La única Cata que conocíamos, era doña Cata, pero no vale la pena hablar mucho de ella porque no daban ganas ni de probarla, aunque ya la había catado medio mundo. Pero hoy, entre promos, degutaciones, cataciones, lanzamientos, congresos y encuentros de lo que sea, te dan a probar muchas cosas, con la esperanza genuina de que termines adquiriendo el producto. El sistema, abre la gama de posibilidades de morfi y chupi de arriba a los muchos indigentes, jubilados (a veces son sinónimos), estudiantes que antes estaban confinados a velorios o galas literarias, donde siempre se pesca algo.
Ahora, tenés las promotoras de los súper que te esperan con bandejas de comida o pequeños vasitos de café o vodka (a las nueve de la mañana tonifica y estimula) o jugo o un nuevo yogur. Hay que estar atento, nomás.
Luego, han proliferado (y cuentan con mi entusiasta adhesión) las vinerías, las casas de productos regionales y rubros anexos. Tienen el tino (el tinto, el blanco: íadoro esos negocios!) de convocarte dos por tres para que degusten tal o cual vino. Por supuesto, invitan a tipos y tipas que, luego, son potenciales compradores, con lo que los ocasionales pescadores de bocadillos gratis deben ingeniárselas y producirse de tal manera que no desentonen ante los comentarios sobre taninos y especias, sobre frutos y flores que emanan de un buen vino. Tipos acostumbrados al tetra, pueden sentir cierta impaciencia ante los comentarios específicos de un especialista.
También en algunos comedores y restaurantes, uno puede disfrutar de alguna copita de arriba que te ofrecen promotoras de alguna bodega o vino, ahí mismo, en la mesa y antes de que vos veas la carta de bebidas, con lo cual te inducen (hay tipos con el sí fácil, sobre todo ante una promotora de buen escote) a que consumas esa marca.
Es uno de los problemas de las degustaciones: hay una especie de presión tácita (si te la dan en tacita, porque si es en vaso, la presión es vásita: ya está, ya pasó) y de ansiedad vendedora que no te permite un gesto o una reflexión, mientras te escrutan hasta el mínimo pliegue y repliegue del rostro: ¿Te gustó, carajo? Bueno, comprá, rata... Conmigo van fritos: no me gusta tomar decisiones (al resto de las cosas, las tomo sin problemas) bajo presión y no me gusta demasiado que me digan lo que debo sentir y, de inmediato, adquirir.
A la onda del chupi y morfi gratis se le pueden sumar los clubes de especialistas de algo: el curso de vinos blancos de Cafayate (llámenme, que voy sin problemas aunque no sepa cómo volver); los encuentros de pasteleros, los de la cerveza artesanal (cuéntenme también: no es lo mismo adquirir un buen pedo artesanal que otro comercial), los de chorizo en grasa, y así hasta el infinito. En ese rubro, organizadores de congresos y "eventos" nos dan una mano acomodando por rubros la oferta gastronómica. Sigan así, porque nosotros, los usuarios, los potenciales catadores y degustadores e incluso compradores, podremos organizarnos mejor respecto de dietas, calorías, ingestas, e igualmente armonizar y organizar agendas temáticas que eviten superposiciones odiosas e innecesarias: me da bronca estar tomando tres totín de buena calidad de la bodega fulano y perderme los salamines de "Tusalamín", el negocio que abrió con pompa a la vuelta...
A mí, esta moda de hacerte probar nuevos o viejos productos me parece fantástica y es una de las buenas posibilidades que hacen amable a una ciudad: uno puede armar su propio circuito gasolero y ver espectáculos gratis y comer o chupar de igual modo, con el solo "costo" de aguantarte una disertación sobre finales en boca, el llanto de una viuda literalmente desconsolada, o un somero repaso de dos horas sobre la historia del pisco. Tres cosas tengo para decirles, mis chiquitos: buen provecho, salud y, por último, íinviten, que yo voy!