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Mariela Goy - [email protected]
En Buenos Aires se reinstaló la polémica sobre las amonestaciones, que habían desaparecido de las escuelas porteñas cuando en 1999 se creó -por ley 223 de la ciudad- el régimen de convivencia escolar. Días atrás, el rector de la Universidad Abierta Interamericana, Edgardo De Vincenzi, que preside una asociación de colegios privados, reclamó que "vuelvan las amonestaciones" a las escuelas porque hoy existe una situación de "desborde disciplinario" y la autoridad está resentida.
No tardó en salir al cruce el ministro de Educación porteño, Mariano Narodowski, que tildó al sistema de amonestaciones de "autoritario" y "poco educativo", y aseguró que generaban "especulación" en los chicos sobre cuándo "tenían que portase bien y cuando no en función del stock" de sanciones.
En la provincia de Santa Fe el dispositivo nunca dejó de existir. Figura en la letra del Decreto N´ 817 de 1981 correspondiente al Reglamento General de escuelas medias y técnicas de la provincia, redactado por el gobierno de facto. El artículo 57 de esa norma estipula la aplicación de amonestaciones ante faltas leves o graves y la pérdida de la condición regular y el retiro del establecimiento cuando el alumno supere el máximo permitido (20) durante un curso escolar.
En los hechos, sin embargo, ya no es frecuente la expulsión de un alumno por acumulación de amonestaciones, como sucedía antes, dado que las políticas educativas tienden a que todos los chicos y adolescentes estén escolarizados. Esto se acentuó con la nueva ley nacional de educación que estipula la obligatoriedad del secundario.
En la nueva escuela media que se creó a partir de la primaria Nº 42 General Las Heras, los profesores decidieron, en una reunión plenaria, comenzar a aplicar reprimendas disciplinarias porque los alumnos "ya no reconocen límites". Sugirieron redactar un documento de referencia interno donde se expliciten ciertos parámetros para castigar las faltas, por ejemplo, dos apercibimientos ante una salida de la escuela sin permiso, y así sucesivamente hasta penalizar con más rigor las conductas graves.
Gerardo Basal, director reemplazante, reconoció que en ese establecimiento al que asisten alumnos de sectores sociales vulnerables, hay "mucha indisciplina" y a veces les resulta difícil "contener al estudiantado". De hecho, mientras El Litoral esperaba en los pasillos, una profesora salió de clases para ir a buscar a dos adolescentes que se había escapado del salón y molestaban en el patio. "Lo que pasa es que el rol del docente está desvirtuado; se nos carga la función de contenedores sociales de chicos carentes de afecto, con familias numerosas, donde nadie les presta atención", reclamó la educadora.
Basal dijo que las indisciplinas más comunes son: escaparse del aula o de la escuela, no traer el guardapolvo, abusar del celular en clases, pelearse entre ellos y contestar mal al docente. "No están acostumbrados a las jerarquías y por ende, no las reconocen en la escuela", destacó.
Antes de castigar, las escuelas intentan primero otros métodos de disuasión ante el alumno indisciplinado: llamados de atención, diálogo con los tutores y citas a los padres. Otro recurso que se usa es firmar "actas compromisos" con las familias del chico para que éste procure mejorar su comportamiento.
Con esa postura coincide Letizia Mengarelli, directora provincial de Educación Secundaria: "Como cualquier marca o límite, en la medida que el uso es reiterado pierde su eficacia; hay una cantidad de procesos anteriores que no necesariamente desembocan en una amonestación".
La convivencia escolar -opinó- se construye entre jóvenes y adultos y el diálogo posibilita llegar a consensos que garanticen esa interrelación. "Pasa que el diálogo está debilitado en todos los ámbitos y poder convivir a partir de consensos se hace cada vez más difícil", aceptó.
La funcionaria reconoció que "cuando es inevitable, la amonestación está vigente y es una herramienta para las autoridades escolares".
Cuando El Litoral llegó a la escuela Almirante Brown, la directora del nivel medio, Susana Gatti, tenía sobre su escritorio dos casos de aplicación de amonestaciones: el de un alumno que le tiró la cartuchera en la cabeza a un compañero en horas de clases, y el de un par de estudiantes que rompieron los vidrios del aula y se hicieron cargo.
"Al problema hay que enfocarlo desde lo que nos está pasando como sociedad: se perdió el sentido de la autoridad. Los papás no saben ejercer la adultez y colocar límites, en unos casos por miedo, y en otros porque creen que pueden provocar un efecto negativo", consideró.
Sostuvo que las amonestaciones contribuyen a que los alumnos tomen conciencia de que "hasta ahí pueden y más allá, no". Aunque advirtió que las sanciones deben estar siempre fundamentadas, "deben ser límites cargados de amor".
Cuando se aplican reprimendas en esta escuela, se llama al papá y se trabaja en equipo junto a la directora, el vicedirector y el gabinete psicopedagógico (que son 3 profesionales para 1.100 alumnos). "Se le explica al padre cuáles son los motivos que llevan a esta situación y se sigue trabajando preventivamente con el alumno: se lo concientiza al cambio de actitud, se apela a la reflexión y al diálogo", destacó.
"Para la convivencia social, cualquiera sea el ámbito, la transgresión tiene que tener marcado los límites, si no estamos generando la ilusión de que todo se puede. Las leyes están para ser cumplidas, no imperativamente, si no entendiendo que el bien común está regido por la ley", aportó, por su lado, Mengarelli.
Algunos especialistas opinan que el concepto de disciplina puede ser abordado desde una concepción didáctica, como una forma de inculcar conductas morales y sociales. Los Consejos de Convivencia Escolar -implementados por varias escuelas- van en esa dirección. Participan alumnos, preceptores y directivos que definen los derechos y obligaciones que rigen la relación entre ellos.
"La convivencia escolar es un tema que nos desafía a todos, lo mismo que la convivencia social, donde hay manifestaciones que son enfermizas ¿Si no que otra cosa es la relación gobierno-campo que se parece más a un diálogo de sordos o una lucha de poder, que a un serio ejemplo de resolución de conflictos?", planteó el rector del colegio La Salle, Pascual Alarcón.
En esta institución privada, hace 3 años que existe una suerte de consejo de convivencia integrado por tutores y preceptores que revisa roles y reglamentos internos y analiza los casos de inconducta frecuentes. Todavía no tienen participación los alumnos, pero el rector dijo que esa es la idea a futuro.
El colegio La Salle aplica amonestaciones y no espera a que se acumulen a cuentagotas. "Hemos optado por poner una primero, diez si reincide y luego afuera. No obstante ello, es un instrumento que no se agota en sí mismo, sino que es el complemento de otras acciones como, por ejemplo, actas compromiso con los padres, seguimiento del chico con tutores y preceptores".
Gisela Gandolfo, asesora pedagógica de la escuela Simón de Iriondo, señaló que las escuelas privadas se reservan el derecho de admisión y permanencia. Las públicas, en cambio, están más acotadas y la recomendación ministerial -ante algún conflicto grave- es buscar la forma de que los chicos continúen en el sistema escolar. "Casi no se expulsa por acumulación de amonestaciones, pero no es menos cierto que en la cultura escolar ese fantasma sigue muy vigente", cerró.