La cultura es la expresión más acabada de los valores espirituales de un pueblo, es trabajo creativo acumulado a través de generaciones, es el pan amasado con el espíritu de la esperanza, es una de las claves para entender la idiosincrasia de una nación porque hay voces, música, expresiones pictóricas y escultóricas, y otras distintas manifestaciones que nos llegan como un viento del atardecer haciendo crepitar la flama de nuestras mentes con lejanas reminicencias, para retener otras realidades y fabulaciones, aleándolas en mágico cristal a las del presente.
La cultura francesa tiene un sello tan particular y exquisito que ha ganado por mérito propio, trascendencia universal.
Del arcón que atesora el caudal cultural de la vieja Francia, emanan las anécdotas que a más de entretener, nos brindan aspectos desconocidos de sus protagonistas.
Estando Carlos V en París, el rey Francisco I le preguntó cuál era según su parecer, la ciudad más bella del mundo, a lo que éste respondió Poitiers.
Grandemente sorprendido de aquella respuesta, el soberano francés insistió: - ¿Y después de Poitiers?. La respuesta fue Orleáns. Con extrañeza balbuceó el rey: -¿entonces...París? - íAh!, París no es una ciudad -contestó el emperador- íParís es el mundo!.
El ilustre científico Luis Pasteur, en cierta ocasión, se presentó en la casa de la dueña de los grandes almacenes Bon Marché, de París.
La mucama comunicó a la dama que un caballero que decía llamarse Luis Pasteur, deseaba hablar con ella. -¿Qué Pasteur? - interrogó la señora-. ¿Será aquel que cura la rabia de los perros?
La mucama salió a informarse y regresó diciendo que efectivamente de él se trataba.
Entonces, recibió la orden de hacerlo pasar.
Un poco cohibido, el sabio le manifestó que pensaba fundar un instituto antirrábico y que por ello se permitía molestar a las personas pudientes y caritativas para pedirles una pequeña donación.
-¿Por poco que sea? - inquirió la dama. Y acto seguido escribió y firmó un cheque y se lo entregó a Pasteur. Éste lo tomó tímidamente, dio las gracias, se retiró con premura y ya cerca de la puerta, miró el cheque. Las lágrimas comenzaron a fluir espontáneamente de sus ojos. íEra un cheque de un millón de francos!.
El célebre escultor Augusto Rodin había terminado una serie de esculturas: éstas era nueve mujeres en diversas poses.
Un crítico preguntó cómo les llamaría. -No sé aún- respondió Rodin.
-Pues el título es fácil, llámeles Las Nueve Musas- le aconsejó su interlocutor.
Al poco tiempo, un americano compró dos, el título ya no podía servir para las estatuas restantes. Rodin volvió a pedir consejo al crítico. Éste respondió: -Pero si es sencillísimo, ahora pueden llamarse Los Siete Pecados Capitales.
Pasó un corto tiempo y dos estatuas más fueron adquiridas. Siempre por consejo del crítico, el grupo restante fue bautizado Los Cinco Sentidos. Un norteamericano compró una. Quedaron Las Cuatro Estaciones. Al venderse otra, las restantes ostentaron el nombre de Las Tres Gracias, siempre por consejo del ingenioso crítico.
Luego de la venta de otras dos, Rodin se encontró frente a una única estatua, entonces esta vez, sin pedir consejo, escribió en la base de la obra este título: Soledad.
El rey Luis XIII era ligeramente tartamudo. Un día que iba de caza perdió de vista al halcón, por lo cual preguntó a un caballero de su séquito: - íY el pa...pa...pájaro?
El interrogado era el conde de Thoiras, un noble provinciano que prestaba servicio por primera vez en la Corte, quien apresuradamente respondió: - Por allí vu...vu...vuela.
El monarca, en la creencia de que el noble se burlaba de su defecto, iba a descargar sobre él toda su ira, pero otro caballero que conocía bien al conde, que estaba a punto de caer en desgracia intervino prestamente en su defensa diciendo: - vuestra majestad ignora, sin duda, que el conde Thoiras tiene el alto honor de ser tartamudo.
Se cuenta que el zar de Rusia, Pedro El Grande, en su viaje a París abrazó emocionado la estatua de Richelieu, al tiempo que expresaba en voz alta: -oh, ígran hombre!, si hubieras vivido en mi tiempo yo te habría regalado la mitad de mi Imperio, para que tú me enseñases a gobernar la otra mitad.
También en esa oportunidad alguien le preguntó qué le parecía aquella ciudad, a lo que él respondió:
-Si yo tuviese mi Imperio, una semejante, la incendiaría por miedo de que poco a poco absorbiese el resto del Imperio.
Un editor le propuso a Victor Hugo editar una antología de sus poesías, y le pidió que él mismo seleccionara las más representativas.
Recibió como respuesta la siguiente frase: - ¿Es que cree usted que unas cuantas piedras alzadas de la falta del Mont Blanc representarían al Mont Blanc?.
Montesquieu, el genial autor de "Cartas persas" y el "Espíritu de las leyes", a pesar de sus profundos y osados pensamientos, era de una bonhomía patriarcal y generosidad ilimitada.
Con frecuencia iba a Marsella a visitar a su hermana que residía allí. En cierta ocasión, vagando por el muelle, le acometió impetuosamente un joven, que sacudiéndolo con energía le dijo: -íqué felicidad!...ísois mi amado protector!
Montesquieu, enderezándose la peluca que se le había corrido por el accionar desenfrenado del joven, le expresó: - joven, no sé quién sois, estáis equivocado.
- No, no, recordad, soy Robert.
- Os aseguro que os engañáis.
- íNada de eso! - insistió Robert, sin soltarlo-. Llevo grabada vuestra imagen en mis retinas y en mi corazón. Haced memoria, hace dos años yo era barquero del puerto y os llevé en mi barca al castillo de If, durante el viaje os expliqué las tribulaciones de mi familia...Me regalasteis ocho doblas de luises de oro y diez escudos de plata. Además, fuisteis vos quien pagó el rescate de mi padre que estaba prisionero de los piratas marroquíes.
Montesquieu, molesto -ya que con su alborozada alegría, el joven había atraído a su alrededor a más de veinte mirones-, le dijo que no lo molestara con sus historias y se alejó insistiendo en que el mismo era víctima de un caso de semejanza y él no lo conocía.
Al morir Montesquieu en 1755, entre sus papeles se encontró un documento en el que figuraba el desembolso de 6500 libras, enviadas a un banquero de Cádiz, encargándole la negociación del rescate de un comisionista marsellés apellidado Robert, el cual en un viaje a Esmirna fue capturado por los corsarios berberiscos y esclavizado en Tetuán.
Montesquieu guardaba en secreto su buena acción. Hacía caridad por convicción, no por figuración.