Una abundante y abigarrada literatura política se ha encargado de señalar los vicios y las manipulaciones presentes en las elecciones primarias de los Estados Unidos. Muchas de las cosas que allí se dicen son ciertas. Para participar de estos comicios hace falta contar con muchos millones de dólares, las consultoras suelen decidir más que los propios candidatos, las manipulaciones que se intentan hacer con el electorado son groseras y hasta la supuesta espontaneidad de los candidatos está calculada.
Los críticos al régimen norteamericano hablan de farsa y circo. Para este punto de vista el pueblo no elige porque los que eligen en realidad son las corporaciones y al ciudadano sólo le queda la alternativa de optar por el mal menor. Para los críticos más radicalizados, las elecciones no merecen ese nombre porque gane quien gane, el que gobierna realmente es el establishment económico, militar y financiero. El poder económico en Estados Unidos -para esta izquierda- está en manos de las corporaciones y las grandes decisiones políticas se deciden en el Pentágono, el Departamento de Estado, la CIA y, en último lugar, la Casa Blanca.
No comparto estos puntos de vista. O por lo menos no lo comparto planteado en esos términos. Estados Unidos como imperio es una realidad mucho más compleja, fascinante y peligrosa de lo que nuestros nacionalistas e izquierdistas pretenden hacernos creer. La retórica antiyanqui no es falsa por lo que dice, es falsa porque no dice todo lo que debería decir.
Si como expresa Albert Camus, "todo error nace de una exclusión", el error sobre la realidad norteamericana nace de las numerosas exclusiones que sus críticos practican. Estados Unidos no es el paraíso, ni pretende serlo, pero tampoco es el infierno. George Bush no es su única, su exclusiva expresión, aunque tampoco es ajeno, sobre todo si se tiene en cuenta que fue votado en dos ocasiones; en la primera, en un proceso electoral algo vidrioso, pero en la segunda le ganó con comodidad al candidato demócrata.
La condición de Estados Unidos como país imperial está fuera de duda, pero esa es una buena razón para estudiarlo y conocerlo con más propiedad, no lo contrario. Reducir la crítica a Estados Unidos a una serie de consignas livianas es un error conceptual, pero para los países periféricos como el nuestro, es un error político, un error que -por ejemplo- Carlos Marx no se dio el lujo de cometer porque entendía que era precisamente en Estados Unidos o en Inglaterra donde el capitalismo se expresaba en sus versiones más avanzadas y, por lo tanto, más conflictivas y complejas.
Regresemos a las elecciones primarias que se iniciaron la semana pasada en el Estado de Iowa. Desde 1901, en Estados Unidos los candidatos de los dos grandes partidos -republicanos y demócratas- son elegidos en comicios internos que se celebran en cada uno de los cincuenta Estados que integran la Unión. Se suman luego los delegados de la capital y los residentes en el extranjero.
A través de votaciones secretas o de asambleas populares los ciudadanos seleccionan los delegados, que luego las respectivas convenciones partidarias habrán de proclamar como candidatos definitivos. El proceso electoral dura varios meses, aunque en el célebre "supermartes" -en este caso, el próximo 5 de febrero- se eligen casi la mitad de los delegados, por lo que para esa fecha los candidatos más débiles se retiran y quedan dos o tres candidatos que compiten hasta el final.
El proceso electoral no está diagramado por santos. Corre mucho dinero, las intrigas y las maniobras de espionaje y contraespionaje suelen estar a la orden del día y abundan todas las picardías y tretas imaginables en estas circunstancias. A no impresionarse. En este punto, el proceso electoral yanqui no se diferencia demasiado de los procesos electorales que nosotros estamos acostumbrados a vivir por estos pagos.
Desde una perspectiva estrictamente democrática, la diferencia entre las elecciones en Estados Unidos y la Argentina, es en más de un aspecto favorable al imperio. No conozco ningún sistema electoral nacional en donde los candidatos estén obligados -como en Estados Unidos- a competir Estado por Estado durante meses. Reducir este proceso a una conspiración manipulatoria, es un simpleza o una torpeza.
En el caso que nos ocupa habría que agregar que Hillary Clinton, que fue favorita hasta hace una semana, deberá esmerarse al máximo para lograr su candidatura. Esto quiere decir que deberá participar en numerosos debates televisivos, deberá estudiar al detalle la fortaleza o las debilidades de sus rivales y deberá preocuparse por ganar el apoyo de franjas juveniles, electorado que hasta este momento no había tenido en cuenta. Ninguno de estos esfuerzos les hizo perder el sueño a Cristina Fernández o a Elisa Carrió.
Barack Obama parece ser la gran revelación. Negro, egresado de Harvard, senador por el Estado de Illinois, mantiene un actualizado perfil progresista, transmite confianza y -dicho sea de paso- fue uno de los contados legisladores demócratas que se opuso al envío de tropas a Irak.
Según los resultados en Iowa, Obama se perfila como el favorito entre los demócratas y el candidato con más chances de llegar a la Casa Blanca. De todas maneras, sus ambiciones de poder sólo se podrán realizar cuando el resultado de las internas lo consagre como candidato. Mientras tanto tendrá que recorrer miles de kilómetros, hablar en infinitas tribunas, participar de numerosos programas televisivos y radiales. Algo parecido puede decirse que hará cada uno de los candidatos del partido Republicano, en donde también se cuecen habas, ya que la condición oficialista del partido no le impide a los precandidatos tomar distancia de Bush.
Atendiendo a los esfuerzos y los desafíos que deben afrontar los candidatos, está claro que las exigencias a las que se deben someter son mucho más altas que las que han debido sortear nuestros dirigentes. Recordemos al respecto que en los últimos comicios nacionales ni la candidata oficialista ni los candidatos opositores pasaron por un proceso de selección como el que se realiza en Estados Unidos.
Se dice que en Estados Unidos los candidatos son todos favorables al sistema. Es así. Pero ocurre que en la Argentina, y en la mayoría de los países democráticos, también es así, ya que el acto de participar en un comicio incluye la aceptación de reglas del juego que son políticas e institucionales. En Estados Unidos, y en la Argentina, los candidatos nunca sacan los pies del plato, no tanto porque se lo prohíbe la ley, como que los propios electores suelen darle la espalda a candidatos que proponen disparates.
Se dice que allá hace falta mucha plata para ser candidato. En la Argentina también, salvo que alguien crea que en estas tierras un candidato a presidente con chances es un indigente. Se dice que en Estados Unidos el Che Guevara nunca hubiera podido ganar una elección. Sospecho que en la Argentina tampoco.
Rogelio Alaniz