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De la realidad a la leyenda
Los mamelucos, una casta de guerreros
La mezquita de Bab Zweila, una de las joyas de la arquitectura mameluca que sigue en pie en El Cairo. En una de sus torres fue colgada la cabeza del último sultán mameluco, Tumanbay, decapitado por los otomanos en 1517. Foto: Agencia EFE.

Esclavos soldados, tan refinados como crueles, mediante intrigas palaciegas llegaron al poder y dominaron el Oriente Medio por más de dos siglos e hicieron de El Cairo la capital del mundo. Apasionados urbanistas, dejaron para la posteridad algunos edificios que hoy son emblema de la capital egipcia.

Francisco de Goya inmortalizó en "La carga de los mamelucos" a unos extravagantes guerreros orientales que, desde sus caballos, masacraban a los madrileños a golpe de alfanje.

Así han pasado al imaginario popular en España, donde la palabra "mameluco" ha sido además utilizada con tono insultante, como sinónimo de bárbaro.

Pero los mamelucos no eran unos bárbaros, sino una casta de soldados refinados a la par que crueles, que dominaron Egipto, Palestina y Siria durante varios siglos e hicieron de El Cairo la capital del mundo en los siglos XIV y XV.

"Mameluco" significa en árabe "poseído", porque estos soldados eran esclavos propiedad de los emires, pero algo así como la aristocracia de los esclavos.

Los mamelucos eran todos de raza blanca y procedían de Anatolia, el Cáucaso, Asia Menor y los Balcanes, y nunca llegaron a fundirse con la población local, lo que explica el hecho de que desaparecieran del mapa sin dejar descendencia en forma de tribus o pueblos.

Educados para el arte de la guerra, vivían recluidos en cuarteles, ejercitándose en la equitación, el arco y la esgrima, pero también en la poesía y la caligrafía, porque los mamelucos eran además unos estetas.

Los mamelucos llegaron al poder con una intriga palaciega en 1250, y tras esa fecha ejercieron el poder absoluto durante 267 años, en los que se sucedieron nada menos que 52 sultanes en el trono de El Cairo. Un sultán mameluco rara vez moría de viejo, y su sucesión era debida a la intriga, la guerra, el envenenamiento o la traición.

Los sultanes mamelucos eran temidos por su avaricia y su crueldad: no dudaron en extorsionar al pueblo en los años fatídicos de la peste negra, y sus métodos de tortura aportaron escalofriantes novedades, como el empalamiento con una estaca engrasada o la crucifixión a lomos de un caballo.

El sultán Qaitbey, hoy famoso por su extraordinaria mezquita que preside la Ciudad de los Muertos y adorna los billetes egipcios de una libra, llegó a sacar los ojos a un químico que no había conseguido convertir el plomo en oro.

Pero los mamelucos eran también unos apasionados del urbanismo: construyeron palacios, murallas y acueductos, y sobre todo llenaron El Cairo de mezquitas y mausoleos, tanto que comenzó a ser llamada "la ciudad de los mil alminares".

A ellos se les debe no sólo un tipo de mezquita originalmente cairota, sino también la construcción de enormes alhóndigas y de zocos cubiertos tan célebres como el de Jan el Jalili.

Porque la riqueza de los mamelucos se debió sobre todo al comercio: siendo El Cairo paso obligado de las rutas de la seda y de las especias, los sultanes gravaban hasta con diez veces su valor estas mercancías por pasar por Egipto.

A fines del siglo XIII, El Cairo tenía 250.000 habitantes, casi el triple que París y Londres. Por allí transitaban mercaderes judíos, esclavos abisinios, comerciantes y cónsules catalanes o genoveses, cuentistas magrebíes, alquimistas, saltimbanquis, faquires y prostitutas, además de miles de soldados, y casi todos contaban con un barrio específico.

La estabilidad del reino se debía al inigualable ardor guerrero de los mamelucos, que consiguió mantener a raya a los cruzados por el oeste, los temidos mongoles por el este y los nubios por el sur.

Uno de los sultanes mamelucos se llegó a traer como trofeo una puerta entera de una iglesia cruzada en San Juan de Acre, que colocó en una mezquita de El Cairo, donde hoy aún puede contemplarse.

Con quienes no pudieron los mamelucos fue con los otomanos, por su desprecio por las nuevas armas de fuego, y sobre todo los cañones, que consideraban como la forma menos caballerosa de hacer la guerra. .

El último sultán mameluco acabó decapitado en 1517 y su cabeza colgada por los otomanos en Bab Zweila, una exquisita puerta en las murallas de El Cairo que aún hoy sigue intacta.

Pero para entonces El Cairo ya había iniciado su propia decadencia por culpa de los portugueses, que descubrieron en el Cabo de Buena Esperanza una ruta naval alternativa a El Cairo y acabó así con su prosperidad.

Así pues, los otomanos y los portugueses acabaron con la gloria cairota, pero no con los mamelucos, que siguieron siendo un poder en la sombra durante casi tres siglos más.

Tan es así que cuando Napoleón llegó a Egipto comprendió las virtudes del soldado mameluco y enroló a cientos de ellos en un cuerpo especial que fue el que combatió contra los españoles en la Puerta del Sol.

El final de los mamelucos llegó en 1811, cuando el ambicioso Mohamed Ali, nuevo rey de hecho del país, comprendió su peligro: invitó a una suntuosa cena a más de 400 jefes militares y sirvientes de esta casta, les obsequió con viandas y regalos y a los postres, al pasar sus invitados por un estrecho pasadizo, fueron asesinados a quemarropa. .

Dice el mito que sólo sobrevivió uno de ellos, pero ningún cronista ha podido encontrar rastro de él.

Con Napoleón

El primer escuadrón de mamelucos que sirvió en Francia fue formado en 1801 por 240 soldados, que regresaron con el ejército de Oriente de la expedición en Egipto. Numerosos mamelucos formaron parte del ejército napoleónico, entre ellos el fiel Rostom, convertido en Roustam, quien sería el sirviente personal y guardaespaldas de Napoleón Bonaparte. Constituyeron un escuadrón adscrito a los cazadores a caballo de la Guardia Imperial, y sirvieron en Bélgica. Tras la batalla de Austerlitz, se convirtieron en un regimiento.

Los mamelucos entraron en España en marzo de 1808, llegando a Madrid formaron parte de la escolta de honor del Gran Duque de Berg, Joaquín Murat; fueron acuartelados en Carabanchel, donde les sorprendió el levantamiento del 2 de mayo. Tras la caída del Primer Imperio, se dispersaron. Muchos de ellos fueron asesinados en Marsella durante el Terror Blanco.

Solían ir muy bien armados, disponían de un trabuco, una cimitarra, dos pistolas que solían llevar al cinto junto a un puñal, y una maza de armas o un hacha que llevaban pendiente del arzón de la silla de montar.

Javier Otazu (EFE)