Reinaldo Avilé
El 23 de febrero de 1958 hubo comicios generales para elegir presidente, gobernadores, legisladores nacionales y provinciales, concejales y miembros de las comisiones de fomento. Quienes adheríamos al "desarrollismo" pregonado por Arturo Frondizi participamos de los comicios a través de la sigla Ucri que triunfó en todo el país y consagró la fórmula Frondizi-Gómez. Después, según las normas de aquel tiempo, la legislatura eligió a los dos senadores nacionales y prestó acuerdo para la designación de los intendentes municipales.
Yo era un jovenzuelo entusiasta militante en aquella intensa campaña electoral y tuve el privilegio de presentar, junto con Marta Calle -y a través de los equipos amplificadores de Alcides Lana-, a los candidatos partidarios en un memorable acto en la plaza Constituyentes. Allí hablaron Ángel O. Presce, Carlos Sylvestre Begnis y Arturo Frondizi. Nunca había observado una multitud tan grande y jamás olvidaré lo emocionante que fue anunciar la palabra del futuro presidente. Nos retiramos del lugar convencidos de que los sectores populares nos brindarían su voto y, en consecuencia, palpitábamos el triunfo.
El 1° de mayo de ese año, asumieron las nuevas autoridades. Cuando luego del juramento del presidente ante el Congreso se realizaba el tradicional desfile militar, el general que encabezaba las tropas hizo el primer planteo de los innumerables que debió soportar Frondizi: antes de pasar frente al palco oficial, bajó del vehículo que lo transportaba y arrojó por una ventana de la Casa Rosada su pedido de pase a retiro, abandonando el puesto.
En Santa Fe, fueron elegidos senadores nacionales Rodolfo Weidmann y Augusto Bayol, mientras que Ramón Lofeudo era nombrado intendente municipal.
Sylvestre Begnis asumió con estos ministros: de Gobierno, Justicia y Culto, Enrique Escobar Cello; de Hacienda, Economía e Industrias, Juan A. Quilici; de Educación y Cultura, Prof. Ramón Alcalde; de Obras Públicas, Félix Pagani; de Salud Pública Eduardo E. Galaretto y de Agricultura y Ganadería, Félix Ferro. Fiscal de Estado fue el Dr. Aparicio Monje y secretario general de la Gobernación, José Manzano.
Por cada ministerio, había solamente un subsecretario, con excepción del de Hacienda que tenía dos. Con ese equipo y el acompañamiento de una Legislatura integrada por muchos jóvenes brillantes, comenzó un tiempo nuevo en el que hubo trascendentes acciones de gobierno, importantes obras públicas (rutas, puentes, túnel, defensas contra las inundaciones, escuelas, hospitales, dispensarios, centros cívicos, anfiteatros, etc.), un enorme impulso a la difusión de la cultura y la mayor expansión industrial y económica de que se tenga memoria en la provincia. No le hizo falta a don Carlos crear nuevos organismos burocráticos ni modificar las denominaciones de los ministerios; como me dijo en cierta ocasión: "Para gobernar bien, sólo debes tener algunos principios, conceptos claros y un gran sentido común". Al ser designado embajador Escobar Cello, asumió Galaretto como ministro de Gobierno y Juan Lo Bianco lo hizo en Salud Pública, mientras que Pagani pasó a ser titular de Educación (cargo en el que lo sorprendió la muerte) y Gilberto Pietropaolo fue a Obras Públicas. En aquel tiempo era común ver al gobernador caminando, temprano en la mañana, por calle San Martín desde la residencia de calle Tucumán hasta su despacho oficial. Tuve, también, el privilegio de hacer ese recorrido varias veces junto al mandatario, charlando sobre diversos temas como sólo podía hacerlo con un gran maestro como él.
En la ciudad, Lofeudo integró su gabinete con el Ing. Frutos en la Secretaría de Gobierno; el Esc. Alonso Sánchez en Hacienda; el Tec. Giménez en Obras Públicas; el Dr. Paolantonio en Cultura y el Dr. Parodi en la Secretaría General. Solamente designó 3 subsecretarios: en Gobierno, Alberto Spiaggi, quien fue reemplazado luego por José Bubis; en Cultura, Néstor Corte, y en Obras Públicas, Oreste Scotta, quien se convertiría en el secretario al poco tiempo. Además de ese equipo, el intendente reunió a algunos otros colaboradores -entre los que me contaba-, con quienes comenzó la transformación de Santa Fe, y se ganó el mote de "Hacha brava", por inspiración de un poeta que se ganaba la vida como cronista de temas cotidianos en el vespertino local.
Frondizi esquivaba planteos militares impulsados, muchas veces, por políticos que no toleraban haber perdido las elecciones. Paralelamente, sentaba las bases de un país moderno, transformaba la economía con autoabastecimiento petrolero, siderurgia, industria y la tecnificación del campo, establecía la libertad de enseñanza y le otorgaba a la educación pública el mayor presupuesto relativo del siglo XX, promoviendo, además, la cultura y la investigación científica.
La ley de energía, cuya sanción demandó un enorme esfuerzo, hasta el punto de verse a legisladores en camilla por la negativa radical a dar quórum, posibilitó el plan de electrificación urbana y rural que transformó el interior de nuestra provincia. Los tambos se tecnificaron, las industrias se multiplicaron, las fábricas se levantaban en todo el territorio y muchos abandonaban la administración pública para sumarse a la creciente actividad económica privada.
La Argentina era respetada entre todas las naciones. Nerhú, De Gaulle, Kennedy, Adenauer, Betancourt, Kubitschek, López Mateos, Mac Millan, Paz Estensoro, Juan XXIII y tantos otros líderes de aquellos tiempos, tenían en Frondizi a un interlocutor lúcido y brillante. Lamentablemente, en l962, la intolerancia política y los intereses mezquinos frustraron aquella marcha hacia la grandeza del país.
Conservo un pequeño libro de la poetisa Rosaura Schweizer, quien al dedicármelo en enero de 1959 escribió: "Para Reinaldo Avilé que sueña un hermoso porvenir para la juventud de su tiempo". Así sentíamos porque soñábamos; así nos frustraron y hoy añoramos aquella época en la que se hacía y se gobernaba vislumbrando un horizonte promisorio.