Rogelio Alaniz
Hoy, Bolivia es un país socialmente dividido y geográficamente fracturado. Para un jefe de Estado, éste es el peor de los escenarios posibles. Las consultas populares celebradas en los departamentos de Beni y Pando confirman esta tendencia. No hace falta una bola de cristal para saber que el referéndum previsto en Tarija obtendrá resultados parecidos.
Para calificar el escenario político abierto en la Argentina después de 1955, el sociólogo Juan Carlos Portantiero instaló el concepto de empate hegemónico. Se trataba de un equilibrio de fuerzas en el que ninguno de los actores estaba en condiciones de imponer su hegemonía. Este equilibrio representó para la Argentina un factor de periódica inestabilidad.
Este concepto teórico podría muy bien emplearse hoy para Bolivia. La diferencia con la Argentina es que el conflicto político incorpora una disputa territorial y autonómica. El oeste boliviano sería leal al gobierno y el este desconocería su autoridad. Morales no puede torcer la voluntad de la célebre Media Luna, pero ellos tampoco pueden nacionalizar el conflicto porque la mitad o algo más de los bolivianos apoyan al presidente.
En la Argentina, a esta crisis pretendían resolverla los militares. En Bolivia, por ahora los militares se manifiestan neutrales, con una leve inclinación institucional hacia Morales. Las fuerzas armadas de Bolivia responden a la lógica de los militares latinoamericanos en el siglo XXI. Por convicción o cálculo de oportunidades han renunciado a la conspiración.
En otros tiempos, los militares bolivianos estuvieron entre los más golpistas de la región. Finalizada la Guerra Fría, parecería que han preferido llamarse a sosiego. Por lo pronto ya no están financiados por el Pentágono como en aquellos años. Por el contrario, es muy probable que en los tiempos que corren el financiamiento provenga más de Venezuela que de los Estados Unidos.
Nada de ello autoriza a pensar que los militares bolivianos se hayan corrido a la izquierda. Tampoco hay motivos serios para suponer que Chávez sea de izquierda. En todo caso, lo que ha cambiado es el escenario internacional y conceptos y categorías que en el siglo veinte eran acatados como verdades de fe, hoy están puestas en tela de juicio porque no pueden o no alcanzan a explicar los nuevos escenarios.
En Bolivia, lo que se prolonga en el tiempo es una crisis de dominación. La llegada de Evo Morales al gobierno la ha agravado en lugar de resolverla. La crisis que hoy vive Bolivia es hegemónica pero también es trágica. Una crisis es trágica cuando los protagonistas disponen de buenos argumentos para defender su causa, pero no están en condiciones de superarla. En la Argentina, el empate hegemónico se resolvió a través del golpe de Estado de 1976. Estimo que no hace falta abundar en consideraciones sociales y políticas para apreciar los costos que debió pagar la sociedad por esa salida.
En Bolivia, el actual equilibrio también puede prolongarse en el tiempo. Roto el diálogo y puesta en discusión la jurisdicción territorial, el futuro que se avizora para Bolivia es crítico. De la modalidad de estos equilibrios, lo único que se sabe a ciencia cierta es que no son eternos. En algún momento, se rompen. Los desenlaces incluyen desde la fractura territorial y la guerra civil a la imposición por vía violenta de un sector sobre otro. En todos los casos, los costos son altos y los sectores más débiles son los que más los sufren.
El impacto que una crisis de semejantes proporciones causaría en la región es difícil de dimensionar, pero en principio queda claro que nadie, o muy pocos, se podría beneficiar con semejante realidad. Desde la sensatez, por lo tanto, habría que aconsejarle a los dirigentes de uno y otro sector que dialoguen y busquen entendimientos políticos. Que en definitiva apuesten a la política, como ciencia y arte del acuerdo y no a la guerra como acción de exterminio.
Lo que ocurre es que en las crisis políticas de estas dimensiones lo primero que se pierde es la noción de sensatez. En estos casos, adjetivar contra los terratenientes y los fascistas o contra los comunistas o los indigenistas no aporta absolutamente nada. Cuando dos trenes que avanzan en dirección contraria están a punto de chocar, el accidente no se evita agregando más leña a la caldera. Tampoco discutiendo quién tiene más derecho para transitar por la vía. Mucho menos diciendo que hay que frenar, entre otras cosas porque nadie quiere hacerlo o los frenos no responderían. La otra alternativa es que el tren grande arrolle al tren chico. Esta especulación es interesante, pero pierde validez cuando los trenes disponen de la misma cantidad de vagones y de la misma fuerza.
La historia del mundo moderno enseña que ningún Estado nacional que se precie de tal acepta la secesión. En Estados Unidos, este tema se resolvió con una guerra civil que incluyó la cuestión racial y la opción por un sur agrario a o un norte industrial. En España, la guerra civil respondió a cuestiones ideológicas, pero también incluyó el tema de las autonomías regionales. Es más, los reclamos autonómicos en Bolivia toman como ejemplo la experiencia española. Conocemos el desenlace político de España y el costo que debieron pagar los españoles por una guerra que sumó alrededor de un millón de muertos.
La otra experiencia secesionista es la de los Balcanes. El término "balcanizar" como sinónimo de fractura nacional nació allí. Hace más de cien años que los Balcanes se han balcanizado, valga la redundancia. Ni el imperio austro-húngaro ni la dictadura de Tito lograron resolver la crónica dispersión territorial y política en esa zona.
Puede que Bolivia esté lejos de cualquiera de estos escenarios. Pero sería un error de apreciación desconocer que ha empezado a recorrer ese camino. La autonomía hoy no es la secesión, pero se sabe que puede ser su antesala. Está claro que a la crisis deben resolverla los propios bolivianos. O su clase dirigente, para ser más precisos y más realistas. Si esto no es posible, será necesario pensar qué contribución pueden hacer a la unidad nacional los países de la región. También en estos casos, un principio caro a las naciones, como el de la autodeterminación de los pueblos debe relativizarse. Pero no cabe duda que siempre dependerá de la clase dirigente de Bolivia, la responsabilidad de definir el destino de su país.