Opinión: OPIN-03
Crónica política
El gobierno en la encrucijada
Por Rogelio Alaniz

Es probable que el gobierno logre superar sus diferencias con el campo. Por más que el oficialismo se empecine en asegurar que la movilización rural tiene objetivos golpistas, la tendencia de la mayoría de los dirigentes del agro es hacia el acuerdo. Los burgueses y pequeños burgueses del campo están más interesados en trabajar y atender sus negocios que en andar haciendo piquetes en las rutas. Incluso, están dispuestos a dejar que el gobierno les meta las manos en el bolsillo, lo que no están dispuestos es aceptar que los desvalijen y que, además, ese atropello se justifique en nombre de la justicia social.

El golpismo como el revolucionarismo son posiciones minoritarias, más parecidas a patologías políticas que a opciones de poder. La derecha existe en la Argentina. Milita en la oposición, pero también en el oficialismo. Es más, me atrevería a asegurar que en las nuevas condiciones históricas de la Argentina la nueva derecha económica está más cómoda en el oficialismo que en la oposición. Por lo pronto, los grandes conglomerados económicos de la Argentina son oficialistas.

Las perspectivas de poder de la derecha siempre van más allá de un gobierno. Su identificación es con un sistema, con una concepción del poder. Sus principales representantes suelen ser invisibles y no necesitan de los votos para legitimarse. Por tradición y hábito, siempre están más cómodos con el oficialismo que con la oposición. Verificar esta hipótesis es relativamente sencillo: indaguen, por ejemplo, quién gastó más dinero en la pasada campaña electoral o cuáles son los nombres y apellidos de los generosos contribuyentes a la candidatura de Cristina.

Hoy, la derecha en la Argentina no necesita de la estrategia golpista. Tampoco podría valerse de ella si quisiera porque en esta etapa histórica ese camino está cerrado. Suponer que Cecilia Pando moviliza a los productores rurales no es un argumento descabellado, es un argumento tramposo, tan tramposo como cuando en otros tiempos a cualquier protesta social legítima se la descalificaba con argumentos macartistas.

En el horizonte, no hay golpes de Estado ni huelgas generales revolucionarias. La clase dirigente argentina lo sabe y el gobierno también. Lo que está creciendo es la violencia discursiva. Algunos dirigentes ruralistas no son nenes de pecho, pero admitamos que la discursividad más violenta fue ejercida desde el poder, justamente el lugar que en una sociedad democrática está concebido como el espacio de la moderación, del consenso.

El gobierno habla de periodistas comprados o vendidos. Por experiencia propia, sé que el único que soborna periodistas en serio es el gobierno. Desde el balcón de la plaza la presidenta condena la violencia de arriba. Por lo pronto, la única violencia efectiva que se pudo registrar fue la de los matones de D'Elía.

La señora Cristina se jacta de representar al único gobierno que defiende los derechos humanos. Antes que ella y antes que su marido, en la Argentina hubo gobiernos que asumieron el tema de los derechos humanos cuando hacerlo implicaba riesgos ciertos. Este gobierno no defiende los derechos humanos, los manipula, que no es lo mismo. Además los corrompe.

Sobre el derecho de un gobierno a cobrar impuestos, hay dos consideraciones que se deben hacer: los impuestos deben ajustarse a los procedimientos que establece la ley y el gobierno que los cobre debe sumar a la legalidad de su poder la legitimidad de su ejercicio. A estas condiciones, el oficialismo no las cumple o las cumple mal. Las retenciones son un recurso de emergencia para salir de una crisis profunda. Lo que hizo el gobierno fue "normalizar" la excepción. En el camino, confiscó atribuciones al parlamento y sometió a las provincias. Juan Manuel de Rosas no lo habría hecho mejor.

Se dice que en los países más justos del planeta, las clases propietarias pagan impuestos altísimos. Es cierto. Pero los beneficios sociales y la credibilidad moral del gobierno también son altísimos. El Estado de bienestar se construye con los impuestos de los que más tienen, pero los administran las instituciones no un caudillo. Los fondos que el Estado recauda en Finlandia, por ejemplo, no engordan los bolsillos del gobierno.

El gobierno tiene derecho a cobrar impuestos, pero ese derecho debe sujetarse a formas que esta gestión desconoce o desprecia. Dicho con otras palabras: el gobierno tiene derecho a exigir contribuciones de la sociedad, pero la sociedad tiene derecho a pedir rendiciones de cuentas. En Finlandia, los impuestos que se pagan regresan a la sociedad transformados en escuelas, en planes de salud, en viviendas, en seguridad. Los países con recaudación alta cuentan con dirigentes cuya credibilidad moral es alta. Admitamos que ese privilegio no lo pueden exhibir ni los Fernández, ni los De Vido.

El gobierno cuenta con posibilidades reales para superar esta crisis. Pero sus problemas no son ésos, sus problemas son sus prejuicios, su concepción patrimonialista del poder y su incapacidad para acomodarse a un nuevo escenario social. Fue Maquiavelo el primero en advertir que la salud de los gobiernos depende de su capacidad para acomodarse a las nuevas circunstancias. A los Kirchner, la metodología decisionista, la tendencia a polarizar entre buenos y malos, justos y pecadores, les dio muy buenos resultados durante cuatro años. Hoy este sistema da señales visibles de agotamiento. Todos lo perciben, menos los Kirchner.

La señora Cristina se queja de que le hagan la vida imposible a cien días de haber llegado al poder. Napoleón se quejaba de lo mismo. El problema de Napoleón era el pasado; el de Cristina también lo es. La señora presidenta no está en el poder desde hace cien días, está desde hace cuatro años y cien días. En algún momento, se supuso que la señora Cristina sería la expresión del cambio. Tal como se presentan los hechos, es exactamente lo contrario.

Una elemental sabiduría de sentido común dice que si los diagnósticos son equivocados, las decisiones políticas también lo serán. El gobierno supone que ha sido víctima de una conspiración golpista orquestada por la oligarquía rural, los dueños de los medios de comunicación y los defensores de la dictadura militar. Yo no sé si los Kirchner realmente creen en lo que dicen, pero en los hechos actúan como si lo creyeran.

Pues bien, con ese diagnóstico lo único que preveo hacia el futuro son más complicaciones. Las reacciones de los gobernadores de Córdoba y Chubut, que reciben el dinero en la Casa Rosada pero los votos los tienen que ganar en sus regiones, demuestran que el régimen kirchnerista empieza a agrietarse. La pregunta del millón en estos casos es si el gobierno será capaz de cambiar antes de que sea demasiado tarde o si, por el contrario, se irá encerrando cada vez más en su círculo. Por lo que se puede apreciar hasta ahora, todo parece indicar que está empecinado en equivocarse. Los discursos de la señora y de su marido así lo indican.

Los círculos del poder tienen dos problemas: son trágicos e inevitables. Un buen gobierno lo que hace es esforzarse por resistirlos, por ampliarlos, por tratar de salir de esa encerrona. Es difícil pero no imposible. En la mayoría de los casos, la salud de un gobierno depende de cómo se resuelve ese dilema. Por lo pronto, este gobierno lo está resolviendo mal, es decir, está haciendo exactamente lo opuesto de lo que debería hacer.