La iniciativa del presidente Chávez de nacionalizar la planta siderúrgica Sidor demuestra que, a la hora de toma decisiones, el mandatario venezolano no se preocupa por la opinión de sus pares de América Latina. En este caso, se sabe que la presidenta Cristina Fernández se enteró de esta medida a través de los diarios.
La nacionalización de Sidor afecta a la empresa argentina Techint, propietaria del 60 por ciento de las acciones. También a la empresa Usiminas de Brasil, que posee el 14 por ciento del paquete accionario. Para el régimen de Caracas, la nacionalización del acero se inscribe en el marco del proclamado socialismo del siglo XXI.
El gobierno de Venezuela tiene derecho a actuar de acuerdo con sus convicciones, siempre y cuando, claro está, lo haga en el marco de la ley y el respeto de los procedimientos. Pero no es éste el tema que hoy está en discusión, sino las relaciones de Hugo Chávez con los gobiernos de la Argentina y Brasil y, muy en particular, con las empresas de estos países que invierten en Venezuela.
El gobierno argentino siempre consideró a su par venezolano un aliado estratégico. La expresión más evidente, y si se quiere más grosera, de esa suerte de "relación carnal" fue el acto público celebrado en Buenos Aires para repudiar al presidente de los EE.UU. que en esos días estaba de visita en Uruguay.
Siempre se dijo que la contraprestación a estos abusos de confianza se expresaban en la compra de los bonos argentinos por parte de Chávez, pero nunca se sabrá a ciencia cierta si fue la adhesión ideológica al proyecto chavista la que produjo como consecuencia dicha adquisición. Lo que está fuera de discusión es que el kirchnerismo considera a Chávez como un aliado, aunque en los foros internacionales la presidente sugiere que sería la encargada de ponerle límites a sus excesos.
Sin embargo, parecería que, a la hora de tomar decisiones, al chavismo no le importa demasiado lo que pueda pensar el gobierno argentino y, mucho menos, los perjuicios que con sus actos les pueda provocar a sus empresas. En el último año, estas relaciones le han generado a nuestro país más preocupaciones que beneficios.
Por caso, hace unos meses, el gobierno nacional quedó mal parado cuando en Aeroparque fue detenido un supuesto funcionario venezolano con una valija de dinero que podría haber estado destinada a la campaña electoral del oficialismo o a alguno de sus operadores.
Hasta hoy, la cuestión sigue sin resolverse, pero la presidenta ha pagado un alto precio político por una relación que se sospecha está teñida de irregularidades. El otro acontecimiento en el que el gobierno argentino estuvo colocado casi al borde del ridículo fue el de la proclamada gestión para la liberación de los rehenes de las Farc.
En definitiva, todo parece indicar que desde el punto de vista político las relaciones con el chavismo nos provocan más perjuicios que beneficios. La disponibilidad, por parte de Chávez, de la fabulosa renta petrolera le permite presionar y seducir. No obstante, si se atiende a su comportamiento, habría que pensar seriamente si no ha llegado la hora de empezar a tomar distancia de un personaje tan controvertido.