a la conversión y el apostolado: "No podemos desaprovechar esta hora de gracia. Necesitamos un nuevo Pentecostés" (Ap. 548). Vivir con generosidad la dimensión misionera y eclesial de este "acontecimiento", es un acto de profunda fe.

Es, precisamente, en el mismo lema que nos presenta Aparecida: discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos, en él, tengan vida, donde encontramos las ideas fuerzas o ejes centrales de este acontecimiento. Debemos leerlo desde esta perspectiva, que es un llamado a despertar nuestra vocación cristiana y definir nuestro compromiso eclesial. Jesucristo, la Iglesia y el Mundo será el marco teológico y pastoral que nos introduce y compromete en esta dimensión apostólica del ser cristiano al servicio de nuestros hermanos.

La primera palabra, discípulos, nos habla de una relación personal con Jesucristo. Sólo en él, y desde él, somos discípulos. Creo oportuno transcribir el mensaje de Benedicto XVI a la V° Conferencia que fue asumido por el documento de Aparecida: "El acontecimiento de Cristo es, por lo tanto, el inicio de ese sujeto nuevo que surge en la historia y al que llamamos discípulo. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da nuevo horizonte a la vida.... esto es lo que nos trasmiten todos los evangelios como el inicio del cristianismo: un encuentro de fe con la persona de Jesucristo" (Ap. 243).

Luego se nos habla de ser misioneros, no como algo distinto o yuxtapuesto al discípulo sino como "dos caras de una misma medalla". No se puede ser discípulo sino se es, al mismo tiempo, misionero. Es importante destacar la relación que tiene la misión con la vida de comunión en la Iglesia, porque ambas "están íntimamente unidas entre sí". No hay misión fecunda sin una fuerte vida de comunión. Así, en cualquier instancia de la vida de Iglesia, sea a nivel de diócesis, de parroquia o de instituciones, se insiste en que deben ser "comunidades misioneras" para ser fieles en el seguimiento de Jesús (Ap. 163). En esta misma línea, se nos pide al final del documento despertar "un gran impulso misionero" en todas las Iglesias Particulares, incluso se nos habla de una Misión Continental para "poner a la Iglesia en estado permanente de misión" (Ap. 548. 551). Necesitamos un nuevo Pentecostés fue la primera intuición.

MISIONES

La vida del cristiano es continuar, hacer presente en la historia, la misma misión de Jesucristo: "Para esto he venido para que el mundo tenga vida y la tenga en abundancia" (Jn. 10,10). Ésta es la tercera idea fuerte de Aparecida "para que nuestros pueblos, en él, tengan vida". La vida en Cristo se refiere a la totalidad de la presencia de Jesucristo que eleva, sana y transforma todo lo humano, y debe iluminar todo el caminar apostólico de la Iglesia: "La propuesta de Jesucristo a nuestros pueblos, el contenido fundamental de esta misión, es la oferta de una vida plena para todos. Por eso la doctrina, las normas, las orientaciones éticas, y toda la actividad misionera de la Iglesia, deben transparentar esta atractiva oferta de una vida digna, en Cristo, para cada hombre y para cada mujer de América Latina y del Caribe" (Ap. 361).

Queridos hermanos, en este tiempo de Adviento quiero recordarles el camino misionero de nuestra Iglesia Arquidiocesana en el que estamos comprometidos, me refiero a la misión que realizaremos el próximo año en la Zona Oeste de nuestra ciudad sede. Creo que esta reflexión e invitación de Aparecida nos debe ayudar a hacer realidad y concretar nuestra vocación de "discípulos y misioneros". Cada parroquia, como cada institución o movimiento apostólico, deben sentirse convocados y poner lo mejor de sí, para expresar ante nuestros hermanos el rostro de una Iglesia orante, servidora y misionera: una Iglesia que es fiel a su vocación y al mandato de Jesucristo. Que nuestra Señora de Guadalupe, Madre y Misionera de nuestro pueblo santafesino, nos acompañe en este camino que ya hemos iniciado. Reciban de su Obispo, junto a mi afecto y oraciones mi bendición en el Señor Jesús.