De la Redacción de El Litoral
El haiku, forma poética difundida en Japón a partir del siglo XVI, tiene una estructura simple y rígida: 17 sílabas distribuidas en tres versos de 5, 7 y 5. Sus temas solían originalmente estar delimitados por el "kigo" (referencia a una de las cuatro estaciones, la flora, la fauna...). Pero el haiku es mucho más que una forma y un "kigo", y por eso ha podido ser retomado, adaptado y adoptado a otros idiomas y culturas. Influenciado por el budismo, por una visión serena (o penetrante, podríamos agregar) del mundo y por el surgimiento de la aparición del koan o iluminación, el haiku tuvo maestros ilustres en Basho (1644-1694), Issa (1762-1826) y Shiki (1867-1902), entre otros. La concisión, la contemplación de la naturaleza, una revelación final suelen ser algunas de sus más íntimas y profundas características.
La santafesina Analía Rodríguez de Parajón, residente en Santo Tomé, ofrece en "Nao silente" (Edición de Autor) un nutrido grupo de haikus agrupados en distintas partes (Los animales, El cielo, El agua, La lluvia, El árbol, El viento, Paisajes, Sentimientos, Varios y Variaciones). Poemas en pinceladas diáfanas y a la vez estremecidas, en descripciones precisas capaces de despertar múltiples resonancias. Así: "Vuelan al viento./ Gaviotas en el aire,/ cielo ondulado". O: "Llega al corazón/ música para mirar:/ claro de luna". O aún: "Tonos plateados/ a la nieve ilumina/ un gran espectro".. O el haiku del que toma el nombre este libro: "Un punto blanco/ se ve en el mar profundo./ Es nao silente".
Como escribe Carlos Antognazzi en el prólogo: "Analía es una auténtica haijin." (Se aclara que "se denomina así al poeta escritor de haiku"). "No sólo porque escribe haikus, sino porque posee la condición esencial para hacerlo: un punto de vista, un lugar en el mundo. En ella los versos no surgen presionados, sino con una envidiable naturalidad".