Otro aire: fresco, renovado, limpio. Distintos aromas, algunos más dulces, otros fuertes, hasta picantes. Verde claro, oscuro, seco, esmeralda, acompañado por otros colores: blanco, amarillo, azul, colorado. Sonidos suaves, de las hojas acariciadas por el viento, de algunos pájaros que revolotean entre las ramas. Los juegos de luces y sombras completan el espectacular paisaje.
"Para poder disfrutar de todo esto tenés que detenerte: a observar, a contemplar, a oler, a mirar. Hay que parar ese ritmo tan alocado en el que vivimos ahora", asegura Graciela Vera Candioti, dueña de una casa en el sur de la ciudad con un jardín que es la envidia de muchos.
"Somos pocas las personas que podemos tener el privilegio de tener un espacio verde en este lugar", sostiene al referirse a los 320 metros cuadrados de pasto, plantas, árboles y flores que tiene en el fondo de su casa.
"Éste es mi paraíso terrenal. En el verano me siento en el jardín a las 6 de la mañana y apoyo los pies sobre la tierra. Hay una yunta de zorzales que viene y se baña en la fuente. Para mí es la creación de la naturaleza", reflexiona.
Cuesta creer que hace 20 años este jardín era un terreno baldío. "Yo vivo acá desde hace 65 porque ésta era la casa de mis padres. En 1990 compramos este terreno completamente pelado y fuimos plantando flores y árboles", comenta Vera Candioti, al tiempo que señala: "La única planta que estaba era la sultana, que tiene como un racimo de uvas anacarado que cuando se abre es como la boca de un dragón. Por eso hay gente que le dice así: boca de dragón".
Graciela comenzó a armar su jardín hace 18 años junto a su hijo Juan Manuel que, por aquel entonces, era sólo un niño. "El jacarandá que tenemos en el medio del jardín lo plantamos entre los dos, cuando él tenía 10 años. Cada vez que lo veo pienso que ése es nuestro árbol", asegura Graciela, y remarca: "Yo empecé con todo este trabajo, pero ahora es Juan Manuel el que se ocupa de arreglar y mantener el jardín. Él tiene 25 años, es autodidacta y ahora se está ocupando de algunos otros jardines".
"Somos una vieja familia del barrio sur con una tradición de amor a la naturaleza. Hay algo en nosotros que es vocacional. No se trata de decir me gustan las plantas, pongo una planta y la dejo. Para nosotros la planta nos retribuye en muchos aspectos de nuestra vida: espiritualmente, en sus colores, en sus aromas. Tenemos algunas flores que abren de noche y largan un perfume que es un éxtasis", sintetiza.
Graciela y Juan Manuel disfrutan cuidando su jardín. "Para mí es como una simbiosis entre el cultivo de la planta y el cultivo del espíritu de la persona que la puso. A mí las plantas me han enseñado a tener paciencia, porque les tenés que dedicar tiempo y tenés que ser perseverante. Todo esto hace a conductas humanas que no siempre tenemos. Por eso considero que se trata de un cultivo mutuo: yo cultivo la planta y la planta me cultiva a mí", reflexiona.
Graciela repite una y otra vez que ella no conoce los nombres científicos de las plantas: "Soy una persona común que ama las plantas y los animales", se define. Es que lo de ella pasa por una cuestión de disfrute. "Las flores te agilizan todos los sentidos: la vista, el olfato, el tacto, el sabor e incluso el sonido. No todas las plantas suenan de la misma manera cuando sopla el viento. Tenemos un árbol que tiene flores de madera y suena como una castañuela", ejemplifica.
Una de las curiosidades del jardín de Graciela y Juan Manuel es que tienen 16 variedades de jazmines. "Los jazmines no florecen todos en la misma época: unos florecen en diciembre, otros en enero. El que más tarde florece es el jazmín del país, que todavía conserva algunas flores. Nosotros buscábamos la alternancia en el aroma, por eso fuimos plantando uno de cada especie. Entonces, cuando deja de florecer uno, empieza a florecer el otro. Esto nos permite tener perfume todo el año".
Sin lugar a dudas este jardín es un espacio pensado para el "disfrute personal de la naturaleza", tal como sostiene su creadora. "A veces miramos un paisaje en su conjunto, pero no miramos el detalle. Yo me detengo frente al detalle de la flor, su color, el pistilo, su textura. Se siente una satisfacción personal muy grande cuando uno ve crecer algo que plantó en la tierra", asegura orgullosa Graciela.
El jardín de Graciela es un disfrute para los sentidos y una invitación a descubrir algunas curiosidades. "Tengo una planta que le regaló el gobernador Iriondo a mi tío Vera Candioti en 1940. Hice muchos gajitos y los regalé a muchas personas, incluso a gente que está en Salta", cuenta.
Otra de las curiosidades son las distintas clases de orquídeas -todas atadas al tronco de un árbol- y de los más diversos colores. Jazmines blancos, amarillos, celestes, de Madagascar; hortensias, magnolias purpúreas, flor de pájaro, calas y cañas de bambú son algunas de las especies que cultivan en esta familia.
"Tenemos un planta rara que no la he visto en otra parte, salvo en documentales de la selva ecuatoriana". También el jardín ofrece "una planta azul que le dicen "choclo" porque su fruto tiene esa forma".
Además, Graciela y Juan Manuel trabajan su jardín con ideas creativas. "Tenemos algunas plantas que son un invento nuestro. Por ejemplo, se nos ocurrió que una podía crecer como planta parásita de nuestra palmera. Entonces la atamos al costado del tronco, prendió y creció".
"Muchas de estas plantas nacieron de gajos que me regalaron y a otras las hemos comprado. Nosotros hacemos gajitos, los ponemos en floreros y cuando echan raíz los ponemos en un tarrito. Así vamos haciendo plantas nuevas que las regalamos", explica Graciela, pero -sin embargo- advierte: "Como te dije, para mí estas plantas son mis hijas, entonces tengo mucho cuidado, me fijo a quién se las regalo porque tengo que estar segura de que van a estar bien cuidadas. Y si las regalo es porque me gusta que las plantas se reproduzcan y no se extingan".
Algunos consejos
"A mí me gusta meter las manos en la tierra", afirma la dueña de casa, Graciela Vera Candioti.
Las plantas son seres vivos que sienten y tienen necesidades. Es común oír que hay que hablarles o cantarles. En este sentido, Graciela cuenta: "Las plantas sienten, necesitan permanencia y afecto. Yo les hablo y les digo que son mis hijas, mis queridas...'".
Por otra parte, las plantas "eligen" el lugar en el que les gusta vivir. A veces, cuando están decaídas, es porque "ese lugar no les gusta", entonces es necesario trasplantarlas. Al respecto, aconseja: "Cuando uno trasplanta una planta de un lugar al otro, sufre, entonces uno le tiene que dar tiempo para que se recupere del desarraigo. Yo en ese momento le digo: Perdoname que te hago sufrir, pero te voy a poner en un lugar donde vas a estar mejor'.