ANOTACIONES AL MARGEN
Arte y parte

I

Se cuenta que Víctor Hugo, expectante por conocer el resultado en ventas de una de sus novelas, de viaje, envió a su editor un papel en el que sólo se leía: "?"; y que éste le respondió "í!". Nadie desconoce que Van Gogh no vendió un cuadro en su vida breve. Antes de emprender el trabajo final de "Cien años de soledad", Gabriel García Márquez, ya con unos 39 años, dejó su trabajo e hipotecó su casa. Jorge Luis Borges trabajó durante más de diez años en una oscura biblioteca barrial de Buenos Aires y no tuvo una actividad rentada hasta bien pasados los veintiséis años. Podría acopiarse un anecdotario interminable. Pero estos pocos casos sirven para ejemplificar, aunque mínimamente, la compleja, ardua y a veces insólita relación establecida entre los artistas y la administración de su arte, ya sea en la búsqueda de sustento, ya en el afán de reconocimiento.

Un lugar común reza que el hombre de talento no sabe, no puede o no quiere jugar rol alguno en esa compulsa administrativa o financiera: no siempre es así; otro indica que, en el afán por concentrarse en su vocación, el hombre de arte se emplea en oscuras labores que le permitan sobrevivir y no despilfarrar energías que pretende volcar en su tarea: no siempre es así.

II

La dialéctica entre arte y mercado -léase: el lugar que ocupa en los intercambios económicos la producción artística- ha dado a la historia los casos más inverosímiles, casi siempre arraigándose éstos en antecedentes problemáticos, turbulentos y muchas veces infelices. En tantísimas ocasiones, no ha resultado aquella búsqueda en la decantación hacia una síntesis aglutinadora e inclusiva dentro de la oferta y demanda comercial; muy por el contrario, genios y enormes talentos han yacido en el más injusto ostracismo. Y algunos hábiles impostores han obtenido fama y prestigio. Pero siempre ha sido así.

III

Largamente se ha supuesto que el impulso creativo nace en el sujeto por cualesquiera de los motivos que hubiésemos de hallar, y que éste lo asume y produce en consecuencia sin, primeramente (al menos), considerar la posibilidad de comerciar a posteriori con su materia de deseo. La producción artística, entonces, nacería de una necesidad interna ajena a los condicionales a futuro que ella depare en la vida de su impulsor. La discusión respecto de qué hacer con esa pulsión -transformarla en profesión, en ocio- es posterior.

Pero todo aquel impulso que se transfigura en actividad, necesariamente, a menos que el creador sea un asceta o un brahman que vive en planicies o cavernas, querrá finalmente darse a conocer, compartirse, divulgarse, para regocijo de su creador, para multiplicar sus lugares de resonancia, para proveer a sus gestores de reconocimiento o dinero.

En pocos casos, suelen conjugarse las felicidades posibles del sujeto que se suministra los fondos para su existencia, haciendo algo que le gusta y para lo que ostenta algún talento. Pero, por supuesto, todo es mucho más complejo. El mercado del arte, en cualquiera de sus formas, es un mercado en toda la expresión del sustantivo, y si se me permite la tautología. Se rige por sus propios medios y fines, y el artista que trata con esa entelequia abstracta (que sin embargo se corporiza en agentes, representantes, encargados, abogados, curadores, publicistas, directores, editoriales, etc.) de alguna u otra manera, al menos lateralmente, se ve afectado por ese monstruo, que involucra otra dialéctica, la que se da entre ostracismo y reconocimiento. �Será siempre así?