ANOTACIONES AL MARGEN
Soliloquio del bebedor
Por Estanislao Giménez Corte - [email protected]

I

¿Cómo explicarlo? y ¿es necesario hacerlo? (...) Trataré: todo, pero sobre todo mis pesados fantasmas se vuelven leves de repente, se esfuman, se ahogan; eso es, se ahogan. De rostros trágicos tornan a caricaturescas figuras, se desvanecen, se ahogan. Puedo, sólo en esos momentos, reírme de ellos.

Todo: mis salvajes complejos, los temores fundados e infundados (¿cómo diferenciarlos ahora que, copa en mano, semejan payasescos retratos?), los miedos, sobre todo el miedo a los otros, se van, lábiles, frágiles, livianos (busqué estos sinónimos en un Larousse que siempre llevo conmigo). Pasado el segundo, el quinto, el décimo vaso (no tengo la cuenta, la verdad), pienso, siempre, que se abren las "puertas de la percepción", como decía Huxley, al que leí de chico, antes de reventarme, cuando buscaba textos con fruición y me imaginaba un destino en la escritura. Entonces tenía pasión, o podía dirigir mis energías. Tenía el control. Hasta que no lo tuve.

Muy borrosamente, como veo ahora (una tóxica miopía), recuerdo los comienzos: antes, cada botella derribaba el sistema inhibitorio; estallaban las sensaciones, aparecían las ideas, las palabras, las gracias, veloces como puñales; el tiempo no parecía detenido, como ahora, un animal muerto y sudoroso; corría, natural, dinámicamente; fluía, lo mismo que un texto bien punteado. Así amanecía; así atravesaba la noche y, cuando violáceas luces arremetían desde abajo, desmayaba.

Cada vez más. Necesité más, cada vez, para hallarme en esa suerte de estado de gracia; menos; cada vez menos duraba éste. Todo: un día lo perdí todo. A los demás, mis recuerdos, los puntos cardinales, las cosas materiales, las personas, las ganas, las ganas de despertarme, las ganas de escribir, las ganas (...).

Una descripción

Temblorosas las manos, manchadas, pasan lentas por la barba blanca, por el cráneo que ha ganado lugar al pelo ralo; arqueadas las espaldas, sobre la silla mínima que apenas resiste el cuerpo hinchado de grasas, permanece inmóvil "el que tiene sed" (*); sólo sus ojos humedecidos, rojizos, su cabeza, van, lentamente, aquí y allá. Pasa un cigarrillo tras otro (uno tras otro tras otro), detrás de otro vaso (uno detrás de otro detrás de otro); aquel tabaco seca la garganta hasta que la ardiente fluencia vuelve a mojar la cavidad quemada y profundiza su inmovilidad; el gusto anestesiado que borronea los pensamientos, aletarga y anula lo que alguna vez fueron lúcidos caligramas, alejandrinos, poemas en prosa y ahora no llegan ni a inescrutables garabatos. No hay desesperación. Ni energías para ello hay; hay tristeza, una tristeza que no puede alejar el alcohol, una tristeza inalterable, sólida, terca; una tristeza sobria y borracha, resacosa, medicamentosa, borrosa, tortuosa; una tristeza que lo lleva a beber, a descomponerse (a beber, a descomponerse, a beber). Una tristeza beoda, sorda, inmune a la ginebra, a las pastillas, a las migrañas. Un tristeza que no puede ser ahogada.

II

Una más. ¿Por qué no? me pregunto; ¿por qué no?, pregunto; voy tomar una más y me voy.

*) Un libro de Abelardo Castillo lleva ese título.