El 25 de mayo, durante el masivo acto que la dirigencia agropecuaria organizó en Rosario, muchos se preguntaron ¿por qué protesta toda esta gente si se los ve bien vestidos, vienen en familia y la mayoría llegó en su propio vehículo, incluso en camionetas todo terreno?
Probablemente en la respuesta esté también la clave para comprender por qué el matrimonio presidencial erró el calculo al avanzar con otro golpe al bolsillo del sector, politizando la pelea y estigmatizando luego al productor.
Una primera aclaración es necesaria y medular: no existe "el campo" como una masa homogénea y uniforme. Ni son todos sojeros, ni terratenientes, ni oligarcas, ni golpistas. Tal simplificación ignora que existe una amplísima variedad de tamaño (escala productiva), eficiencia (de punta o "tradicionales"), competitividad (individuales o pooles; cerca o lejos de los puertos; propietario o inquilino), e incluso de ideología entre los productores. Dicho de otro modo: no es lo mismo producir soja con el asesoramiento de Aapresid en Venado Tuerto (zona núcleo, de máxima calidad de tierra y rindes óptimos) que ser cañero en El Sombrerito, algodonero en Avellaneda o ganadero en Villa Minetti, por mencionar los extremos.
Superado el estereotipo digamos, entonces, que existe un verdadero "abismo cultural" entre los argentinos que viven en las grandes ciudades y los que están diseminados en esa infinidad de otras ciudades menores, pueblos y parajes que conforman "el interior" (otra entelequia vacua). El desconocimiento de los hábitos y costumbres y por lo tanto del pensamiento de estos últimos ha sido el gran error del gobierno y es la causa de la intriga que se generó en Rosario.
El sustento de los habitantes urbanos depende, en gran medida, del comercio, el empleo público, la industria (donde la hay) o los servicios. A excepción de los cuentapropistas -que no son pocos- podría decirse que les basta con cumplir un horario en su trabajo (a algunos se les exige eficiencia, a otros no) y luego retirar su sueldo a fin de mes. De los alimentos se sabe que hay que ir a buscarlos en la góndola o pedirlos en el almacén y, cuanto mucho, que están caros o baratos. Poco y nada se conoce sobre el origen de los mismos; y mucho menos del esfuerzo que le significa al productor.
En "el interior" (de tan impuesto el concepto es difícil encontrar un sinónimo) quien no es productor agropecuario tiene un vecino, amigo o cliente que sí lo es y por lo tanto comprende la realidad del campo. Entiende que para tener leche hay que levantarse todos los santos días a las tres y media de la mañana -incluidos fines de semana, feriados, navidad o año nuevo-, pero también que las vacas se enferman y hay que curarlas o hay que sembrar para alimentarlas. También se sabe que para comerse un bife primero hay que lograr que la vaca quede preñada, luego que el ternero sobreviva al nacimiento y garantizarse que ninguna sequía lo matará de hambre o sed antes de estar listo para la faena, dos o tres años más tarde. O bien que para tener pan hay que sembrar el trigo, echarle fertilizantes y rogar que no falten lluvias ni sobren heladas o granizo durante los 6 meses de espera hasta que llega la cosecha. En resumen, que para hacerse del sustento hay que tener capital para "apostar", saber invertir (endeudarse) y asumir riesgos muy altos (biológicos, climáticos, de mercado... y, para colmo, políticos).
Por suerte para todos los argentinos, pero en particular para los que están cerca de las producciones agropecuarias, la economía mundial impulsó el valor de los alimentos y las ciudades, pueblos y parajes se reactivaron. Lo que en los 90 fue angustia, deuda y quiebras se transformó en ganas, esperanza y trabajo. Y en renta, que es igual a bienestar, ahorro y futuro. Así resurgió económicamente la "clase media rural", trabajadora y educada, que logró sobrevivir a la debacle que durante el menemismo se llevó puestos más de 100.000 productores.
Los Kirchner, con el posterior consenso de quienes sólo se informan sobre los alimentos en la góndola, confiaron en que "el campo" eran los presidentes de las cuatro entidades y que nada pasaría si al 35% de retenciones se le sumaba un nuevo esquema capaz de "socializar" el esfuerzo y la renta de los productores sojeros-terratenientes-oligarcas-golpistas. Sin embargo fue la gota que colmó el vaso. Al modo del "corralito" de Cavallo, el último zarpazo significa para muchos una confiscación y la posible pérdida de la renta, de su fuente de trabajo y el futuro de su familia. Prueba de ello, y de que la discusión no es "retenciones si o no", es que el impuesto arrancó en 10% durante 2002 y luego fue creciendo en forma escalonada al 23.5, 27.5 y 35%, en el caso de la soja. ¿Alguien recuerda "piquetes de la abundancia" en estos 6 años? Los 400 cortes de ruta en todo el país, así como las 300.000 personas en el Monumento a la Bandera, son una cabal prueba de lo que se juega el interior en esta partida: la supervivencia de una clase social genuina y digna, educada y cultora del trabajo. Quizás, una de las últimas "joyas de la abuela" que nos queda por vender.