La vuelta al mundo
La crisis de Bolivia

Rogelio Alaniz

Bachelet y Lula fueron a darle una mano a Evo Morales, que atraviesa por el momento más difícil de su presidencia. El anuncio de un corredor común que integre a los tres países y la promesa de activar las relaciones económicas con Brasil fueron las mejores noticias que recibió el presidente boliviano en los últimas semanas.

Seamos claros, para que se entienda: el peor escenario que se le puede presentar a un mandatario es el que ahora está viviendo Morales, con la amenaza de que las regiones más ricas del país se declaren autónomas. Todo puede soportar un presidente: huelgas, crisis financieras, interpelaciones de la oposición, pero la secesión -o el peligro de la secesión- es la catástrofe para la nación y, por supuesto, para su propia presidencia.

Los prefectos de Santa Cruz, Pando, Beni y Tarija, le reprochan a Morales el acusarlos de secesionistas, cuando ya se sabe que una cosa es la autonomía y otra la secesión. Sin embargo, basta prestar atención a las consignas de los manifestantes, a la agresividad del tono político y a las diferencias raciales cada vez más notorias, para admitir que en esas condiciones la autonomía puede ser la antesala de la secesión o de algo peor.

Digamos que en Bolivia los dirigentes de un lado y del otro están jugando con fuego. Por motivos parecidos, en Estados Unidos hubo una guerra civil que duró casi cinco años, y que si no tuvo mayores consecuencias fue porque al frente del Estado nacional estaba un hombre extraordinario como Abraham Lincoln que intentó antes, durante y después de la guerra encontrar caminos de entendimiento, una actitud que por el momento no pareciera ser la que más predispone a Evo Morales.

No es casualidad que las provincias autonomistas sean a su vez las más ricas, las que expresan casi el setenta por ciento de la producción nacional. A las diferencias económicas, estas regiones suman diferencias raciales que no son nuevas, pero que desde la llegada de Morales al poder se han incentivado y en cierto punto daría la impresión de que no tienen retorno.

Los seguidores de Morales señalan que la reivindicación de la autonomía es un pretexto para defender los añejos e irritantes privilegios de los poseedores de tierras. No están equivocados los oficialistas, pero su verdad es sólo una verdad a medias. Es cierto que los terratenientes y los grandes propietarios se amparan en la autonomía para enfrentarse a las pretensiones distribucionistas de Morales; pero no es menos cierto que el oficialismo algunas torpezas políticas ha cometido, para lograr que las regiones más ricas de Bolivia se unan en un solo bloque en su contra.

Dirigentes nacionales que apoyan a Evo Morales consideran que el intento de aprobar una Constitución para Bolivia a contramano de la mitad de la población es un error, un error serio y además innecesario. Más allá de la retórica indigenista y socializante, la experiencia histórica ha enseñado que determinados puntos de vista, por más justos que sean, no se pueden imponer a la mitad de la sociedad.

En la izquierda es habitual concebir la realidad a partir de contradicciones fundamentales y hablar en consecuencia del puñado de oligarcas y vendepatrias enfrentados a la inmensa mayoría del pueblo; aunque cuando se declara el conflicto ese "puñado" se transforma en una respetable minoría, que a veces llega a representar a casi la mitad de la población.

Otro lugar común con que suelen tropezar los izquierdistas es el de anunciar autoprofecías cumplidas y victimizarse a continuación. Se habla de la maldad intrínseca de los terratenientes y los dueños de las minas, se los declara enemigos impiadosos y se marcha hacia el conflicto para demostrar que efectivamente lo son. Lo grave es que el costo de semejante demostración es altísimo en vidas y recursos.

Bolivia es un país empobrecido y esquilmado por grupos económicos, que a lo largo de su historia se han dedicado a cumplir con esa faena. Una minoría blanca manejó los destinos de la Nación y los resultados están a la vista. La victoria electoral de Evo Morales fue la respuesta a tantos excesos y atropellos, también la manifestación de un grado de madurez política de los dirigentes indigenistas, que lograron en un proceso duro y sinuoso constituirse como alternativa de poder.

La política enseña que no siempre una causa justa en sus términos más generales se traduce en acciones justas para una nación. También enseña -al decir de André Guide- que el camino al infierno suele estar plagado de buenas intenciones y que, en más de un caso, los errores de los "buenos" provocan catástrofes, cuyas consecuencias las pagan los mismos a quienes se quiso favorecer.

Seguramente el tema de Bolivia es complejo, pero más allá de la precisión de los detalles el escenario que se presenta hace pensar que no es el más favorable para los intereses populares.

Iniciamos la nota diciendo que la amenaza de secesión es el peligro más serio que se le puede presentar a un gobernante. Pues bien, Morales, según sus propias palabras, está viviendo esa experiencia.

Cuando esto ocurre, las alternativas suelen ser escasas pero precisas: el golpe de Estado o la guerra civil. Ninguna de ellas son las más aconsejables para cualquier sociedad, pero muy en particular para la boliviana. La otra posibilidad -la menos viable a mi criterio- es la efectiva secesión, objetivo que los propios prefectos opositores han negado, pero que atendiendo a la beligerancia del conflicto siempre está latente.

Por último, quedaría el recurso de la opción más sabia que, sin lugar a dudas, es la más difícil. Me refiero a reabrir los caminos del diálogo, palabra que en un reciente discurso Evo Morales usó por primera vez en mucho tiempo. El diálogo implica construir consensos y, por supuesto, admitir que se debe avanzar más despacio.

La sensatez obliga a recurrir a las instancias del diálogo, pero siempre importa advertir que en las condiciones en que se vive en Bolivia el diálogo y el entendimiento son la alternativa más difícil, pero atendiendo a las enseñanzas de la historia la única que compatibiliza los objetivos políticos de unidad nacional.

Habrá que prestar atención hasta dónde los antagonismos son irreductibles y hasta dónde es posible un mínimo entendimiento. Los hechos se encargarán de disipar las dudas que existan al respecto, pero no hay que perder de vista que si bien la política se alimenta del conflicto, ese conflicto debe expresarse sobre la base de reglas de juego compartidas y no sobre la base de antagonismos irreductibles.

El problema que hoy vive Bolivia son los antagonismos dominantes, por lo que dependerá de la responsabilidad de los dirigentes -oficialistas y opositores- lograr que lo antagónico se transforme en agónico, es decir, en entendimiento. Por ahora, en verdad, no hay motivos para ser más o menos optimistas.