Los conflictos desafían el discurso

La política tiene una tendencia inercial. Los piqueteros movilizados, por ejemplo, hacían juego con el discurso de atavismos demagógicos de Néstor Kirchner, pero no combinan con las disertaciones más intelectuales de su esposa. Sin embargo, ahí estuvieron ayer, en los alrededores del Congreso, como si nada hubiera cambiado en diciembre último. Los piqueteros y la clase media no se llevan bien, y los Kirchner no hacen ningún intento por seducir a esos sectores decisivos de la sociedad.

Guillermo Moreno es un viejo anacronismo, pero lo es más desde que se prometieron ráfagas de cambios impulsadas por la nueva gestión. Entre Martín Lousteau y Moreno se libra, quizá, la batalla más importante entre lo que pasó y lo que podría, o debería, venir. La decisión última vacila, fluctúa sin resolverse.

Cristina Kirchner habló ayer, en su primer discurso anual ante el Congreso, del Bicentenario de 2010 y se estiró hasta 2016. Si bien era hora de que alguien se acordara en la Argentina de que se viven ya las vísperas del Bicentenario, también es cierto que la forma cómo se llegará a esos fastos depende de la conclusión de muchos conflictos actuales. Un diálogo y hasta un acuerdo entre los sectores sociales, empresarios y sindicales fundamentalmente no sería una mala gimnasia en un país de complicadas convivencias. Ese acuerdo social (así lo llamó la presidenta) no incluiría precios y salarios para no repetir la fórmula derrotada de Gelbard y Rucci en los años setenta, aunque Hugo Moyano sigue deslumbrado con esas decrepitudes históricas.

En un discurso no leído, de una hora y media (Cristina Kirchner se niega a abandonar los viejos hábitos de parlamentaria), dejó entrever que ese acuerdo debería mover la economía hacia un rumbo determinado por el Estado y los principales actores sociales. La nación política siempre proclamó la necesidad de construir un esbozo común de país, pero nunca llevó esas palabras a los hechos. �Lo hará Cristina en los próximos cuatro años? Antes, corresponde formular otra pregunta. La oposición es débil y errática en la Argentina. Pero aun así, �no valdría la pena el intento de sumarla al acuerdo? �No fue eso, acaso, lo que sucedió en España con el ponderado Pacto de la Moncloa?

Lousteau (y a veces también el jefe de Gabinete, Alberto Fernández) ha estado hablando con empresarios del sector automotor y del lácteo, entre otros, para interesarlos en el asunto. Fernández hasta tendió una línea con el presidente de la Sociedad Rural, Luciano Miguens, porque considera que a ese proyecto le faltaría la médula sin el sector agroindustrial. Moreno aguarda luego a los empresarios, con el látigo en la mano, como un fantasma en el ropero. Néstor Kirchner habla con Moyano para convencerlo, dicen, de que el tiempo pasado ya es tiempo muerto. Habla. �Convence?

Esa duplicidad del mensaje, esa conducción bicéfala de la economía, son las cosas anómalas que estallaron en los últimos días dentro del gobierno. Lousteau es el tercer ministro de Economía que pierde el sueño por las rabietas con Moreno.

Felisa Miceli fue virtualmente intervenida cuando Moreno aterrizó, para su espanto, en la cartera que ella comandaba, aunque Moreno reportaba a otro ministro. Miceli aguantó la intervención y se fue por otros motivos. Miguel Peirano pudo seguir siendo ministro de Economía, pero decidió regresar a su casa cuando tuvo la certeza de que Moreno no se iría de la Secretaría de Comercio Interior. Peirano estaba en condiciones de ser un buen ministro. Se le cruzó Moreno y le embarró el destino.

Sucede, sin embargo, que Lousteau no es Miceli ni Peirano. Decidido a no callar en las discusiones internas, y convencido de que el debate intelectual es necesario, siempre que conserve cierto nivel, dice en la intimidad del gobierno las cosas que piensa. Nunca, o casi nunca, las suyas son referencias buenas para Moreno, con el cual disiente hasta en la forma de ver las cosas más simples de la vida.

