Guillermo Gaspoz (*)(Desde Emiratos Árabes Unidos)
La tan esperada reunión de la Liga Árabe en Damasco al final no resolvió nada. La cumbre, que es considerada la reunión anual de más alto rango entre los países árabes, atrajo más interés de la prensa mundial que de los propios dignatarios. Un desperdicio, si se tienen en cuentan las expectativas que el encuentro había suscitado en torno de la resolución de la actual crisis política en el Líbano.
Es que hoy en día, el pueblo libanés no es libre, ni tampoco capaz de ponerle fin a la incertidumbre política y a la parálisis institucional que implican no tener presidente y vivir en un estado de extrema tensión sectaria. Se esperaba, tal vez como sucedió en el caso de la crisis andina hace unas semanas, que las diferencias personales y las suspicacias entre los gobiernos se dejaran de lado para preservar la paz. No sucedió así.
A primera vista, la falta de presidente en el Líbano se podría atribuir a las características propias de su sistema político, ya que la elección del jefe de Estado es el resultado de un consenso entre los diferentes movimientos político-religiosos. Las fuerzas políticas representadas en el gobierno y en la oposición ya han dejado pasar 17 oportunidades de tomar esta decisión en los últimos meses, poniendo el país en un estado de tensión que no se conocía desde que finalizó la guerra civil en 1990.
Para entender el trasfondo de la crisis, es necesario tener en cuenta su dimensión regional: tradicionalmente, el sistema político libanés ha sido tan frágil y fragmentario que algunos países de la región no dudaron en cultivar sus propios intereses a través del apoyo concedido a una u otra fuerza política.
Siria jugó históricamente un papel preponderante en la vida política libanesa y ese dominio no se terminó hasta que en 2005, una combinación de presiones internacionales y manifestaciones masivas en las calles de Beirut impulsó la partida de las tropas sirias que controlaban el esquema político local desde el fin del conflicto civil. Como consecuencia de esto, el Líbano subsiste momentáneamente en un vacío de poder cuya resolución sólo parece al alcance de un puñado de actores externos con ambiciones de dominación, influencia y prestigio.
Por una parte, Arabia Saudita y Egipto se han puesto del lado del gobierno libanés, que representa a los musulmanes de confesión sunita, y que también recibe el apoyo incondicional de Estados Unidos y de varios países árabes. Por la otra, Siria e Irán apuestan ferozmente a la solidez e intransigencia de la oposición, que está actualmente liderada por el grupo armado Hezbolá, musulmanes de confesión chiita deseosos de conservar y consolidar una tutela sirio-iraní. De esta manera, la dimensión regional de la crisis en el Líbano revela las líneas de ruptura que aquejan a todo el Medio Oriente y que tienen, además, implicaciones a nivel mundial.
De hecho, el Líbano es una pieza de oro en el tablero de ajedrez sobre el cual los regímenes saudí e iraní se disputan el liderazgo regional. Para el orden iraní, el Líbano entra en un lógica de guerra indirecta con Estados Unidos que también se está manifestando en Irak. La familia real Saudita pretende darle ímpetu a las elites políticas de mayoría sunita que, al fin y al cabo, elevan Arabia Saudita al puesto de líder de la nación árabe y del mundo musulmán.
Siria, por su parte, tiene un interés particular en mantener su "mano invisible" en el Líbano, y para ello ha podido contar con la benevolencia del régimen fundamentalista en Teherán. Finalmente, Estados Unidos entra en juego ya que su política exterior hacia el Medio Oriente dicta que se deben apoyar los gobiernos pro occidentales que aceptan la influencia de Washington y toleran, aunque todavía no reconozcan, la existencia del Estado de Israel.
En un momento en que el proceso de paz entre palestinos e israelíes ha sido relanzado desde los pasillos de la Casa Blanca, la unidad árabe aparece como una necesidad imperial. Muchos esperaban que la cumbre de la Liga Árabe pudiera sacar al Líbano del estrangulamiento y pondría presión a Estados Unidos para que Israel hiciera concesiones, al menos una, en vista de la resolución del conflicto regional.
En cambio, lo que se vivió en Damasco fue un simple fiasco. Temiendo la falta de compromiso de parte de Siria, países clave como Arabia Saudita, Egipto y Jordania sólo enviaron representantes de bajo rango al evento. El presidente sirio, por su lado, consideró la ausencia de los jefes de Estado como un insulto y respondió negando categóricamente que Siria tenga implicación alguna en los asuntos libaneses. En tanto, el asiento destinado a la representación del Líbano en la cumbre permaneció vacío, ya que el gobierno de aquel país estimó inútil desplazarse para escuchar las excusas sirias.
Una pobre declaración final subrayó la importancia de la solidaridad árabe, precisamente lo que no existió ni un segundo durante la cumbre. Tal vez, el único momento de sinceridad lo tuvo el presidente libio Khadafi, quien se burló de su audiencia al calificar los países árabes de incapaces por no hacer nada para resolver sus propios problemas y frenar la arremetida de Estados Unidos en la región.
La resolución de la crisis política en el Líbano parecía cerca y ahora está más lejos que nunca. El pueblo libanés, ansioso por retomar un curso de vida normal y emprender el camino de la prosperidad económica, deberá esperar que los poderosos de dentro y fuera del país se decidan a realizar concesiones, aunque dicha palabra ya no suene familiar en el turbulento Medio Oriente.