Escribió Gelman: "el emperrado corazón amora", y dio forma poética a un verbo ¿inexistente?, amorar; escribió: "aquí pasa, señores, que me juego la muerte", para invertir, quizás, ciertas lógicas anquilosadas; escribió: "con un cuchillo brusco me maté/ voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre/ él moverá mi boca por la última vez"; escribió: "... y eres única patria contra las bestias el olvido" en un hermoso poema en prosa sin puntuación. Estos y tantos versos vienen a construir una obra personalísima y esencial; detrás de ellos hay no pocas polémicas y posibles lecturas, muchas relacionadas a dos genéricos: lo "ideológico" y lo "político"; pero antes de ello se inscribe un trabajo literario, innovador y experimental, como de artesano, con el lenguaje.
Yo escribo ahora sobre Gelman, impulsado por una mezcla de admiración y cuestionamientos. Ahora que los diarios lo celebran por la obtención del Premio Cervantes y en todo el mundo se habla de él -se escribe sobre él- con una alevosa vacuidad de términos sobre su "compromiso/ memoria/ tragedia/ dolor/ desaparecidos/ política/ hijo"; ahora que esta enumeración puebla las páginas del periodismo y con perfecta voz impostada -pero sin alma ni vísceras- se dicen, se reproducen, se difunden, con la disfonía propia de los que ostensiblemente nunca lo han leído pero deben decir algo sobre.
Escribo ahora, en fin, porque pretendo exponer humildemente una visión sobre el hombre, sobre la obra que -arriesgo- no compartirán sus exégetas ni la crítica literaria ni el mismo Gelman, en el caso improbable de que le llegue esto.
La expongo así: ¿es posible, al menos por un segundo, escindir el Gelman poeta del Gelman hombre político? ¿puede separarse, por un momento, a su poesía de su ideología? Una abrumadora mayoría de lectores responderá, creo, que no: se me dirá que el hombre es su visión política; se me dirá que su visión política es la obra. Lo planteo en otros términos, entonces: ¿podemos concentrarnos en su carácter de poeta, de literato, de experimentador del (y con el) lenguaje, de recreador de términos y de formas, y olvidar lo demás?
Si se me permite la aludida chance, en el caso hipotético de concebir, pensar y asumir esta disyunción, diría lo siguiente: estilísticamente, poéticamente, uno de los sellos distintivos de Gelman pasa por crear o recrear términos (mundar; niñábamos) hasta hacerlos propios de su concepción literaria; otro es la permanente incursión en juegos verbales o sintácticos que van mucho más allá de la "norma' pero que se pueden leer perfectamente ("esta vida que me vivís"), y que generan asombro y sorpresa, un efecto hipnótico y de ruptura. Así Gelman corre, cuestiona, revisita la norma gramatical, pero nunca llega a quebrar el código; desafía, exige al lector con su inventiva, pero al tiempo lo invita a deslumbrarse con ese exotismo.
El Gelman poeta, no el político (insisto, si se pudieran separar uno del otro) utiliza, explota y exprime ciertos fenómenos del lenguaje como la traslación (palabras con diversas funciones gramaticales), en algunos casos transformando nombres en verbos (te juaneo/ te
gelmaneo) y crea a partir de allí y de sus temas (que son, básicamente, políticos o amorosos) un estilo propio y original. Esta experimentación está, a su vez, adherida a dos recursos reiterados, como lo señala Eduardo Milán (*): las preguntas (es una poesía que rara vez afirma) y el uso de la barra, al final de los textos o en diversos pasajes.
A ello se suman los sorpresivos giros o remates que, como en todo buen poeta, obligan al lector atento a detenerse, a releer, a reconcentrarse, para asimilar, internalizar y comprender una proposición textual que nunca cesa en la motivación de correr la lógica del lector o "descentrarlo".
Hay muchos más rasgos del exotismo en Gelman o de la extrañeza que produce: la invención de palabras compuestas ("vivimorís; afueradentro"), o no "moridos, amorado, enmuerta"; el uso permanente de diminutivos
("agüita", "muertitos", "huesitos", "almita"), acaso como signo de ternura o de quiebre de la solemnidad del texto; las creaciones sintácticas y de sentido ("para no ser otra cosa que vos/ o sea serte") e incluso las alteraciones de persona y género ("agrandamiento de la ser"; "la todo"; "la trabajo"; "la alma").
Los casos relacionados a la experimentación en Gelman se disparan al infinito y no pueden ser agotados en esta nota ("mesmamente"; "¿era escrita verdad que nos desfuéramos?"; "¿acaso no te soy para padrearte?"; "lo que vinió es cobardía"; "tropiezo con este vivirme muchas veces de morir de vos") e implican, entiendo, otra lectura sobre el poeta y su obra, no centrándose -como se ha hecho, cansadamente, famélicamente- en lo "político".
A ese Gelman, al poeta que estira, que corre, que cuestiona; al que reinventa el lenguaje se ha premiado creo, no tanto al militante o al ex militante. Los adláteres de la prensa políticamente correcta me amonestarán por proponer tan infantil ejercicio de desdoblamiento; yo, tercamente, entre los dos, si hubiera dos aunque sea en la ingenuidad de mis lecturas, me quedo con el poeta.