Viejos creyentes, con voz pausada y tranquila, los abuelos relatan leyendas impregnadas de ternura. Sencillos relatos producidos por la devoción popular, narraciones que a su vez escucharon de sus abuelos y que permanecieron como espíritus alados en su mente y en su corazón. Aquí, rescatamos algunas de ellas para compartir en familia.
La Sagrada Familia recorría un camino rural tratando de alejarse de las huestes de Herodes que cumplían el terrible mandato de su soberano: asesinar niños pequeños. Éste -debido al vaticinio de los Reyes Magos que habían expresado que nacería un rey y temeroso de perder su poder-, había dado la macabra orden sin titubear. Su insensible corazón se manifestó a través de esas categóricas palabras.
La Virgen María llevaba a Jesús en brazos, estaba fatigaba, pues hacía muchas horas que marchaba sin descanso; en su afán de alejarse del peligro que amenazaba a su criatura. De pronto vio a lo lejos un montecito de naranjos. Junto con José apuró el paso, llegó a ese improvisado oasis y se sentó a descansar.
El perfume de las flores de naranjo la embargó, entonces tomó una entre sus manos y llevando el dulce cáliz lleno de esencia hasta su nariz, inspiró el delicado aroma de la nivea flor.
Luego la colocó en su seno y ya repuesta del cansancio, dijo a José que podían reiniciar la marcha.
Desde esa ocasión, las flores de naranjo -denominadas azahares- se hicieron no sólo más bellas, sino también más olorosas, por lo que son empleadas en la fabricación de perfumes. Además, son medicinales y alivian ciertas dolencias de los seres humanos, quienes las emplean en remedios caseros.
Jesús había nacido. En las primeras horas en las que el sol irradiaba sus cálidos rayos, dejando al niño en brazos de José, la Virgen María se dirigió a un arroyo para lavar algunos pañales.
Mientras realizaba su tarea, muchos pajaritos la observaban desde los árboles próximos al lugar y, curiosos, seguían sus movimientos: lentos y pausados.
Como se veía muy cansada, para animarla comenzaron a cantar. Los trinos, melodiosos mensajeros de un arte libre y espontáneo, flotaron en el aire llenando de alegría el lugar.
El improvisado concierto agradó a la Virgen y le infundió energía a su quehacer.
Cuando hubo acabado con su tarea, volaron hacia ella y con sus piquitos tomaron los pañales limpios. Extendidos, los depositaron en ramas a poca altura del suelo para que se secaran bajo los rayos solares.
Luego, la acompañaron en el camino de regreso y cuando ella tomó en sus brazos al Niñito Dios, lanzaron gorjeos arpegiados que, cual puro cristal, resonaron para expresar el incorpóreo júbilo que sentían por quien acababa de nacer para salvar al mundo.
Desde aquel lejano entonces, por una gracia de la Virgen, cada Navidad los pajaritos entonan canciones magníficas y especiales que brotan de sus corazones piadosos, heredados de aquellas avecillas a quienes María agradeció la ayuda desinteresada.
Una abejita fue despertada por la luz que penetró en su panal. La laboriosa obrera alada salió para recoger el néctar de las flores como lo hacía habitualmente.
En el exterior comprobó que una gran estrella en raudales vivíficos, propagaba la luz de su fecundo seno y vio que distintos animales marchaban en dirección a esa fuente luminosa.
Los siguió con curiosidad y comprobó que se detenían ante un establo y luego iban entrando para salir al poco tiempo con una expresión de paz y felicidad.
Intrigada, ingresó también y encontró que en una improvisada cuna de paja había un hermosísimo niñito recién nacido. Sus padres lo miraban amorosamente y un asno y un buey estaban cerca brindándole calor.
Se le acercó un hornero y, conmovido al ver la pobreza que lo rodeaba, se ofreció para hacerle una casita porque él era, según dijo, "algo albañil".
Luego se presentó un loro que depositó a su lado una mazorca de maíz de granos grandes y prietos, en tanto que un picaflor le dejaba una flor de exquisito aroma para perfumar el lugar.
Una calandría entonó su canto bellísimo y una tacuarita que no tenía ni siquiera talento, pero sí buen corazón, se limitó a decirle: -Señor, yo te amo.
Un mono le ofrendó frutos de mburucuyá y una garza se desprendió de algunas de sus blancas plumas para hacerle más confortable el lecho.
Dos vizcachas se presentaron arrastrando un leño para que una vez encendido, brindara calor al Niñito Dios.
El chajá y el tero se ofrecieron para vigilar y advertir si se presentaba algún peligro.
El tucán llegó con su enorme pico cargado de riquísimos frutos silvestres que descargó a los pies del recién nacido.
Cada animal lo adoró y le llevó obsequios, en tanto -finalmente- la abejita zumbando se acercó a él diciéndole al oído: -Traigo un bombón dulcísimo, ípruébalo nene mío! Y puso en su boquita una gota de miel.
Todos los animales rivalizaron en gentileza y amor hacia el Niño Divino. Es por ello que cada Navidad, al armar el tradicional pesebre, abundan las figuras que los representan.
La aurora pintaba relajes de oro y grana cuando José, María y el niñito Jesús, marchaban para protegerse de los soldados Herodes. Pasaron bordeando un campo sembrado de lino. El burrito que cargaba a la madre y al niño se adentró en él. José lo siguió con el propósito de hacerlo volver al camino para marchar con más rapidez.
Varias veces intentó sacarlo, pero el animal se resistía tercamente. Una vez más trató de lograrlo. Cuando oyó ruidos que llegaban desde la lejanía, comprendió que eran los soldados.
Indeciso, no sabía cómo hacer para permanecer oculto con su familia. Las plantas no alcanzaban a cubrirlos y en cuestión de breve tiempo serían descubiertos. De repente el linar comenzó a crecer, los tallos se elevaron de manera prodigiosa, ocultándolos, en tanto que un vientecito suave comenzó a soplar, moviendo el sembradío que -con sus flores azules ondeando- parecía un mar inserto en la llanura.
Merced al ondular pudieron avanzar para alejarse de sus perseguidores, sin que ellos se percataran del movimiento.
La soldadesca pasó por el lugar y siguió su camino, ignorando la presencia de los fugitivos y perdiéndose en el horizonte.
El niño sonreía inocentemente, ajeno al peligro que había corrido; un mar de corolas tan azules como sus ojos lo había salvado.
Aseguran los abuelos que es por este acontecimiento que se prefiere que sean de lino los lienzos que se utilizan en los altares, para poder rescatar la memoria de aquel linar legendario.