Los escribas del populismo sostienen que una de las virtudes de este sistema político es activar el debate público. La crisis del campo, los desequilibrios económicos, no serían más que la expresión de esa virtuosa capacidad del populismo para obligarnos a lo argentinos a vivir intensamente nuestras contradicciones.
El argumento me recuerda al del psicólogo que consolaba al matrimonio diciéndoles que sus reiteradas peleas mantenían vivo el amor, que debían profundizar sus diferencias hasta encontrarse a ellos mismos. La pareja tomó al pie de la letra las prescripciones del profesional y al mes sus fotos y sus nombres estaban en la sección Policiales de los diarios.
Que las sociedades debatan es bueno; que se crispen y reproduzcan antinomias anacrónicas es lamentable y peligroso. La democracia debe hacerse cargo de las diferencias, pero ellas deben estar mediadas por las instituciones. Estas consideraciones merecen tenerse en cuenta porque mi olfato o mi intuición me dicen que estamos ingresando a un territorio de conflictos cada vez más intensos.
Lo que la experiencia enseña es que del agravio no hay retorno. La democracia se constituye por un delicado equilibrio entre el consenso y la diferencia. Dirigentes sabios y pueblos prudentes son capaces de transitar por esa angosta cornisa. Los argentinos aún no hemos dilapidado estas virtudes, pero estamos avanzando peligrosamente hacia situaciones de las que después nos vamos a arrepentir.
Como periodista, como ciudadano, como amigo, percibo esa crispación. Las discusiones en la mesa del café, en los programas de radio o televisión son cada vez más agresivas, más amargas. La fractura social aún no ha estallado, pero marchamos en esa dirección. Desde el oficialismo y la oposición se dice con relativa sinceridad que nadie quiere repetir la crisis de 2001, pero en el fondo de nuestros corazones sabemos que por este camino el país puede estallar como en el 2001.
Se declara que no se desea el fracaso del actual gobierno, pero se sospecha que el fracaso lo aguarda en el próximo recodo. En lo personal, sinceramente no quiero que este gobierno fracase, pero mucho menos deseo que los errores de este gobierno precipiten a la sociedad a un nuevo fracaso. No es bueno para ninguna sociedad cambiar de gobierno cada vez que hay un problema, pero para que ello no ocurra, el gobierno -en primer lugar- debe preocuparse por construir el consenso, no por atizar las diferencias.
Siempre les digo a mis amigos que con el gobierno de los Kirchner mantengo diferencias, diferencias que son cada vez más importantes, pero que hasta ahora no han llegado a provocarme esa sensación de náusea, del asco moral que me provocaba el menemismo. Hoy debo admitir que mis argumentos son cada vez menos convincentes, sobre todo, porque el primero que empieza a dudar de ellos soy yo mismo.
Se sabe que la responsabilidad de lo que ocurre en una sociedad no se distribuye en partes iguales. Quienes ejercen el poder siempre son más responsables que otros. Suponer que la desgracia de los argentinos es responsabilidad de todos los argentinos es una falacia, una manera tramposa, intelectualmente deshonesta, de plantear las cosas.
La salvedad es necesaria, porque en la actual coyuntura los problemas políticos más serios tienen un componente de artificio que los Kirchner atizan de manera irresponsable. La Argentina no vive en el mejor de los mundos, pero su situación económica y social no justifica este clima agresivo, rencoroso, cargado de malos augurios, más propio de un país a punto de estallar que de un país que sigue creciendo.
La Argentina no está pasando por un mal momento. Hacia el futuro se abren posibilidades económicas promisorias, pero si continuamos ampliando esta brecha una vez más vamos a rifar las oportunidades que se brindan. Lo más imperdonable de este gobierno no es que reproduzca conflictos, sino que reproduzca conflictos innecesarios. Los Kirchner han tenido y tienen todas las condiciones para asegurar la unidad nacional alrededor del grandes objetivos. Las están despilfarrando miserablemente.
La crisis con el campo es, en ese sentido, paradigmática. Un mínimo de prudencia, un mínimo de muñeca política, habrían reducido las diferencias a su mínima expresión. Hicieron exactamente lo contrario. Y lo sorprendente es que el costo más alto lo va a pagar, o lo está pagando, el oficialismo. La Argentina padece hoy una crisis política, no económica. Por ahora, la crisis se manifiesta en la incapacidad del gobierno para generar consenso, o, a la inversa, en su capacidad para reproducir conflictos innecesarios.
Los Kirchner pretenden hacernos creer que lideran un proceso de liberación nacional y que el precio a pagar por ello es la resistencia de oligarcas y gorilas. Yo no sé si lo creen o se valen de esa impostación ideológica para hacer política. En cualquiera de los casos, los resultados son los mismos y están a la vista.
Los peronistas de izquierda (si es que esa denominación puede aceptarse, porque en realidad la izquierda siempre ha sido incompatible con el peronismo, y, por su parte, los verdaderos peronistas siempre se han encargado de hacer visible por las buenas y por las malas esa incompatibilidad) son los que más han comprado sin beneficio de inventario el argumento de un gobierno enfrentado a la oligarquía terrateniente.
Tal como se presentan los hechos, se hace cada vez más difícil conciliar posiciones progresistas con la política oficial. La lealtad partidaria, las funciones de la ideología o el legítimo afán de mantener un trabajo, explican estos malos entendidos. Los explican pero no los resuelven. Leo las notas de los muchachos de Pagina 12 y descubro que efectivamente las ideologías operan como una nube de humo o como una confortable coartada para justificar el esquema de poder vigente.
En efecto, reducir una realidad compleja como la del campo al anacrónico esquema de oligarquía terrateniente es, más que un error, una torpeza. Que intelectuales más o menos lúcidos queden prisioneros de una realidad que ya era opinable en los tiempos del Iapi; o crean, como en la era de Stalin, que el campo es el atraso y que los propietarios rurales son canallas que se merecen el peor de los destinos, es una prueba más de las calamidades que la ideología puede provocar en el cerebro.
Mis amigos oficialistas insisten en diferenciar a este peronismo del de Menem. Es curiosa esa diferencia, porque en la década del noventa muchos de ellos fueron abnegados funcionarios menemistas, empezando por el esposo de la presidente. Palabras más, palabras menos, los muchachos sostienen que entre el peronismo liberal y conservador de Menem y el peronismo nacional y popular de Kirchner hay un abismo.
Confieso que en algún momento pensé algo parecido. Hoy, debo admitir que no existe un peronismo bueno o malo, popular o conservador; lo que existe -aunque resulte obvio decirlo- es el peronismo. Si al peronismo, más que un programa económico o una adhesión ideológica, lo que lo distingue es un modo de concebir el poder y ejercerlo, debemos admitir que entre Menem y los Kirchner las coincidencias son más fuertes que las diferencias. Las adjetivaciones son detalles, detalles menores. Cualquier escritor sabe que en política, el sustantivo siempre es más importante que el adjetivo.