Opinión: OPIN-04
Crónicas de la historia - La campaña del desierto (III)
Los señores de las pampas

Para referirse a los indios, los españoles y los criollos usaban el término "salvajes". La palabra era empleada como un adjetivo descalificativo. El salvaje era, al decir de un cineasta italiano, feo, sucio y malo. Los historiadores, por lo menos algunos, hoy emplean el mismo término pero para ellos no es un adjetivo, sino un sustantivo. El salvajismo antes que una condición moral es un estadio de desarrollo.

A la calificación no la inventa doña Rosa, sino Morgan, uno de los antropólogos más brillantes de su tiempo, para aludir a sociedades que se distinguen por una determinada actividad productiva, una concepción de la propiedad, un modo particular de constituir la familia, de organizar la convivencia, de establecer sus símbolos y sus mitos.

Los indios que vivían en estas tierras en el tiempo del virreinato podrían haber estado en los estadios inferior o medio del salvajismo. Eran tribus nómades, que vivían de la caza. Los arreos de ganado cimarrón fueron durante años su principal medio de vida. Cuando para fines del siglo XVIII ese ganado cimarrón empezó a agotarse, se agravó la relación con los blancos.

El malón era para ellos una variante legítima de la caza. No fueron los primeros en practicarlo. A miles de kilómetros de distancia y con un océano de por medio, las tribus germanas habían hecho lo mismo mil años antes. Carlos Marx calificó ese estadio de desarrollo fundado en el nomadismo y la depredación como "modo de producción germánico". Cabe imaginar la sorpresa de Catriel o Pincén si se hubieran enterado de que sus inocentes tropelías en la frontera merecían una calificación tan sofisticada.

Para referirse a los indios, los indigenistas hablan de los habitantes originarios y el término se ha impuesto gracias al aval oportunista del pensamiento políticamente correcto. En la historia de la humanidad los únicos habitantes originarios podrían ser Adán y Eva. De allí en adelante, nadie está en condiciones de arrojar la primera piedra. A través de los siglos, los pueblos se han ido desplazando mediante guerras y conquistas. El status jurídico de nación y el concepto de Estado son atributos de la modernidad, un producto cultural de las sociedades civilizadas que carece de validez para sociedades que viven en otros estadios de desarrollo.

En este continente, antes de que llegaran los europeos, el desplazamiento era la constante. La conquista, el exterminio, la opresión no fueron inventos exclusivos de los europeos. En nuestras pampas, los supuestos habitantes originarios llegaron del otro lado de la cordillera. El ganado cimarrón los atrajo. Para mediados del siglo XVIII, habían liquidado o asimilado a otras tribus que, si siguiéramos la lógica de nuestros indigenistas, podrían reivindicar su condición de originarias.

Para ser coherentes, Osvaldo Bayer y Felipe Piña deberían iniciarle un juicio por genocidio a Calfucurá, acusándolo de haber exterminado a los pueblos patagones y tehuelches, entre otros. Y, además, por no respetar los derechos humanos de las cautivas.

Los araucanos fueron un pueblo altivo y guerrero. El viajero Alcides D'Orbigny los describe con palabras elogiosas. "Son arrogantes en sus modales, audaces hasta la temeridad, no temen ni a la muerte. Son hombres que se envanecen de su salvaje libertad". En otro párrafo les reconoce más méritos: "Me hacía a veces traducir sus discursos y me asombraba la claridad de sus ideas, la fuerza de sus argumentos, me sorprendía el brillo de sus figuras, la poesía de su lenguaje, la justeza de sus comparaciones".

Un concepto interesante para pensar históricamente la relación entre indios y blancos es el de "frontera". La frontera es un espacio móvil, "el borde exterior de la ola". A la frontera no hay que pensarla de manera estática, menos aún como una muralla. Es, en principio, un punto de conflicto y encuentro entre dos civilizaciones.

La frontera son esas últimas poblaciones que el gaucho Cruz invita a mirar a Martín Fierro, provocando uno de los lagrimones más sobrios de la historia de la literatura nacional. Es también el sitio donde la guerra y la paz conviven en un frágil equilibrio. La frontera es el espacio de la oportunidad, del peligro, de la vida y la muerte, la esperanza y el fracaso. En sus inicios, el poder de Rosas se construyó en la frontera. El futuro del Estado nacional se asegura definitivamente en la frontera.

El colono, el soldado, el pulpero, el renegado, son los protagonistas de la frontera. La relación con los indios a veces es pacífica, a veces es violenta. En ese espacio que nunca se termina por definir ocurren muchas cosas. Las diferencias a veces no son tan visibles. El rancho del gaucho se confunde con el toldo del indio. No es el único punto de coincidencia.

Desde los tiempos del virrey Vértiz hasta Avellaneda, la estrategia de la frontera es el fuerte, la misión, el ejército de línea y el colono. Finalmente, será el ejército el que resuelva esa diferencia. El ejército, que no estará al servicio de los escasos colonos, sino de los codiciosos terratenientes y los ávidos especuladores.

La estrategia de los gobiernos hispanos y criollos hacia el indio no siempre fue agresiva. En 1811, una delegación indígena se hizo presente en Buenos Aires para expresar su apoyo a la Revolución de Mayo. Feliciano Chiclana los recibió con estas palabras: "Bástenos decir que somos vástagos de un mismo tronco. Amigos compatriotas, hermanos, unámonos para construir una sola familia".

San Martín los convocó. Y antes habían hecho lo mismo Castelli y Monteagudo. La integración nunca fue fácil. Los indios podían pelear en los ejércitos criollos, pero con la misma convicción galopaban detrás del pabellón de Fernando VII. No es justo imputarles traición. Para ellos, la condición de argentinos, chilenos o españoles significaba absolutamente nada. "Yo no chileno... no argentino... yo paisano...", decía Calfucurá.

Fueron guerreros valientes. Mataban y morían con inocencia. No conocían el miedo. Tampoco la piedad. Las virtudes que cierta literatura criolla reconoce a los gauchos proviene de la tradición indígena. Los grandes rastreadores y baqueanos del desierto fueron los indios. Nadie como ellos para domar a un caballo con caricias y paciencia.

Montado en su flete, el indio era capaz de atropellar al diablo si se le ponía en el camino: "Tiemblan las carnes al verlo/ rebelde al viento la cerda/ las riendas en la mano izquierda y la lanza en la derecha/ donde enderieza abre brecha/ porque no hay lanzazo que pierda", dice Martín Fierro.

Estos singulares imperios del desierto contaban con sus jerarquías y sus códigos. Sus caciques podían llegar a ser políticos intrigantes y sabios. Mansilla califica a Mariano Rosas como "el Talleyrand del desierto". De Calfucurá decían con temor reverencial que era "el Atila de las pampas". En combate de igual a igual, los araucanos eran invencibles. Los españoles jamás pudieron derrotarlos. Almagro desistió de sus afanes de conquista. A Valdivia le costó la vida hacerse el guapo. El mejor poema de la literatura española en estas tierras está dedicado a ellos.

Sin exageraciones podría decirse que inventaron la guerra de guerrillas. Las famosas montoneras que despertaron la admiración de un estratega como el general Paz fueron también un invento de ellos. Su coraje, su astucia, no pueden hacernos perder de vista lo principal. Su causa no tenía destino histórico. Podían resistir, pero no estaban en condiciones de imponer a los blancos una alternativa superadora. Tarde o temprano, llegaría Roca acompañado de los generales Remington, Telégrafo y Ferrocarril.

Rogelio Alaniz