Señores directores: San José del Rincón, el tradicional pueblo amado y admirado por lugareños y visitantes. El arroyo Ubajay y su paisaje costero; las renovadas casas antiguas; las modernas residencias; las calles de arena y sus frondosas arboledas; la Parroquia Nuestra Señora del Carmen, Monumento Histórico Provincial, configuran su atractiva fisonomía. En reciente visita, asistimos a la celebración de la Fiesta de la Divina Misericordia. La procesión alrededor de la plaza, encabezada por el padre Alejandro Villafañe, constituyó la manifestación cabal de esta devoción, que congrega y pone de manifiesto la vigencia de la mística religiosa en las familias.
Al registrar una ausencia de muchísimos años, el ingreso al salón ahora habilitado como parroquia constituyó, por motivos personales, un momento de gran emoción. Muy cerca, en el antiguo templo, el vibrante sonido de las campanas convocaba a la misa solemne, mientras en el amplio recinto captaba con asombro cada detalle de esa antigua construcción que no acusa el paso del tiempo y se mantiene en perfecto estado, con sus altas columnas finamente terminadas con detalles de estilo, el impecable techo y el atractivo arco y ese piso de mosaicos en dos colores con diseños geométricos bien logrados. El sector nuevo del altar y la hermosa imagen de Nuestra Señora del Carmen contribuyen al clima de recogimiento.
El momento culminante llegó con la bendición del cuadro de Jesús de la Divina Misericordia, réplica fotográfica del que se venera en Cracovia, Polonia. Merece ser mencionado especialmente el grupo de la Divina Misericordia por su organización y trabajo de difusión. La Sra. Dora Mair de Soperes e integrantes del citado grupo entregaron a todos los fieles medallas y estampas, lo cual implicó un ponderable esfuerzo. La Sra. Graciela Zarza de Alarcón se destacó por su inicial adhesión. Reconforta comprobar cómo la silenciosa y fecunda labor cotidiana adquiere súbita trascendencia y favorece la devoción.
La posterior visita a la antigua parroquia iluminó recuerdos. Es indudable que el acceso provoca el impacto emocional de aquello histórico que atesora vivencias y ecos. Pero nada supera la llegada a ese espacio donde, de pronto, sólo corresponde detenerse y, en silencio, abarcar con la mirada, tras la puerta de hierro forjado, el corazón vívido del templo y sentir la fascinación que produce el sagrario escoltado por ángeles. Ésa es una visión incomparable.
Considero un deber rendir homenaje al recordado padre Mario Mendoza, hijo dilecto de San José del Rincón. En la década del 30, siendo un joven sacerdote visionario, decidió edificar la casa parroquial y el salón, hoy convertido en parroquia. Y confió su construcción al joven albañil italiano Francisco Vecchio, mi padre.
Antes de alejarnos, busqué el sitio en que aquella imponente planta de magnolia brindaba generosamente su floración espléndida. Es cierto, ya no existe, y sin embargo, aún percibo esa fragancia que acompañó momentos felices de mi lejana infancia.
Vénnera Vecchio. Ciudad.