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Nos imaginamos el rostro de Frida Kahlo surcado de arrugas, su cuerpo empequeñecido y torturado y sus inmensos ojos negros con ese brillo obstinado, como desafiando a al vida.
Porque Frida Kahlo ha derrotado a la muerte. Está más viva que nunca a través de sus fotografías, de sus escritos, de sus pinturas. La vibración de su alma y de sus sentimientos se ha prendido como un insecto parásito a las paredes de cuanta casa habitó y su espíritu rebelde y desafiante flota aún en el imaginario popular, convirtiendo su nombre en una ciudadana del mundo.
Nació en Coyoacán el 6 de julio de 1907, entonces un pueblo de la periferia de Ciudad de México. Era la tercera de las cuatro hijas del matrimonio de Matilde Calderón y Guillermo Kahlo. La bautizaron Magdalena Carmen Frida. Su infancia transcurrió en este lugar que entonces era una pequeña villa a media hora del centro histórico, viajando en tranvía.
Construcciones coloniales, plazoletas arboladas formaban parte del tranquilo barrio donde se encontraba la casa paterna, sede del atelier de fotógrafo del padre, Wilhelm Kahlo, hijo de judíos rumanos emigrados de Alemania.
Se puede decir que su infancia fue feliz, a pesar de haber nacido con un mal congénito y de un ataque de poliomielitis, sufrido a los seis años, que le significaron que su pierna y pie derechos quedaran resentidos para siempre, defecto que ella trataba de disimular usando, desde muy joven, anchos pantalones o las tradicionales y coloridas faldas típicas.
La relación con su padre marcó su infancia con la debida cuota de adoración y cariño. De él heredó la pasión por la fotografía, que comenzó en la convalecencia de la polio.
Su primera educación la recibió en el Colegio Alemán de México, para luego pasar a la Escuela Nacional Preparatoria, de donde la joven pensaba proseguir la carrera de medicina. Allí también encontró su primer amor de juventud, Alejandro Gómez Arias.
Pero el destino tenía reservado otro lugar. El 17 de setiembre de 1925, Frida y Alejandro tomaron un autobús en pleno centro de México. Éste fue embestido por un tranvía. Resultado, a ella se le partió la columna vertebral, la clavícula, varias costillas y se fracturó la pierna derecha; además, una barra de acero le atravesó la cadera izquierda, produciéndole una triple fractura de la pelvis. Comenzaba un calvario que la acompañaría toda su vida.
Al año del accidente, cuando los dolores la seguían atormentando, los doctores descubrieron una rotura en una vértebra lumbar. Su vida fue desde entonces un deambular por hospitales, intervenciones quirúrgicas, y grandes, apretados e incómodos corsés trataban de mantener erguida su torturada columna.
Pero Frida no se amilanó. En su larga inmovilidad comenzó a expresarse a través de la pintura. Su padre le acercó los materiales necesarios. Un espejo instalado sobre el lecho sirvió para que la valiente joven comenzara a reproducir el principal motivo de inspiración: su propia persona y una compañía que ya nunca la abandonaría: el sufrimiento provocado por los dolores permanentes.
Rebelde y obstinada por naturaleza, aprendió a dominar las terribles circunstancias y a salir adelante. Para 1928, su recuperación era increíble, y podía llevar una vida casi normal. Así fue que retornó al ambiente estudiantil y entró en contacto con los jóvenes que por entonces rodeaban al comunista cubano Julio Antonio Mella, compañero de una norteamericana de origen italiano, Tina Modotti, fotógrafa acostumbrada a moverse en un ambiente considerado escandaloso por las costumbres e ideas liberales.
Frida no tardó en ser invitada a las reuniones y manifestaciones políticas. Fue en una de esas veladas donde conoció a un pintor que, por ese entonces, ya formaba parte de una corriente que daba que hablar por su forma de expresar el arte: Diego Rivera. Él tenía entonces 42 años y se había embanderado con la causa del pueblo.
Rivera no era precisamente un hombre de buen porte. Lo que más atraía en él eran su exuberancia y desborde en la forma de vivir. Enamoradizo, haciendo bandera de su fealdad, su voz prepotente y su abultado físico, seducía a las mujeres que, dispuestas, se le rendían. Frida no fue la excepción.
