Por Exequiel Kay.- Una bicicleta, un puñado de diarios, un hombre. Con El Litoral en mano y su inconfundible andar, Anselmo Felipe Chiabrando, "Tito", para todos, hizo su historia en Felicia.
Tradicional vendedor de diario El Litoral en esa localidad, hoy resurge su recuerdo a poco más de un mes de su fallecimiento.
Nació en Grütly el 10 de diciembre de 1921 y nos dejó el 4 de noviembre de este año. Bien podríamos recordar su natalicio en el día de su cumpleaños; de cualquier modo, baste con recordar su bohonomía, su aspecto característico, su especial relación con los vecinos de Felicia durante años.
Hoy, sin ocultar su tristeza, Hugo Chiabrando, uno de sus hijos, rememora a su padre. "Se transformó en un personaje. Su silbido permanente y su andar en bicicleta eran característicos en los últimos tiempos", resaltó en diálogo con este diario.
La familia de Tito Chiabrando comenzó hace 44 años, repartiendo diario El Litoral para la agencia de José Ravasio. Al fallecer este último, la empresa, a modo de reconocimiento por el trabajo realizado, otorgó a Tito y sus hijos la distribución del diario en esa localidad del departamento Las Colonias.
Tito no alcanzó a cumplir 86 años. Le faltaron 36 días, pero el homenaje que le tributó el pueblo ha sido sentido, y eso es destacado por Hugo como un agradecimiento a la comunidad.
El anecdotario guardará también que Chiabrando jugó en la Liga Esperancina de Fútbol nada menos que hasta los 52 años. Fue en tercera división y para el Club Juventud Unida. Disputó su último partido en la cancha de San Lorenzo de Esperanza.
"El diario El Litoral se distribuía con nombre y apellido de sus clientes a modo de suscripciones. Pero era toda una odisea, porque con lluvia o frío se hacía difícil. A veces, había complicaciones con los horarios. En invierno, se hacía duro llegar casa por casa con El Litoral", contó su hijo.
De parte de sus clientes, para el Día del Amigo y el de su cumpleaños, Tito tenía sus satisfacciones, porque muchos le brindaban un reconocimiento. Hoy, es recordado por Hilda de Chiabrando y sus hijos Hugo y Aldo, pero particularmente por los lectores del diario y vecinos del pueblo que sentían cada tarde su llegada, compartían una palabra y hoy lamentan un vacío que el tiempo transformará en un noble recuerdo.