AUDREY HEPBURN
La princesa que supo vivir

ANA MARIA ZANCADA

Considerada una de las mujeres más bellas del mundo, Audrey Hepburn murió en Suiza el 20 de enero de 1993, tenía 63 años y era una leyenda del Hollywood brillante, donde tuvo que competir con opulentas divas.

Había nacido el 4 de abril de 1929 en Bruselas, Bélgica y su verdadero nombre era Edda van Heemstra Hepburn-Ruston. Sufrió los horrores de la guerra y las miserias de un campo de concentración. Sus primeras inclinaciones artísticas fueron hacia el ballet, pero eso quedó atrás.

Las primeras apariciones en la pantalla fueron en 1951, aunque su estrella se encendería cuando Willy Wilder la eligió para interpretar a aquella inolvidable princesa que tenía ansias de vivir, papel protagónico junto a un ya casi maduro Gregory Peck. Fue el salto a la fama. Su rostro perfecto, casi angelical, con una sonrisa irresistible y unos ojos que pasaban de la melancolía a la alegría con total facilidad, conquistaron al mundo y al jurado que en 1953 le otorgó el Oscar.

Hollywood y la fama

De figura menuda (1,70 de estatura y 48 kilos de peso) su bellísimo rostro, su delgadez fueron inconfundibles en un Hollywood que afinaba su objetivo en sensuales estrellas de cuerpo ondulante, abultadas caderas y senos provocadores.

Fue precisamente esa figura la que atrapó a Colette para elegirla como su "Gigi" para Broadway. En 1953, Mel Ferrer entró en la vida de la joven estrella. La química entre ambos fue instantánea. El le llevaba doce años y estaba casado. Pero tras su primer encuentro se hicieron inseparables.

Ese mismo año, Audrey entró por primera vez en el taller parisino de Hubert de Givenchy. El modista, un aristócrata de elevada estatura, era amigo de las estrellas del celuloide. El diseñador quedó atrapado por la elegancia innata de esa figura que se movía con la delicadeza de una gacela. El vestuario de "Sabrina" fue exclusivo suyo y allí comenzó una amistad y colaboración que duraría para siempre.

En 1954 se casó con Mel Ferrer a pesar de que la prensa la ligaba sentimentalmente con Humphrey Bogart y Wiliam Holden. La década del '60 fue muy buena. "Sabrina", dirigida por Wyler, le valió una nominación para el Oscar. Luego actuó con Gary Cooper en "Amor en la tarde". Su trabajo en "Historia de una monja", le valió otra nominación. Acostumbrada al éxito pero sin abandonar nunca su dulce sonrisa, su amabilidad y responsabilidad en su trabajo, convirtió en suceso su rol de Holy Golightli, el personaje de Truman Capote para "Desayuno en Tiffany's", para nosotros "Muñequita de lujo".

Luego vinieron "Charada", junto al seductor Gary Grant y la versión cinematográfica de "Mi bella dama", el éxito de Broadway. En 1968 se divorció de Mel Ferrer con quien tuvo un hijo, Sean. Poco antes había sido nominada por quinta vez al Oscar por su trabajo en "Espera en la oscuridad". Luego vino su casamiento con el siquiatra Andrea Dotti con quien tuvo a su segundo hijo, Luca.

Su corazón generoso

Su figura esbelta y delicada siempre se destacó. Su amabilidad, su amplia sonrisa fueron la cuota de ternura necesaria para humanizar el mundo de frivolidades y vanidades de un Hollywood que deglutía bellezas.

Sus últimas apariciones en cine fueron haciendo pareja con Sean Connery, en "Robin y Marianne", el crepúsculo de un amor eterno y su fugar aparición en "Siempre" bajo la dirección de Steven Spielberg, donde encarna a un ángel, rol cinematográfico que le vino como anillo al dedo ya que hacía varios años que viajaba por el mundo, llevando su ternura a los olvidados, como embajadora de Unicef.

Así la vimos, con su rostro maduro, muy lejos de la princesa jovial y ávida de vida, su mano extendida, o sus brazos amorosos, cargando niños africanos olvidados por el resto del mundo.

"Este fue el más hermoso y también el más difícil y el más duro trabajo que he representado en mi vida, tanto en lo profesional como en lo personal", declaró, mientras imploraba ayuda al mundo para esos niños que al nacer ya estaban condenados.

En 1992 se le detectó un cáncer de colon que la obligó a suspender los viajes. Sus últimos meses fueron de sufrimiento y dolor que soportó estoicamente.

El 20 de enero de 1993 la visitó un sacerdote y pocas horas después, rodeada del cariño de sus amados hijos, su rostro adquirió, después de tanto sufrimiento, la paz de los que trasponen el umbral misterioso.

Sus restos descansan en el cementerio suizo del cantón de Vaud. "Dar es vivir. Cuando se deja de dar, no hay nada porqué vivir", expresó alguna vez, y ella por cierto lo hizo realidad a través de su entrega total y desinteresada hasta sus últimos días.