Saber que los emperadores romanos, Adriano y Trajano eran sevillanos, despertó aún más mi curiosidad por conocer esta ciudad "enorme". Lo que produjo Sevilla la primera vez que la recorrí fue, literalmente, un "embrujo", que persiste y exige, siempre, regresar una y otra vez para descubrir cosas nuevas y sorprendentes. Existe allí, en Sevilla, una historia más que bimilenaria hecha urbe; los siglos parecieran amontonarse en sus barrios, las murallas, iglesias, museos, y en la Catedral gótica, que una vez fue mezquita durante la larga estancia árabe en el sur de España.
Si se visita esta ciudad durante Semana Santa se tiene la posibilidad de asistir a un espectáculo que dura justamente una semana, de forma ininterrumpida. Para comprender las salidas de las diversas Cofradías, con sus Cristos y Marías, sus pasos, música o silencio, es conveniente averiguar la historia que se esconde detrás de cada una de ellas. Las largas procesiones de los cofrades, vestidos cada uno de una forma particular según sea la cofradía, llevando en imagen una parte de la historia acontecida hace dos mil años, constituye una experiencia que exalta la sensibilidad. Y si se ha leído algo, aunque sea poco, acerca de lo que se está viendo, el corazón y la inteligencia humana se llenan de asombro.
La Virgen de la Macarena, El Señor del Gran Poder, el Cristo de la Expiración, llamado el Cachorro (hay un conmovedora historia detrás de este nombre), La Virgen de La Esperanza, El Señor de los Gitanos, entre otros, son manifestaciones de lo que se conmemora en Semana Santa, hecho imagen, color, música, o simplemente silencio, que resulta sobrecogedor cuando pasa frente nuestro el Señor del Silencio, cofradía a la que estoy unido de forma particular. Pero es otra historia.
Después de un tiempo comprendí un dicho muy repetido por los sevillanos: "Quien no conoce Sevilla no sabe de maravillas".