La bandera argentina debería ser blanca y negra porque nos caracteriza la facilidad de ir de un extremo a otro sin grises, aunque en la disputa nos desgarremos y dejemos hecha jirones, cuando lo racional es buscar puntos de equilibrio y de entendimiento basados en el diálogo.
La característica es tanto para las pequeñas como para las grandes cosas. En estos días, la televisión permitió seguir el descarnado debate de las retenciones que ya partió en dos a la Cámara de Diputados y parece que hará lo propio en el Senado. Ese a cara o cruz se vio reforzado por actos y carpas de uno y otro lado dejando atrapados en el medio a miles de argentinos que aspiran a vivir en una sociedad tranquila, dialoguista, solidaria y pacífica.
Es paradójico que a esta situación se llega en un momento donde el mundo demanda productos en los cuales la Argentina tiene ventajas comparativas. Años pasamos maldiciendo el poco valor de las materias primas agrícolas y luchamos a brazo partido en cuanto foro internacional fuera posible contra los subsidios de países de Primer Mundo a sus producciones primarias. Sin embargo, la oportunidad parece ser crisis por la falta de síntesis de un proyecto de país que permita alimentar a toda nuestra población, exportar y repartir riquezas. En carnes y lácteos se podría repetir el escenario.
Otra oportunidad argentina parecen ser los biocombustibles. Sin embargo, la prédica de algunos y la ignorancia de otros hizo un binomio inseparable a los bios y a la soja, y de allí a la demonización un solo paso. Sin embargo, si se mirara a Brasil se podría saber que hace más de veinte años produce combustibles a partir de la caña de azúcar. En esa etapa, el mundo no dejó de tener azúcar y el precio no se disparó. En cambio, la Argentina dejó la experiencia de alconafta por la mitad y los cañeros se vieron obligados a cambiar de cultivo. Ahora, nos quejamos de que tenemos poca nafta, los cañeros se quejan del bajo valor de su producto y muchos destinaron sus campos a soja y ahora protestan por las altas retenciones.