Gustavo J. Vittori
Todo fue muy emocionante. Las cautivas intercambiaron besos y abrazos con sus carceleros, mientras se comunicaban a través de teléfonos satelitales -y llenas de reconocimiento- con un exultante y humanitario Hugo Chávez.
El embajador de Cuba, país donde las Farc recibieron su entrenamiento militar originario, estrechaba a Clara Rojas y Consuelo González contra su pecho revolucionario, al tiempo que exaltaba el valor de la libertad.
Finalizado el selvático ritual, a los guerrilleros -armados hasta los dientes- parecía costarles separarse de sus prisioneras. El recorte televisivo mostraba, a través de las cámaras de Telesur, imágenes que exhibían a un grupo de amigos entrañables desgarrados por la despedida inexorable.
La enternecedora escena se completaría con el regreso de los guerrilleros a la jungla, en fila india, agitando cada tanto sus manos en un largo y angustioso adiós.
Los síndromes de Estocolmo y Dinamarca se manifestaban con nitidez contra un fondo de verdes selváticos. Y las pantallas televisivas de todo el mundo se recalentaban de emoción en tanto la emisión directa batía ratings aquí y allá.
Periodistas de medios de comunicación serios no dudaban en calificar de conmovedor el momento en que carceleros y rehenes se separaban al pie de los helicópteros de la Cruz Roja Internacional deseándose mutuamente un feliz 2008. Las mujeres liberadas agradecían la posibilidad de "volver a vivir" y Chávez, en Caracas, daba vivas a la vida y a la paz.
Si no fuera porque las dos rehenes liberadas habían pasado seis años prisioneras en la selva, se podría pensar en una extraña reunión humanista. El intercambio de afectos y buenos deseos entre personajes tan diversos hacía olvidar de momento que ambas mujeres habían sido capturadas mediante acciones terroristas orientadas a obtener publicidad política y poder de negociación para canjear ciudadanos por milicianos. A tal fin, una congresista y una candidata a la vicepresidencia de la Nación -integrantes ambas de partidos políticos democráticos-, constituían una interesante moneda de cambio.
En el tórrido clima del Guaviare -no se sabe si unidos por el amor o el espanto- todos aspiraban, sin embargo, el oxígeno de la libertad y coincidían en valorar la vida. Lo paradójico es que poco después de esta infrecuente comunión de sentimientos, los guerrilleros regresarían a sus campamentos para vigilar de cerca a los setecientos rehenes que permanecen prisioneros en sus improvisadas mazmorras de la jungla.
Así planteadas las cosas, el caso de los rehenes de las Farc entremezcla el drama político con el culebrón tropical. Una de sus caras se aproxima demasiado al formato del reality show, y dado el éxito televisivo que obtuvo la demorada liberación de Clara y Consuelo, no es disparatado imaginar que las próximas sueltas sigan algún guión o que los rehenes sean nominados por sus compañeros para lograr la tan ansiada libertad. Después de todo, las cosas se valoran más luego de privaciones y pérdidas.
Si le dan juego, el capitalismo salvaje -en sus variantes antropofágicas- es capaz de convertir dramas profundos en buenos negocios. Tanto como los guerrilleros, amocosados por la humedad y devenidos empresarios de la ilicitud. De modo que si ambas puntas se unen, las productoras de contenidos de los principales canales latinoamericanos podrían enfrentar a impensados competidores.
Lo bueno es que por vía indirecta todos reconocieron la importancia de la libertad, la vida, el diálogo y la paz. Lástima que para llegar a esta conclusión hubo que atravesar medio siglo de lucha armada, el camposanto de decenas de miles de muertos y el sufrimiento sin horizontes de numerosos rehenes. Además, nadie sabe cuanto puede durar este infrecuente borbollón de colaboración humanitaria en un mundo donde el humanismo es percibido como una ingenuidad.