El diario está próximo a cumplir 90 años. Como en cada ocasión en que la trascendencia del aniversario así lo exige (esa costumbre del "número redondo"), se empiezan a abrir las cintas que contienen a los viejos tomos del archivo, y entonces, lentamente, como en un pequeño murmullo que con el acercarse de los días se va transformando en un abierto alboroto, la redacción modifica radicalmente su diaria rutina.
Entrar al espacio en el cual esos antiguos libros refugian la historia frente al tiempo genera sensaciones encontradas. Una cercana a la asfixia es la primera, por sentir en el cuerpo el peso de tantos volúmenes, el mareo de los ejemplares que desde los estantes más altos parecen vigilar los pasos extraños. Casi se puede oler la violencia de cientos de guerras, los aplausos de récords mundiales, las lágrimas del artista, los más enérgicos debates... el transcurrir de la vida misma.
Pero la bruma se disipa al abrir la primera página. El polvo se agita como en una excitada respiración, y la historia vuelve a latir en ojos que recorren los títulos, en manos que acarician las líneas de texto, el círculo de periodistas que se reúnen para rememorar hechos, rescatar anécdotas, contraponer puntos de vista, asombrarse por un pasado que vuelve a constituirse desde las hojas amarillas de un diario.
Alguien dijo alguna vez que sólo lo que pasa a través del lenguaje es. Un hecho, si no es contado, transmitido oralmente o asegurado para siempre en la escritura, se pierde en el momento mismo en que sucedió. Es como el ruido en el desierto (¿existe si no hay alguien para escucharlo?). Trabajar con el archivo de un diario casi centenario es despertar a mundos que esperan ansiosos iluminar de enseñanzas el hoy. Es una experiencia vigorosa. Un fértil tesoro, que se multiplica. Es, nada menos, que hacer presente el pasado.