Ella deseaba fervientemente mostrarle sus trabajos y finalmente lo consiguió. Él supo de inmediato que la joven tenía talento y así nació una pasión que dio que hablar al mundo.
Se casaron el 21 de agosto de 1929 y se instalaron en la ciudad de México. Junto a Diego, Frida intensificó su espíritu nacionalista. Cambió sus pantalones por los atuendos femeninos que él le compraba y que ella coqueta lucía. El traje ricamente adornado de las mujeres tehuanas, con sus largas y amplias faldas, ocultaba sus piernas maltrechas; los chales coloridos, los adornos de inspiración precolombina, los pectorales, sus grandes aros, el cabello recogido en trenzas con cintas enlazadas. Todo formaba parte de un nacionalismo marcado que también inspiraba la obra de ambos.
Pero otro dolor aguardaba a Frida. Su maternidad frustrada. Las múltiples complicaciones sufridas a raíz del accidente impidieron que los embarazos llegasen a término. Frida guardó las lágrimas para sus obras y siguió a su obeso marido por un derrotero que los llevó a Estados Unidos, donde aprovechó para hacerse tratar.
Por suerte para Frida, Rivera se peleó con sus mecenas, ante la negativa de éstos de incluir el retrato de Lenín en sus obras. Retornaron a México, luego de una breve estada en La Habana.
Frida creyó conseguir algo de felicidad. Instalados nuevamente en su tierra, su salud la volvió a atormentar: un nuevo aborto, una operación de apendicitis y su maltratado pie derecho que exigía una intervención. Su cuerpo comenzaba a sufrir el deterioro propio de tantos contratiempos.
Pero todo eso no fue tan doloroso como la traición de Diego. Frida descubrió que éste la traicionaba con su hermana Cristina. Frida conoció el verdadero dolor. Sumida en profunda desesperación, sintiéndose irremediablemente sola, abandonó a su marido y dio un vuelco a su vida. A partir de allí, su sexualidad no hizo distingos.
El dolor físico y moral acicateaba su producción artística. Su entorno estaba nutrido de personajes relacionados con la política y el mundo del arte. Mantuvo una relación con el escultor japonés Isamu Noguchi, fue amiga y departió con Dolores del Río, María Félix y, entre sombras y comentarios, fue conocida su relación con León Trotski a su paso por México.
A principios de 1938, Frida Kahlo se dirigió a Nueva York para preparar su primera exposición individual en la galería Julián Levy. De los 25 cuadros expuestos, vendió la mitad y la crítica la elogió.
Inició una relación con el fotógrafo Nicholas Muray, pero, a principios de 1939, aceptó una invitación de André Bretón y partió hacia París. Allí trabó amistad con Paul Eluard, Ives Tanguy, Marcel Duchamps y Max Ernst.
La incertidumbre de la guerra la hizo retornar a Nueva York y, luego, a México. Su salud se resintió, debía guarda cama nuevamente. Sólo el alcohol mitigaba sus dolores físicos. La pintura era su bálsamo para el alma. De esta época data su cuadro "Las dos Fridas".
Frida estuvo toda su vida en contacto con la muerte. Sólo la firmeza de su carácter la mantuvo, y un profundo y desesperado deseo de vivir. Su obra así lo manifiesta. Los vibrantes colores, las imágenes que van reflejando su torturada existencia son el espejo donde afloran las distintas etapas de una vida signada desde el principio por el dolor.
A mediados de 1953, tuvieron que amputarle la pierna derecha a la altura de la rodilla. Con una prótesis, volvió a caminar e incluso participar de una manifestación política.
Murió el 13 de julio de 1954. Sus cenizas reposan hoy en un jarrón precolombino en La Casa Azul, su hogar en Coyoacán, convertido en museo desde 1958.
La figura de Frida Kahlo ha tomado contornos de leyenda a medida que pasan los años. Considerada como la pintora americana más famosa y mejor cotizada en el mundo internacional del arte, su rostro tantas veces reproducido en sus pinturas parece burlarse del tiempo, eternizando su belleza exótica y estática que mira indiferente y fría al mundo.
Bibliografía: Frida Kahlo, dolor y pasión. Andrea Kettenmann. Edit. Benedikt Taschen, Alemania, 1992.Ana María Zancada