Educación, un tema del que mucho se habla y poco se hace

Elena Fernández de Carrera

He leído el artículo "Jóvenes, marginación y violencia extrema" aparecido en este diario, excelente y descarnada visión de la realidad oculta (¿o no tan oculta?) de nuestra ciudad que, de seguir a este ritmo, tendrá el triste privilegio de encabezar la tasa de homicidios del país.

Según informan los autores, la proyección la haría llegar a 24 por cada 100.000 habitantes, valor cercano a los de Lima y Bogotá. Si de algo podemos estar seguros es que hemos ido cayendo del podio cultural en el que estaba Santa Fe para llegar a este otro podio, que impacta. Se lee también que estos jóvenes marginales pueden constituir bandas pero no "con alta capacidad organizativa". Y más adelante se dice que "los problemas evolutivos y la falta de educación" les impiden hacerlo.

Creo que ha llegado la hora de hablar de educación sin eufemismos. Cuando llega la época del año en la que se dan a conocer los resultados de los exámenes introductorios que se toman en las distintas universidades nacionales y los medios de comunicación comienzan a difundirlos, todos entramos en pánico. Pero no nos asustemos, íno pasa nada! El año próximo volverá a suceder, sólo que los comentarios ocuparán menos tiempo y menos tinta -como ya ha sucedido- y así seguirá hasta que forme parte de nuestro folclore cotidiano y ya no nos ocasione asombro ni molestia. Precisamente, porque pasa a convertirse en lo cotidiano.

Lo peor es que se empiezan a escuchar -¿o sólo a oír?- algunas voces. La duda al escribir la oración se debe a que me cuestiono si sólo las oímos o las escuchamos con atención. Pero, ¿qué dicen esas voces? Empiezan a buscar culpables. Generalmente, deciden que la culpa la tiene el ciclo anterior de formación escolar, el ciclo medio; y a los problemas en éste, los causa el ciclo primario; y así sucesivamente.

También se puede decir que el culpable es el gobierno. O que lo es la reforma del sistema anterior. Y ¿por qué no la familia? Sin embargo, cada uno de esos enfoques peca de simplista. Lo real es que todos somos culpables. Los gobernantes, los docentes, los alumnos, la sociedad toda. Se debe comprometer al conjunto en el hacer educativo; la escuela sola, por más esfuerzos que haga, no puede realizar los cambios sociales que se necesitan. No nos engañemos, aunque no sea tan notorio como en los barrios llamados marginales, la estructura social está enferma. Las familias disgregadas, la falta de imagen familiar, la permisividad y el facilismo, la falta de normas simples pero capaces de garantizar la convivencia, hacen cada vez más complicada la clara e integral percepción del orden jurídico. Se trata de aceptar el disenso, la diversidad de opiniones; pero en modo alguno la desigualdad de los seres humanos.

Modificando el nombre de los ciclos, las materias y contenidos, no se hallará la solución a la crisis educativa. El panorama cambiará cuando asumamos que todos tenemos responsabilidades y que entre todos debemos bregar por una educación de excelencia y amplios alcances. Cuando señalo que todos somos responsables, me refiero a padres, docentes, autoridades, los simples ciudadanos y la sociedad en su conjunto.

La inequidad es una característica de nuestra sociedad, que implica la falta de oportunidades similares para todos sus ciudadanos. En realidad es una característica compartida por América Latina. Aunque nos cueste asimilarlo, no somos un país del Primer Mundo, estamos inmersos en la realidad latinoamericana. Pero esto, no lleva necesariamente a que no se brinde una educación de excelencia para todos. Los ciudadanos tienen derecho a una educación que no solamente les permita leer y escribir, sino estar informados y formados, tener las necesidades básicas satisfechas y cuidar su salud.

Lo que ocurre en la Argentina es similar a lo que acontece en otros países de Latinoamérica. En razón de ser "miembros de la región más violenta del mundo", los ciudadanos comunes viven cada vez más encerrados por la creciente inseguridad. "La combinación del aumento de las expectativas y la disminución de las oportunidades para los sectores de menor educación es un cóctel explosivo y lo será cada vez más", dice Andrés Oppenheimer, periodista argentino radicado en los Estados Unidos.

Las generaciones actuales no son mejores ni peores que las precedentes, sólo es necesario mostrarles que la voluntad es un motor que todo lo puede; no la suerte, ni la inmoralidad, ni la plata fácil. No se debe educar en el facilismo, lo fácil es lo que ya sabemos; lo que debemos aprender es lo difícil, pero no imposible. Si se coincide en esto, la educación de las próximas generaciones debe ser prioritaria para la sociedad. Es la única forma de poder construir un país justo, serio, desarrollado, sin exclusión social. Esto es justicia social.

La desigualdad, la falta de equidad, traen apareadas la pobreza, la falta de oportunidades, la exclusión. El desafío actual es disminuir las desigualdades, integrar las clases sociales, mitigar las profundas diferencias, aprender a defender los fines comunes de manera de trabajar en pos de un objetivo superior como es una sociedad justa, con libertad pero sin libertinaje.

La educación es el medio adecuado para reducir esas diferencias porque ella no sólo amplía los conocimientos de los alumnos sino que enseña a vivir en sociedad, a convivir con el otro, a aceptarlo y valorarlo.

El Dr. Kilksberg, en su conferencia del 25 de abril de 2007 -cuando se le entregó el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Nacional del Litoral-, señaló que dentro de las acciones criminales que se cometen en la actualidad es necesario distinguir los pequeños actos de jóvenes desesperados por su estado de vulnerabilidad. Vuelvo a señalar: somos un trozo de Latinoamérica, donde sólo uno de cada 100 jóvenes del veinte por ciento más pobre de su población puede acceder a la educación superior.

¿Dónde empieza entonces la solución? Por una mejor distribución de la riqueza. No es posible que el sector más rico de la población siga acumulando riquezas mientras aumenta notoriamente el número de personas cuyos ingresos se hallan por debajo de la línea de pobreza. Estos datos nos permiten dimensionar el volumen del "cóctel explosivo", que se hará cada vez más grande si no reaccionamos a tiempo para detener la debacle.

Sólo una mejor distribución de la riqueza, tal como lo hicieron otros países -Suecia entre ellos- y una mejor educación, como lo están haciendo Corea y Finlandia, nos darán la solución. Sólo así podremos dejar de pensar en rejas.