Parece una novela macabra, pero es parte de la realidad. El ""monstruo de Austria" dejó al descubierto que no todo funciona a la perfección en sociedades que parecen casi perfectas. Josef Fritzl debió encerrar a su hija y a tres de los hijos que tuvo con ella durante veinticuatro años para mantenerlos ocultos. Pero no necesitó sótano alguno para que su perversión y sus mentiras pasaran inadvertidas.
Nadie notó que algo no estaba bien en una sociedad en donde todo funciona de manera aparentemente correcta y previsible.
El canciller austríaco Alfred Gusenbauer afirmó que quiere preservar la imagen de Austria, tras el descubrimiento del aterrador caso de secuestro e incesto de Amstetten: ""No se puede hablar del caso Amstetten, no se puede hablar del caso Austria, se trata de un caso particular", dijo Gusenbauer, luego de afirmar que no puede ""aceptar que la imagen internacional de Austria se vea empañada" por la historia que desde el domingo recorre el mundo.
Pero el canciller no hace mención al antecedente más cercano que, casualmente, también tuvo como escenario suelo austríaco.
En agosto de 2006, Natascha Kampusch, de dieciocho años, huyó de su secuestrador que la había mantenido en cautiverio desde hacía una década. El captor era Wolfgang Priklopil, un hombre de 44 años que se suicidó luego de la huida de la cautiva.
La niña-adolescente vivió durante todo aquel tiempo en una habitación de seis metros cuadrados, sin contacto con el exterior: ""La vida diaria estaba regulada. La mayoría de las veces había un desayuno conjunto -ya que él casi nunca trabajaba-; yo hacía las labores del hogar, leíamos, veíamos televisión, hablábamos, cocinaba. Así fue durante años, todo con el temor a quedarme sola. Para decirlo metafóricamente, me llevaba sobre sus brazos pero también me mantenía bajo sus pies", dijo Natasha en el comunicado al recuperar su libertad.
Ahora, los austríacos se preguntan cómo Fritzl alimentó a Elisabeth y a sus tres hijos cautivos, cómo nacieron y fueron cuidados en un sótano o cómo fue posible que la esposa del detenido, Rosemarie, no sospechara de nada.
Sin embargo, no son éstas las únicas preguntas que deberían hacerse.