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Cuando cuesta lograr la noche de paz
Fiestas ¿en qué familia? Cargadas de significación y expectativas, las fiestas de fin de año suelen poner de relieve conflictos que ya existían desde antes, tanto en el seno de familias tradicionales como en aquellas que sostienen otras formas de organización. textos de Nancy Balza.

Las fiestas de fin de año están asociadas, más allá del sentido que les otorgue cada uno -según creencias y experiencias propias- a la clásica reunión en torno a la mesa familiar, el intercambio de regalos, el brindis cargado de afecto y buenos deseos. Toda una construcción simbólica que a veces queda en mera expresión de deseo. O se concreta, pero termina dejando un sabor amargo. O se mantiene, pero bajo una forma más alejada de la tradición y más cercana, en cambio, a nuevas figuras de familia que derivan en otras formas de organización.

Cuando en esa familia -tradicional o no- hay niños, los conflictos parecen multiplicarse y exacerbarse, a veces porque los padres biológicos no logran resolver sus propias diferencias, o porque las nuevas parejas no encuentran su lugar dentro del núcleo familiar.

Cada historia es particular y diferente. Y como hay personas involucradas, no valen las generalizaciones. Sin embargo, la proximidad de estas fechas suele desencadenar tensiones que, quizá, hasta ese momento pasaban inadvertidas.

Guillermina Ritch es psicoanalista y asimila el concepto de familia a una construcción social, apunta a la fuerte significación que cargan las fiestas de fin de año y que pueden llegar a exacerbar disputas previas, y sin caer en recetas ni recomendaciones, señala que una clave posible para superarlas es lograr acuerdos. E inmediatamente subraya que, la suya no es la única perspectiva desde la que se puede analizar el tema, pero es la que eligió para su formación.

Desde su experiencia personal María Luisa, unida desde hace varios años a un hombre con hijos de su primer matrimonio, coincide en que no es la fecha en sí la que trae aparejados los conflictos, sino que éstos son preexistentes. Ella se identifica con esa figura que se conoce como familia ensamblada y que requiere, por propia definición, afinar las negociaciones. Afirma que "no es tanto la fecha en sí, sino la modalidad que se establezca para pasar las fiestas y eso depende de las pautas que se traigan desde antes: si los hijos no tienen una idea clara de cómo convivir o cómo realizar salidas en familia, será difícil para la nueva pareja instalarlas".

Funciones y posiciones

Ritch sostiene que integrar una familia implica funciones y lugares: hay padres ausentes estando presentes. Esto implica que la función del padre o de madre involucra un lugar, un hacer, una palabra, más que una presencia física. "A veces esa función se puede conjugar en una misma persona".

En el caso de las familias ensambladas, al igual que en la tradicional, esas funciones tienen que ver "con el lugar que el niño le da y toma en relación a esa nueva pareja, con la lectura que hace de esa relación parental y el lugar en que él se ubica". Y esa posición es muy importante, porque "se tiende a pensar que los niños son sujetos pasivos, absolutamente dependientes. Y es cierto que dependen en sus necesidades básicas de los padres. Pero también tienen recursos para construir, a través de ficciones, posibles respuestas en torno a aquellos puntos de su familia que puedan resultarle problemáticos".

Por eso es que no puede trazarse una ecuación directa entre padres divorciados y niños con problemas en la escuela. "De hecho, se reciben consultas de padres que plantean problemas en relación a su hijo en una familia bien constituida y de muchos años de matrimonio".

Una construcción social

Desde este punto de vista las familias ensambladas no serían muy diferentes de las demás; más todavía si se tiene en cuenta que "la familia no es una entidad natural sino una construcción social que tiene que ver con lo simbólico, con la transmisión de un linaje, con lugares, con funciones. Todo esto da cierta perspectiva móvil y de permanente crisis con cambios a los que reacomodarse y lugares que ir ocupando".

El problema, para la analista, más que darse con los niños, se produce en los adultos, por ejemplo cuando el hijo se convierte en motivo de disputa entre los padres o cuando ese padre supone qué es lo que puede ser perjudicial o no para su hijo, pero desde su propia subjetividad, lo cual es -en cierto modo- inevitable.

