Opinión: OPIN-04
Crónicas de la historia - La reforma universitaria (I)
El proceso de cambio y los precursores

Rogelio Alaniz

Para que los aniversarios no se transformen en crónicas necrológicas es aconsejable poner en discusión los mitos y leyendas que suelen acompañar a los grandes acontecimientos. La Reforma Universitaria cumple noventa años y no escapa, no debe escapar, a las generales de la ley. Se dice que en 1918, en Córdoba, las señoras beatas se persignaban cuando oían hablar de los estudiantes. Noventa años después, no sería deseable que los reformistas hagan algo parecido cada vez que se hable de la rebelión estudiantil más trascendente del siglo veinte.

En 1936 Deodoro Roca escribía en la revista "Flecha" que "para hablar de lo sucedido en 1918 es necesario despojarse de toda veneración supersticiosa del pasado". Seis años antes Julio V. González decía algo parecido: "Hay que desvincularse del pasado, vivir el presente y entregarse al porvenir". Quienes así escribían estaban orgullosos de haber protagonizado la gesta de 1918 y para ser fieles a ella convocaban a seguir pensando. Importa decirlo: la Reforma Universitaria reclamó el ejercicio de la libertad y la rebeldía, pero por sobre todas las cosas instaló en el imaginario estudiantil los atributos de la inteligencia.

Ernesto Giúdice y Héctor Agosti, los intelectuales de izquierda más lúcidos que dio el movimiento reformista -cuando el Partido Comunista honraba a la inteligencia y no al matonaje, y su paradigma intelectual podía ser Aníbal Ponce, en vez de Luis D'Elía- advertían sobre los peligros de transformar a la Reforma Universitaria en un panteón y convocaban a pensar en una segunda reforma universitaria.

Benedetto Croce decía que toda historia es siempre historia contemporánea. Hablamos de la Reforma Universitaria de 1918 porque nos interesa el presente y el destino de la universidad en el 2008. En ello reside la diferencia entre el folclore y la historia. En un caso el pasado se cristaliza; en el otro, se lo recupera. La Reforma Universitaria merece la reflexión histórica; para viajar a Cosquín, siempre hay tiempo.

La rebelión estudiantil estalló en Córdoba, pero sería un error suponer que fue un rayo en un cielo azul y sereno. Según se interpreten los hechos podría decirse que la rebelión no se inició en Córdoba sino que concluyó en Córdoba. Para 1906 existían en Buenos Aires tres centros de estudiantes que discutían con las autoridades los planes de estudios, las mesas examinadoras y la constitución de los de los consejos directivos. El 11 de septiembre de 1908 se creó en Buenos Aires la Fuba. Su primer presidente fue Salvador Debenedetti. En 1911 se organizó la Federación de Estudiantes de La Plata.

Los congresos estudiantiles internacionales se iniciaron en esos años. En 1908 se celebró el primero en Montevideo. En 1910 y en 1912 las reuniones se hicieron en Buenos Aires y en Lima. Para 1914 estaba previsto un congreso en Chile, pero se suspendió por el inicio de la Primera Guerra Mundial.

Estos congresos son antecedentes de un movimiento estudiantil que estaba naciendo, pero como diría un historiador, estos estudiantes se parecían más a embajadores culturales de sus gobiernos que a militantes. Las delegaciones eran financiadas por el poder político. Los plenarios concluyeron con la presencia de embajadores y el propio presidente de la nación anfitriona. Así ocurrió en Montevideo y en Buenos Aires.

En las sesiones hubo apenas tímidas referencias al compromiso político. La sospecha de que estos congresos eran reuniones auspiciadas por los gobiernos conservadores pareció confirmarse cuando el diputado socialista Juan B. Justo se opuso a que se entregara un subsidio a los delegados estudiantiles para que viajaran a Chile. Según el líder socialista "ese dinero había que dedicarlo a las clases trabajadoras".

Los congresos estudiantiles de aquellos años no se parecen a los que se celebrarían en el futuro, pero tampoco son excursiones de boys scouts. Es verdad que esas delegaciones se parecían, en más de un aspecto, a embajadas culturales, pero sería injusto reducirlas a una variante juvenil del protocolo diplomático. Más allá de sus límites, lo que importa destacar es que los estudiantes empezaban a ser protagonistas. Así lo pensaba Joaquín V. González, por ejemplo. En términos parecidos lo enfocaban Ernesto Quesada y Ramón Cárcano. A moción de González, el Congreso declaró que el 21 de septiembre sería el día del estudiante. Las consideraciones del autor de "Mis montañas" fueron sugestivas: "fecha consagrada al culto de la solidaridad y los ideales". Todavía los picnics no se habían puesto de moda.

