Opinión: OPIN-03
Al margen de la crónica
A no echarle la culpa a nadie

Todo cambio de signo político, en cualquier ámbito gubernamental, está asociado con modificaciones. De hecho, hay quienes afirman que la actitud de los votantes en las urnas tiene que ver con ese deseo. Pero... ¿qué pasa en el ámbito del discurso?

No son pocas las consultas periodísticas donde queda en evidencia que echarle la culpa a la gestión anterior, que por supuesto constituye la oposición, es más fácil que "confesar" verdaderos motivos o atribuirse irregularidades. Así, frases como "en pocos meses no podemos hacer lo que no se hizo en cuatro años" o "este es un problema que nos dejaron los funcionarios anteriores" son argumentaciones muy escuchadas.

Abrir un debate sobre lo que se hizo bien o mal o sobre quién o quiénes tienen la culpa de los problemas que padece la ciudad o la provincia no es el propósito de estas líneas. Tampoco dar indicios, por supuesto desde la óptica del emisor, cuál partido es el que tiene mayor o menor capacidad de gestión.

La palabra gobernar es definida por la Real Academia Española como "mandar con autoridad". Y sinónimos de ella son "conducir, dirigir, guiar, mandar y regir". Reflexionar sobre estos conceptos es donde radica la intención de este texto. Es que a seis meses de que asumieron las nuevas autoridades no se puede escuchar, a manera de justificación, que la culpa de todo lo que nos pasa es de los funcionarios anteriores. Con esto no se quiere decir que no haya críticas, al contrario. Pero éstas deben ser constructivas, y no destructivas como se suelen escuchar en las ruedas de prensa, para que no se cometan los mismos errores.

En definitiva, quien asume el compromiso de gobernar, desde el mínimo cargo hasta el máximo, debe hacerlo convencido de que cumplirá con las responsabilidades asumidas cuando fue elegido por la mayoría de los votantes. Pero en ese camino, donde deberá tomar decisiones y criticar constructivamente si es necesario a quienes lo antecedieron, no es bueno echar culpas. ¿Por qué? Porque se corre el peligro de caer en un ida y vuelta de respuestas que no conducen a ninguna solución y seguramente al cabo de cuatro años los votantes volverán a elegir, con razón, por el cambio.