Cuando la protesta sindical toma de rehén a la sociedad

Los hechos ocurrieron en la ciudad de Buenos Aires pero sus modalidades y consecuencias sociales son representativas de cierta manera de concebir y protagonizar el conflicto por parte de los caudillos sindicales. El miércoles pasado los trabajadores de la construcción decidieron movilizarse en reclamo de más seguridad en sus empleos y mejores salarios.

Como es de público conocimiento, periódicamente algún albañil se precipita desde las alturas como consecuencia -en la mayoría de los casos- de la desidia de empresarios inescrupulosos. El hecho no es nuevo -y una célebre canción brasileña lo ha poetizado- pero en los últimos años estos episodios trágicos se han multiplicado.

El reclamo de los albañiles suele ser justo porque, en efecto, estos empresarios existen y las víctimas fatales suelen ser los trabajadores. Habría que agregar, para que el panorama sea completo, que los empresarios tramposos pueden perpetrar estas maniobras gracias a acuerdos que suelen realizar con delegados sindicales a cambio de suculentas coimas. En no pocas ocasiones hay sindicalistas que no vacilan en sacrificar a sus compañeros por un "puñado de dólares".

Hechas estas consideraciones, reiteramos que el reclamo a favor de la seguridad de los trabajadores es justo pero ninguna justicia autoriza que para ello se decida paralizar el tránsito en una hora pico, provocando perjuicios directos a decenas de millares de trabajadores que a esa hora van a sus trabajos o regresan a sus hogares. La injusticia del procedimiento es evidente: la supuesta sanción moral contra los empresarios inescrupulosos se convierte en una sanción efectiva e infundada contra la ciudadanía en general.

Este procedimiento "piquetero" se ha expandido como cultura de la protesta en la Argentina y expresa de manera descarnada una de las manifestaciones más salvajes a las que se recurre para resolver la conflictividad social. A través de esta metodología, la población se transforma en rehén de los activistas al punto que un grupo minoritario -abusando de las libertades que el sistema democrático consagra y garantiza- puede provocar un verdadero caos en una ciudad multitudinaria como la de Buenos Aires.

Agrava este panorama el conocimiento, o la sospecha, de que esta metodología de lucha fue avalada por la más alta conducción del gremio con el objetivo de usar el conflicto como un factor de presión en la disputa por la conducción de la CGT. En este caso, ya no se trataría de un exceso en la protesta, sino de una maniobra especulativa para resolver rencillas facciosas de los burócratas gremiales.

Recordemos al respecto que hace menos de una semana la presidenta participó de un acto de inauguración de un hotel del sindicato de la Construcción en Mar del Plata, inequívoca señal de apoyo hacia ese sector sindical luego de las refriegas verbales sostenidas con Moyano.

Lo curioso, y también lo patético de este proceso, es que estas intrigas urdidas en las cimas del poder se resuelven usando como variable de ajuste a la población, que es la que siempre termina pagado los costos de quienes se dedican a tejer en las alturas miserables "juegos" del poder.