No concluyeron allí los aportes de González. En 1915 se creó la Oficina de Cooperación Universitaria. La dirigiría Del Valle Ibarlucea, el primer senador socialista de América. En 1921 Del Valle Ibarlucea sería desaforado por haber manifestado sus simpatías con la Revolución Rusa. Un ilustre antecedente de tolerancia republicana.

Las relaciones del movimiento estudiantil con uno de los más ilustres exponentes del pensamiento conservador liberal son interesantes porque confirman la vitalidad del liberalismo de aquellos años. En 1920 la FUA homenajea a González y lo califica como "padre espiritual de varias generaciones de argentinos y el apóstol más eminente de la cultura nacional". Tal vez exageraban, pero no demasiado. El otro aporte que González hizo a la Reforma Universitaria fue su propio hijo, Julio V. González. Se dice con justicia que la Reforma Universitaria tuvo un numen intelectual que se llamó Deodoro Roca y un cronista brillante que fue Julio V. González.

La rebelión estudiantil no estalló en Buenos Aires o en La Plata por la sencilla razón de que algunas de las conquistas reformistas ya habían sido reconocidas por las autoridades universitarias. Pruebas al canto. En 1906, el rector de la Universidad de Buenos Aires era Eufemio Uballes. En 1920 Uballes seguía en el mismo cargo. No era un déspota, no estaba atornillado al sillón, era un liberal avanzado que supo negociar los reclamos estudiantiles.

Sin exageraciones podría decirse que en Buenos Aires y en La Plata la reforma universitaria estuvo más signada por la continuidad que por el cambio. Hubo conflictos y tensiones pero lo que predominó fue el entendimiento. No sucedió lo mismo en Córdoba.

Para 1912, los cambios políticos en la Argentina eran cada vez más visibles. La ley Sáenz Peña constituía la expresión jurídica de esos cambios. La gran aldea descripta por Lucio V. López ya era una ciudad cosmopolita con una notable movilidad social. El consumo de diarios, libros y revistas era el más alto de América Latina y uno de los más importantes de Europa. Esta hazaña sólo era posible en una sociedad que había reducido casi al mínimo el analfabetismo.

El Centenario de 1910 celebrado en Buenos Aires despertó la admiración de políticos, intelectuales y reyes de Europa. Más tarde se diría que Buenos Aires era la capital de un imperio que no fue, pero eso se dirá después. En ese momento, todos se admiraban del progreso. George Clemenceau y Rubén Darío estaban fascinados.

El lujo de las clases altas se contrastaba con la miseria de los conventillos. Las reuniones en el Jockey Club, las funciones de gala en el Colón, los paseos por Florida y Palermo, las visitas a los cascos de las estancias tenían su contrapunto en las huelgas obreras. La Argentina de 1910 desbordaba prosperidad, pero la fiesta se tendría que realizar bajo el estado de sitio.

Los sectores más lúcidos del régimen comprendieron que los cambios eran inevitables y que era mejor acompañarlos para ponerles límites que dejarse dominar por ellos. La ley Saénz Peña nació inspirada por esa elemental noción de gatopardismo. Después, los conservadores más ortodoxos les reprocharían a sus correligionarios esas liberalidades, pero eso sería después, no en 1912.

Para 1918 funcionaban en la Argentina dos universidades nacionales: Buenos Aires y Córdoba. Y tres universidades provinciales: La Plata, Santa Fe y Tucumán. Los estudiantes universitarios no eran muchos. Para 1910 había 6.000: en 1918 la cifra no llegaba a los diez mil. En Córdoba no había más de 1.500 estudiantes universitarios.

Los integrantes de los consejos directivos y académicos eran vitalicios. Su otra característica era el autorreclutamiento. En todos los casos, el poder de los claustros estaba en manos de la élite. Luis Alberto Sánchez, uno de los grandes dirigentes reformistas de América Latina, el colaborador más apreciado de ese otro hijo de la reforma que fue Víctor Raúl Haya de la Torre, describió ese régimen con palabras certeras: "Los profesores lo eran casi por derecho divino. No había apellidos heterodoxos. La colonia presidía vigilante las ubicaciones. Los hijos solían heredar las cátedras de sus padres. Un profesor lo era de por vida. Nadie turbaba sus derechos. Ni siquiera repetir un texto de memoria año tras año". (Continuará).