En el Siglo XX abundan los ejemplos de procesos que se inician como incidentes menores y concluyen en guerras. Para que ello ocurra es importante contar con dirigentes irresponsables o provocadores.
El caso de Hugo Chávez en el actual incidente con Colombia parece ajustarse a esta tipología. Desde hace tiempo, el presidente de Venezuela exhibe una actitud en el escenario internacional que merecería calificarse como conflictiva. Sus declaraciones a favor de la teocracia de Irán, sus groseros calificativos contra Estados Unidos o Israel, su manifestación de solidaridad con dictaduras totalitarias cuyo único rasgo de distinción es su rechazo a Occidente, dan cuenta de un mandatario obsesionado en adquirir protagonismo, sin medir las consecuencias de sus actos.
De todos modos, sería un error intentar explicar lo sucedido a partir exclusivamente de la personalidad de Chávez. Para que los rasgos personales de este dirigente adquieran dimensión es necesario un contexto económico y social que lo haga posible y, por sobre todas las cosas, el ejercicio del poder conocido como dispositivo para cumplir determinados fines políticos.
No es un secreto para nadie que Chávez pretende ejercer un liderazgo en América Latina valiéndose para ello de la formidable renta petrolera. A partir del conflicto con Colombia y la abierta simpatía del mandatario venezolano con las Farc, este liderazgo ingresa en un terreno que de profundizarse puede ser la fuente de imprevisibles conflictos territoriales entre naciones que desde hace décadas viven en paz.
Advertíamos hace un tiempo sobre las relaciones de complicidad de Chávez con las Farc. Todas las puestas en escena que se hicieron en los últimos meses respecto de la liberación de los rehenes, encontraban en Chávez más que un árbitro a un cómplice de la organización subversiva. Sus declaraciones políticas, acompañadas en todos los casos de su ya remanida verborragia, no dejaban lugar a dudas respecto de sus intenciones.
El operativo del ejército nacional de Colombia, que concluyó con la muerte de uno de los principales jefes de una guerrilla que desde hace cuarenta años está alzada en armas contra gobiernos legítimos, parece que fue la gota que desbordó el vaso. Seguramente que deberá debatirse en foros internacionales la intervención de militares colombianos en territorio de Ecuador. Al respecto, los diplomáticos han dado las explicaciones del caso, pero más allá de ello, lo que importa ahora no es una acción militar más o menos desprolija, sino las intempestivas acciones de Chávez movilizando las tropas a la frontera, todo ello acompañado de un lenguaje belicista que incluye la ruptura de relaciones diplomáticas.
Los analistas entienden que se está ante una nueva teatralización del mandamás venezolano. Sus problemas internos lo obligan a recurrir al lenguaje patriotero y belicista con la pretensión de unir a la opinión pública interna detrás de su figura. Hay motivos para creer en esta hipótesis, pero atendiendo la gravedad de la crisis es importante que los principales mandatarios de la región actúen con mesura y pongan las cosas en su lugar.