La cabeza del niño desnutrido es más pequeña que la cabeza del niño bien nutrido. Porque el cerebro es más pequeño. Pesa menos y presenta signos de atrofia. No basta con el pan y la leche. La desnutrición proteicocalórica afecta casi siempre a los hijos de familias que viven en condiciones de pobreza extrema. Ni los padres ni el entorno pueden ofrecer el nivel de estímulos afectivos y psicomotores que necesitan estos niños para recuperarse, y esta situación agrava la desnutrición y perpetúa la pobreza. La desnutrición es entonces un problema grave del presente que compromete gravemente el futuro, tanto del niño desnutrido como el conjunto de la comunidad.
Resulta fácil observar que un niño desnutrido es más pequeño que un niño bien nutrido. No se refieren estas notas al niño delgado ni tampoco al de constitución pequeña, ni se refieren tampoco al niño que ha perdido peso a causa de una infección aguda, ni se refieren al niño que es más bien flaco porque come poco y mal, y caprichosamente. Se refieren al niño enfermo de desnutrición proteicocalórica, una situación que puede comenzar de manera precoz, ya en el vientre materno, ya durante los primeros días o meses de la vida. Se produce por falta o mala alimentación, más exactamente por falta de los nutrientes que el ser humano necesita, en cantidad y calidad adecuadas, para desarrollarse física y psíquicamente. Argentina no es ajena a esta situación, pero ofrece perspectivas mucho más alentadoras y tiene más soluciones al alcance de la mano que los países en donde la desnutrición es un problema endémico y de magnitud escalofriante. Quien lo quiera podrá encontrar niños desnutridos en Argentina, y hasta podrá hacer algo positivo por ellos (pero no sólo darles comida), y quien no quiera ver esta realidad puede continuar picando queso y salamín mientras espera el asado.
La desnutrición impide el desarrollo de las personas, y por extensión, impide el desarrollo de la comunidad, que prosigue entonces pobre y desnutrida, y presa fácil de políticos y empresarios sin escrúpulos. Que la desnutrición afecta el crecimiento corporal es un hecho evidente, mil veces fotografiado, mil veces un argumento sensiblero para el discurso vacío y oportunista. Lo que no es tan evidente, lo que no se ve con tanta facilidad, pero que es necesario ver con claridad, es que la desnutrición afecta el desarrollo cerebral, lo que implica consecuencias terribles para la persona y para la sociedad.
El cerebro es particularmente sensible a la falta de nutrientes adecuados durante el último trimestre del embarazo y durante los dos primeros años de la vida, en especial durante el primero. Llegado el final del primer año de vida, el cerebro sano ya tiene el 70 % del desarrollo del cerebro adulto. La desnutrición durante el tercer trimestre del embarazo y durante los dos primeros años de la vida, por tanto, dificulta el desarrollo cerebral de una forma trascendente porque lo afecta durante una fase trascendental de su desarrollo. Esta inhibición del desarrollo produce una reducción probablemente permanente en el tamaño del cerebro y en el desarrollo intelectual. Esto no es una novedad: es una verdad que la ciencia hizo pública en la década de 1960 a partir de investigaciones del máximo rigor científico realizadas en Chile y en África. Nadie, por tanto, puede decir que no lo sabía.
Una investigación reciente, de 2007, realizada en México, demuestra que la desnutrición afecta a las neuronas y dificulta sobre todo el desarrollo de las sinapsis que las interconectan; la transmisión de la información dentro del cerebro queda en consecuencia afectada. Pero aún no se sabe qué relación hay entre esta afectación de la transmisión nerviosa provocada por la desnutrición, y ciertas enfermedades psiquiátricas que se deben, precisamente, a dificultades en la transmisión nerviosa. De hecho, los niños desnutridos presentan, de adolescentes, trastornos de conducta y agresividad, otras dos condiciones que entorpecen el desarrollo del individuo. Sí se sabe, y con toda certeza, que es lento el desarrollo psicomotor de los niños desnutridos, con lo cual quedan en posición de desventaja con respecto a los bien nutridos. Ya en la escuela, casi las tres cuartas partes de los niños desnutridos presentan bajo rendimiento escolar por poca atención y memoria deficiente, y la mayoría no completa la escolarización básica, y esto también lastra la evolución de las personas desnutridas y de la sociedad en la cual viven. Los niños desnutridos también presentan apatía, tal vez por falta crónica de estímulos, y se muestran indiferentes al entorno, y esto es, una vez más, otra dificultad grave para progresar.
La disminución del desarrollo intelectual de los niños desnutridos se debe tanto a la desnutrición como a la pobreza del entorno en cuanto a estímulos para curiosear, para conocer, para saber, para relacionarse: la dificultad para ir a la escuela, la falta de juegos y de un ocio creador y estimulante, las carencias afectivas, el abandono, el trabajo sin perspectivas, y el maltrato físico y psíquico afectan también al desarrollo intelectual del niño desnutrido. La experiencia ha demostrado que es posible, al menos en un buen número de casos, recuperar el peso y la estructura corporal de un niño desnutrido si se le administra una dieta adecuada, controlada, duradera e independiente de los vaivenes de la política. Pero la misma experiencia ha demostrado no se puede recuperar lo que el cerebro ha perdido, y que hay que actuar precozmente para que la pérdida intelectual sea la menor posible. Y ahora, que ha pasado el tiempo preelectoral y con él la promesa mil veces repetida de pan y leche para todos, llega el tiempo de actuar con sabiduría para solucionar un problema que en Argentina afecta a muchos niños que pisan una tierra en la que aún abundan los recursos. En el presente está la clave del futuro.
Para no tener mañana niños desnutridos y poco inteligentes (y en su momento malos dirigentes), es necesario alimentar hoy a los cuerpos, con comida; y a los cerebros con estímulos, con ideas, con enseñanzas, con desafíos, con ejemplos. Pensando en el mañana, al que tiene hambre hay que darle de comer, y darle de comer a sus hijos, esto es lo primero. Pero al día siguiente hay que enseñarle a pescar, hay a enseñarle a crear les estructuras mentales que son necesarias para pescar. Hay que enseñarle a usar y a mantener las estructuras materiales que permiten pescar, porque contaminar el río como medida de protesta es como escupir para arriba. Y si después no pesca, que no diga que no le avisaron.
Por Jorge Bello