Las lidias de Cristina en una semana negra

Hugo E.Grimaldi (DyN)

Sobre llovido, mojado. El socialismo santafesino le acaba de echar dos paladas más de tierra a la nonata luna de miel de Cristina Fernández de Kirchner, al prohijar una típica solución de mercado para terminar con la protesta de los tamberos y mostrar cómo se hace política desde el Estado, sin altisonancias ni demagogia, bajo las reglas del pragmatismo y la negociación directa entre las partes.

Así, el principio de acuerdo enhebrado por los productores y los industriales con la bendición de Hermes Binner, que implica volver a los precios libres de noviembre, resultó, además, una dura patada en el hígado para todos aquellos que, defensores de la larga y visible mano del intervencionismo autóctono, disimulan dentro del gobierno nacional sus propias inconsistencias, con la excusa de luchar como cruzados contra el neoliberalismo. Todo un mazazo.

Por cierto, la cuestión de la leche sólo fue el corolario de una semana nada fácil para la nueva presidenta, la primera de su gestión, tras la catarata de mensajes de posicionamiento o de respuesta que recibió desde varios flancos, que la habitual paranoia de los políticos nunca cree casuales.

El caso de la muerte del prefecto Héctor Febres, la apretada pública que ya el martes le había efectuado Hugo Moyano, los reclamos de los piqueteros, la reaparición de Felisa Miceli enredándose en sus dichos y la explosión del escándalo por la valija del venezolano Antonini Wilson le resultaron a Cristina, en conjunto, casi como un balde de aceite derramado bajo sus pies. Tal fue la intensidad de las contrariedades, que su velocidad hizo olvidar rápidamente la cancha que ella se había preocupado en marcar con muchísima precisión en su más que interesante discurso frente a la Asamblea Legislativa. La dinámica también le cambió de un plumazo el eje a su accionar inmediato: en menos de una semana, la presidenta acaba de retroceder algunos casilleros y es ahora quien tiene el desafío de mostrarle a la opinión pública cuál es su temple y equilibrio ante las dificultades, que en este caso le llegaron en cascada y peligrosamente superpuestas.

Ante la andanada de hechos y consecuencias, fue imposible no recordar por estos días el famoso "No me atosiguéis" de María Estela Martínez, quien nunca pudo imaginar siquiera, como la actual presidenta sugirió al pasar en un discurso, que estas cosas le podían estar pasando por el solo hecho de ser mujer, un evidente traspié de Cristina referido a la debilidad de género, más que atacable por lo más rancio del feminismo.

El problema de la valija fue, tras el caso Uruguay, su segundo roce diplomático de fuste en apenas tres días. En este punto vale marcar que, para responder, el gobierno siguió las reglas más auténticas del período de Néstor Kirchner y resulta imposible en ese sentido no imaginar cómo funcionó el scrum de la "mesa chica" de crisis reunida en Olivos, con la presencia del ex presidente metiendo fichas, tras la andanada de cables internacionales que el miércoles por la noche desparramaron por el mundo que Antonini traía plata de Hugo Chávez a la Argentina, para financiar la campaña oficial. Regla 1: la culpa es de los demás; regla 2: los ministros salen a matar con sus declaraciones, y regla 3: la respuesta se da desde el atril. La secuencia se siguió a rajatabla y las radios se llenaron al día siguiente de conceptos muy duros y homogéneos, en cuanto a la actuación del gobierno de los Estados Unidos, en lo que luego se definió como "operación basura", sobre todo porque los funcionarios argentinos sintieron que nadie los llamó a tiempo para avisarles.

En tanto, el embajador de los Estados Unidos en la Argentina, Earl Anthony Wayne, también dijo lo suyo el viernes, a través de una declaración que leyó al mediodía en su residencia, adonde había invitado a los periodistas días antes del episodio, para celebrar el cierre del año.

El texto, que había pasado los filtros del Departamento de Estado y seguramente del FBI y que aún mereció algunos retoques antes de ser publicado en la página web de la Embajada, se alineó en el relato de los hechos con la posición oficial: el ayudante de un fiscal dijo que un ex socio de Antonini (el venezolano Franklin Durán, quien fue acusado junto a otras tres personas de amenazarlo a él y a su familia para que no dijera de dónde venían y adónde iban los casi U$S 800 mil de la valija) había dicho que los fondos viajaron a Buenos Aires no como parte de una operación de lavado de dinero (por lo que se ha pedido desde aquí la extradición del valijero), sino para financiar la campaña de Cristina de Kirchner.

Según el gobierno argentino, justamente de eso se ha tratado lo que se ha dado en llamar en la Casa Rosada una "trampa procesal", destinada a enredar y a desprestigiar al oficialismo. La idea sería evitar que la Justicia argentina enjuicie al venezolano, también ciudadano de los Estados Unidos, de quien se dice en Buenos Aires que es agente de la CIA, lo que la presidenta definió como una situación con "personajes que parecen salidos de películas o de series americanas, en las que uno nunca sabe cuánto es verdad y cuánto es mentira".

Sin tanto color hollywoodense y con todos los cuidados diplomáticos del caso, el embajador Wayne dio, por su parte, la siguiente explicación: "La identificación del supuesto receptor de los fondos fue dicha por uno de los acusados y no fue una declaración de los Estados Unidos". Después, señaló con ánimo constructivo que las relaciones entre ambos países "son sólidas, basadas en valores e intereses comunes" y que el deseo de su país es el de "mantenerlas y fortalecerlas". Sin embargo, hay dos detalles de las entrelíneas sobre los cuales, si han quedado a la vista en un texto tan cuidado, vale la pena reparar. El primero es que en la enumeración de los hechos, Wayne enfatizó que en su país no se investiga "la violación de leyes argentinas", lo que puede indicar en cuanto a la calificación de "violación", si las hubo, tanto las infracciones aduaneras o eventuales cuestiones de lavado de dinero, como también la inobservancia del artículo 15 de la Ley de Financiamiento de los Partidos Políticos, que prohíbe ingresar fondos desde el exterior con ese destino. Y un segundo punto, que Wayne deslizó al pasar como un consejo dirigido a los periodistas, pero para que a quien le quepa se calce el sayo, tuvo que ver con la supuesta necesidad de que la prensa argentina entienda a "mi país y sus políticas", lo que en buen romance un funcionario en un corrillo tradujo como "esperamos que todos, el gobierno argentino en primer lugar, se den cuenta de que allá la Justicia es independiente", algo que la Casa Rosada ya ha dicho que no compra, en el caso de los fiscales, a quienes no cree independientes.