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Un repaso a la (otra) historia del arte
Original retrospectiva.

El libro "Buscadores de belleza" reseña un mundo que bien podría denominarse la trastienda del arte: subastas, falsificaciones, robos de piezas únicas y la tarea de los museos pueblan las páginas escritas por las historiadoras María Dolores Jiménez Blanco y Cindy Mack.

textos de agencia Télam. foto de El Litoral

Un recorrido por la historia del arte desde una perspectiva novedosa proponen las historiadoras María Dolores Jiménez Blanco y Cindy Mack en "Buscadores de belleza". En este libro recientemente editado por el sello Ariel, las autoras repasan las aventuras de millonarios excéntricos que dedicaron su fortuna a coleccionar obras desde mediados del siglo XIX hasta principios del XX.

A lo largo de 414 páginas, las autoras repasan la trayectoria de los coleccionistas al tiempo que se concentran en un núcleo que podría resumirse como "la trastienda del arte": el mundo de las subastas, los marchands, las falsificaciones, los robos de piezas únicas y la acción de los museos.

"Buscadores de belleza" cuenta las astucias del banquero Morgan; la extravagancia de la rica heredera Stewart Gardener; la pasión oculta por el coleccionismo del pintor Edgar Degas; la fascinación por Picasso de la escritora Gertrude Stein o las ricas colecciones del barón Thyssen, entre otras historias.

El libro se concentra especialmente en el período comprendido entre 1850 y 1950, considerado la "edad de oro" del coleccionismo entendido como búsqueda personal, como "aventura vital", ya que -según las autoras- luego de ese lapso decae el protagonismo y la visibilidad del mecenas individual en el panorama artístico.

Menos pasión y aventura

"Estos 21 personajes que aparecen en el libro representan, por la variedad de sus trayectorias y sus gustos, un completo abanico del coleccionismo contemporáneo", señala Jiménez, profesora de Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid y colaboradora habitual del suplemento Culturas del periódico La Vanguardia.

Magnates, galeristas, escritores, pintores, eruditos o políticos, hombres o mujeres, americanos o europeos, de gustos conservadores o arriesgados, todos ellos llegaron a convertirse en verdaderos "adictos a la belleza", que son "desconocidos" para el gran público, aunque éste se beneficia "de los esfuerzos y desvelos de estos personajes".

En este sentido, Jiménez indica que aunque el arte se haya "democratizado" y puede ser disfrutado por más gente, "se ha perdido la pasión y la aventura que guió a estos coleccionistas" a favor de un tipo de coleccionismo "de perfil más frío y profesional que se practica desde las instituciones, museos, fundaciones o grandes corporaciones".

Una de las historias singulares que recoge el libro es la de Peggy Guggenheim, una excéntrica dama que siguió el rastro de su intuición para seleccionar las piezas de su extensa colección que no se limitó al arte, según comentan las autoras del libro. Maridos, amantes, amigos, consejeros, protegidos y huéspedes colmaron la vida de esta norteamericana, cuyo principal amante fue el pintor Jackson Pollock, y cuya foto ilustra la portada del libro.

"La colección de Peggy siempre pretendió mantener una postura ecuánime frente a las diferentes tendencias del arte de vanguardia. Suele mencionarse su preferencia por el surrealismo, una visión quizá influida por su matrimonio con Max Ernst, que duró desde 1941 hasta 1943", explican las autoras.

"Pero ella misma explica en sus escritos su deseo de mantener una postura equilibrada, apoyando con sus compras no sólo al surrealismo, sino también al cubismo, al movimiento dadá o, posteriormente, al expresionismo abstracto", acotan.

Obras e historias

La obra de la historiadora española Jiménez y su colega norteamericana Mack abreva también en la historia de Archer Huntington y su fascinación por España, que lo llevó a recorrer ese país en busca de obras y a forjar una larga amistad con pintores como Joaquín Sorolla.

Por las páginas del libro circulan también Bernard Berenson, que asesoró a coleccionistas y coleccionó él mismo, manejando en la sombra la compraventa de obras de arte durante décadas; la familia Rothschild y su colección robada por los nazis; o el marchand Paul Guillaume, que apoyó y coleccionó a los impresionistas.