Hay que desdramatizar el conflicto para describirlo a éste con exactitud. Nunca hubo amenazas de peleas físicas entre Lousteau y Moreno, y el ministro de Economía no anda revoleando la renuncia cada vez que va a la Casa de Gobierno. Hubo, sí, dos episodios que dieron fundamento a aquellas versiones de melodrama. Uno de ellos sucedió en el despacho de Alberto Fernández. Estaban Lousteau y Moreno con él. El jefe de Gabinete se retiró unos minutos para atender una llamada telefónica en la intimidad. Cuando volvió los encontró discutiendo acaloradamente. íQué hacen! íSerénense!, les ordenó, y ambos funcionarios volvieron en el acto a la normalidad.

El segundo episodio, que en realidad fue el primero, ocurrió en el propio despacho de Lousteau pocos días después de que asumiera el cargo. Estaba reunido todo el equipo del Ministerio de Economía, incluidos los nuevos funcionarios que llevó Lousteau. De pronto, Moreno empezó a levantar la voz, como la levanta ante cada interlocutor que lo refuta. Lousteau le pidió al resto de los funcionarios que lo dejaran solo con Moreno. No quiero gritos ni malas maneras en ninguna reunión donde yo esté presente, le reclamó secamente a su extraño secretario cuando estuvieron a solas. Moreno nunca dijo, como hizo trascender, que él mantiene una comunicación directa con Néstor Kirchner.

El problema entre ellos es el Indec, pero es también algo más que el Indec. Los que oyen a Lousteau aseguran que el ministro suele coincidir con decisiones que tomó Néstor Kirchner en su momento (la presencia de Moreno, entre otras), pero cree que deben reconocerse los cambios que se han producido en la economía mundial, en la economía argentina y en las demandas de la propia sociedad. Lousteau no es un hombre que ve venir los problemas y se resigna a esperar que estallen. No está en su naturaleza hacer eso, explica un economista que lo conoce desde la universidad. Una persona así no está dispuesta a renunciar, fácilmente al menos.

En realidad, parece que hubiera dos ministros de Economía. Lousteau, por un lado, y Moreno, por el otro. Lo que hay, para ser precisos, son dos funcionarios que se traban y se obstaculizan, porque pocas veces están de acuerdo. �La buena voluntad de los empresarios necesita del rigor de Moreno? La economía necesita de instituciones creíbles (para controlar la sana competencia, por ejemplo) más que de un gendarme malhablado.

El Indec debe cambiar. La conclusión ya es generalizada en la administración. El problema es cómo hacer esos cambios y quiénes los protagonizarán. Desde ya, no podría perpetuarse la reciente foto de Moreno saliendo de las oficinas del Indec con el saco al hombro. El problema de Moreno es la brutalidad con que hace todo y el problema de Lousteau es que debe aprender aún la virtud de la paciencia, han dicho fuentes de la cima política.

El manoseo del Indec ya no le sirve a nadie. La sociedad oscila entre la bronca y la risa frente a sus conclusiones sobre el costo de vida. �Merma los compromisos del gobierno en materia de deuda pública? Ni en eso ayuda. Coloca a la administración en las puertas de un problema jurídico ante otro virtual default. Pero la caída artificial de la inflación eleva también artificialmente el crecimiento de la economía. El 60 por ciento de los bonos argentinos refinanciados está atado al crecimiento y no a la inflación. En conclusión, el gobierno deberá pagar por una ventanilla lo que ahorra en la otra.

El cercano Bicentenario queda demasiado lejos ante esos conflictos. Cristina Kirchner tendrá que resolverlos de alguna manera antes de avanzar en sus proyectos de acuerdos. Mejor oradora que su esposo, la presidenta controla los grandes conceptos de la economía, pero tiene todavía cierta dosis de inseguridad para optar entre las corrientes que colisionan en su propia administración. Reclama, por ahora, la información completa sobre un espacio, la economía, en el que nunca fue una experta.

Pero la economía es, al mismo tiempo, el núcleo duro de su gobierno, la sustancia que marcará el triunfo o el fracaso de su gestión. Ningún país tolera -y menos la Argentina- una discusión permanente sobre la fortaleza o la debilidad, sobre la permanencia o la mudanza de su ministro de Economía.

Por Joaquín Morales Solá

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