Rogelio Alaniz
Sigo pensando que la libertad de los rehenes es un circo. Si a la función habría que llevarla al teatro, el género que mejor la expresaría sería el grotesco. La liberación de dos rehenes de las Farc es, sin dudas, una buena noticia, pero lo que me preocupa no es la buena noticia sino el sainete que se organiza alrededor de ella. Creo en las lágrimas de las liberadas, no creo en las lágrimas de Chávez.
Desde el punto de vista práctico entiendo que es correcto que se hagan gestiones por la libertad de los cientos de rehenes en manos de las Farc. No se puede esperar que el gobierno de Colombia derrote a una guerrilla que sobrevive desde hace cincuenta años para lograr la libertad de los prisioneros. Pero no es éste el punto en discusión, el punto en discusión no es la misión humanitaria sino la propaganda política que se intenta montar alrededor de ella.
No soy ingenuo y sé que en toda operación política se pretende obtener dividendos. No es eso lo que me preocupa. Lo que me preocupa es que nos quieran tomar por tontos. Chávez pretende presentarse como un humanista renacentista, pero calla lo principal. El presidente venezolano no es neutral en este conflicto. Sus acuerdos políticos con las Farc son evidentes y él mismo se ha encargado de expresarlos. Su rol no es el de un liberador, sino el de un representante diplomático, o si se quiere, de un abogado cuyo cliente responde al nombre de Farc.
Las funciones de Chávez no son las de un justiciero preocupado por las inequidades que llueven sobre el mundo. La tarea que cumplió me recuerda a la del célebre "policía bueno" que se presentaba ante la víctima como su amigo para obtener la información que el torturador no lograba a través de sus métodos. Uno se valía de la picana, el otro de sus buenos modales. Ambos eran amigos, estaban unidos por el mismo objetivo, pero ante la víctima acorralada por el dolor cumplían roles diferentes.
El derrame de sentimentalismo mediático pretende ocultar lo obvio: si hay rehenes es porque han secuestradores; si hay víctimas es porque hay victimarios; si hay secuestrados es porque hay secuestradores; si hay mártires es porque hay verdugos. Conozco las opiniones de Chávez sobre la humanidad de las prisioneras recuperadas, conozco incluso sus críticas a Uribe, pero no conozco una palabra suya en contra de las Farc, es decir en contra de los secuestradores, los victimarios, los verdugos...
En tiempos de la dictadura militar argentina, llegaban a Europa algunos presos liberados por las Fuerzas Armadas. La alegría que provocaban estas libertades entre los militantes de derechos humanos no era un pretexto para esconder la identidad de los carceleros; todo lo contrario, era un argumento más para seguir luchando contra la dictadura.
En el caso que nos ocupa, la situación se invierte: la liberación de estas dos mujeres pretende presentar a los secuestradores de las Farc como muchachos idealistas y a Uribe como un político insensible. Es como si una banda de secuestradores, decidiera liberar al rehén y entonces, por un pase mágico, se transformaran en los buenos de la película.
Se dirá que a los guerrilleros no se los debe comparar con delincuentes comunes. Puede que sea así. Las Farc no son delincuentes comunes, son delincuentes políticos. Su legitimidad sólo obedece a la ley impiadosa de la violencia. Como organización política sólo están comprometidos con la legalidad que ellos mismos se imponen. Como los maoístas de otros tiempos, creen que "el poder nace del fusil". Su relación con la legalidad es absolutamente manipulatoria. La aceptan cuando los beneficia, la rechazan cuando los compromete.
Según las circunstancias reclaman la condición de Estado, pero no están dispuestos a hacerse cargo de ninguna de las responsabilidades que emergen del Estado de derecho, no sólo porque hoy no tienen el poder, sino porque si lo llegaran a obtener por convicción política y formación ideológica rechazan todos los controles que impone un Estado de derecho.
La situación de Uribe no es la misma. Está elegido por el pueblo y por mandato institucional está obligado a rendir cuentas por cada uno de sus actos al Poder Judicial, al Parlamento, a los grupos económicos, a los partidos opositores, a la comunidad internacional. Ninguno de esos "inconvenientes" padecen las Farc.
Si Chávez y los Kirchner quisieran ser leales al compromiso humanitario que dicen sostener, deberían respaldar a Uribe. Terminar con la guerrilla en Colombia es la tarea más humanitaria que se puede hacer. Sería al mismo tiempo un acto de coherencia. Si se expresa tanta emoción por la libertad de dos rehenes, lograr que se recupere la libertad de los cientos de prisioneros que desde hace años están privados de su libertad, debería ser el motivo para una verdadera fiesta espiritual. Repito: no se puede estar sinceramente a favor de los secuestrados si no se lucha contra los secuestradores.
Un jefe de Estado que se precie de tal debe definir antes de cualquier intervención humanista de qué lado está. La exigencia vale para Chávez, pero también vale para los Kirchner. La pregunta a responder sería la siguiente: ¿Quién es el titular de la legitimidad política en Colombia... las Farc o Uribe...? Yo entiendo que esa titularidad le corresponde a Uribe, pero tengo la sensación de que Chávez no piensa lo mismo.
Por supuesto que está en su derecho a interpretar la realidad de otra manera, pero entonces que la explicite y que la explicite con claridad, sin fugarse hacia los lugares comunes al estilo "no nos metemos en los asuntos internos de otros países", porque desde hace rato lo está haciendo y lo está haciendo de la peor manera.
El silencio de Chávez al respecto es elocuente y hasta ruidoso, si se permite la paradoja. Su rol de neutral no es sincero y Uribe, como presidente de Colombia, tiene derecho a fastidiarse con quienes pretenden ganar laureles o disimular derrotas en nombre del humanismo y manipulando un tema que a Colombia le ha costado, y le cuesta, sangre, sudor y lágrimas.
Algo parecido podría decirse del propio Sarkozy. En Francia fue elegido presidente reivindicando las banderas de la autoridad y prometiendo mano dura contra los inmigrantes, menos para Carla Bruni por supuesto. Ahora bien, este abanderado de la derecha francesa, este sustituto educado de Le Pen, le exige a Uribe que dialogue con la guerrilla y, si es necesario, que se baje los pantalones. El colonialismo político francés es una reliquia del pasado, pero el colonialismo cultural de algunos dirigentes franceses parece gozar de muy buena salud.
Del gobierno argentino no me molesta su actuación, me molesta su sobreactuación, su desmesura, su tendencia irreprimible al papelón, esa morbosa inclinación a ser furgón de cola de la diplomacia chavista. No está mal solidarizarse con los dolores que agravian al mundo, pero a las misiones humanitarias hay que hacerlas bien, es decir, con discreción, con esa autoridad moral que debería dar un gobierno que, en primer lugar, se desvela para que en el orden interno los fueros del verdadero humanismo no sean avasallados.