A María Luisa esta situación le resulta cercana: "en la mayoría de los casos los padres que se separan quedan con mucha culpa, quizá porque no siguen viviendo con sus hijos bajo un mismo techo. Y entonces, cuando están con ellos, los límites no existen, todo se permite, todo se da, y todo lo manejan los chicos". Y ahí es cuando conviene lograr acuerdos, porque cuando ese padre vuelve a formar pareja, una nueva persona -con sus derechos, opiniones, experiencias previas- se integra al núcleo familiar.

Ritch apunta que "existe una tendencia a la democratización en los vínculos de familia que -mal ejercida- deriva en cierto individualismo: entonces, todo parece posible, todo se puede hacer, todos pueden opinar". Para la profesional se trata, en realidad de una "falsa democratización", que lleva a que "cada uno quiera hacer valer lo suyo. Creo que tienen que haber ciertos parámetros, límites, pactos o diques que pongan un freno".

El arte de negociar

¿Qué ocurre en estas fechas, en que las celebraciones van ligadas a encuentros familiares, cuyos bordes se van diluyendo en la medida en que se amplía el grupo de pertenencia? "Al sujeto le cuesta mucho resignar y a veces hay que dividirse, con todo el sentido pleno que tiene ésto para un psicoanalista -apunta Ritch-. Es cierto que cuando un niño es muy pequeño no está en plena capacidad para decidir si quiere quedarse o irse, pero me parece que el conflicto pasa más por los adultos que por los niños".

También pasa por la concepción que se tenga de estas fechas: "son momentos que se pueden tomar como un acontecimiento más o puede ocurrir que se carguen de significación. Desde una opinión personal, cuando una situación está excesivamente cargada, significada, con demasiadas expectativas, ocurre que si algo no resulta como se lo había previsto, se torna catastrófico". Ese acontecimiento termina resultando un disparador de lo que ya ocurría desde antes.

Sin embargo, la familia no debe ser confundida -desde esta perspectiva- como la responsable del síntoma, entendido éste como "algo que molesta, que se siente displacentero, que angustia a un sujeto. Los motivos pueden ser de lo más diversos, por eso hay que tener cuidado con las generalizaciones". En ese marco, las fiestas de fin de año son momentos que -por lo general- están sobrecargados de significación y pueden oficiar de disparador, pueden ser esa gota que colma el vaso y motiva a alguien a consultar, o estalla en angustia y marca un antes y un después.

Como seres "profundamente determinados por lo simbólico, entendiendo como tal el lenguaje, la cultura, somos en cierta manera productos de ideales, normas, modos que ya estaban desde antes de que hayamos venido al mundo. Pero no a todos nos influye de la misma manera. Puede ocurrir que estas fechas contribuyan a exasperar cuestiones, como librar pequeñas batallas sobre quién se queda con los chicos, con quién pasamos cada fiesta...".

"No obstante -apunta-, tiene que haber algo que haga de límite porque, si no, se transforma en una guerra. Un pacto viene bien en esa ocasión, aunque abre un nuevo interrogante: ¿hasta qué punto ceder? El punto deberá ser determinado por cada uno -responde la psicoanalista-. Es una negociación y, si bien asociamos dicho término a cuestiones económicas, a objetos que se intercambian, no necesariamente debe atribuírsele una connotación negativa. Se trata, en todo caso, de la posición del negociador: algo debe resignar para poder obtener otra cosa".

Quizá esos acuerdos lleven tiempo. "A lo mejor, cuando formás una pareja, te imaginás una forma de convivencia pero te das cuenta de que los hijos vienen con un estilo de vida que no es ni parecido a lo que esperabas", admite María Luisa. "El único parámetro -concluye Ritch- es la particularidad del sujeto y lo que uno hace con lo que tiene. Al menos desde el psicoanálisis, el tema es que uno pueda sentirse un poco mejor o vivir de mejor manera con lo que tiene".

En permanente crisis

Para la psicoanalista Guillermina Ritch resulta claro que no hay un sólo modelo de familia. "Generalmente se escucha que en esta época, o en lo que entendemos como modernidad tardía, hay una crisis marcada respecto de la institución familiar, teniendo en cuenta los ideales de la tradición".

Sin embargo, "la familia no tiene nada de natural; se constituye a través de lazos que implican un consentimiento por parte de quienes se agrupan respecto de las funciones que se ejercen o no".

"Se han suscitado cambios en la forma de agruparse como respuesta a diversos factores (económicos, políticos, etc.) que constantemente la están poniendo en crisis. La familia no queda al margen de esos procesos. Siempre ha estado en crisis, no hay una familia ideal. Puede haber una familia más cercana a la tradición", aclara.