Ocho chicos desnutridos fueron el disparador. El disparo tuvo un destino: las manos de Panchita De Feo. "Sentí que tenía que hacer algo. No había opción" cuenta ella.
Hoy son 125 los chicos que reciben los beneficios de esta mujer, convertida en la cabeza de una red que se extiende por todo el barrio, con pivotes que la sostienen y la hacen crecer cada día.
"Comenzamos formando a algunas mamás, educándolas en cuestiones cotidianas, del cuidado de los hijos, de las prevenciones, de la salud, de la higiene. Hoy son ellas mis principales colaboradoras", dice Panchita.
Recientemente electa presidenta de la Congregación Mariana, ferviente devota de la Virgen de los Milagros, la mujer estuvo siempre ligada al santuario de los padres jesuitas. "Hace 35, 40 años que estoy trabajando en lo que hoy se llama "voluntariado social'. Antes de llegar a Alto Verde, yo trabajaba con los curas en el barrio San Agustín, como catequista. Hasta que un día, en 1989, el padre padre Carlos Cravena me dijo: "Te necesito acá'. Así fue como llegué a La Vuelta del Paraguayo", explica.
Lo primero fue resolver lo urgente. Una vez recuperados los casos extremos, los objetivos fueron un poco más allá. Y el asistencialismo se convirtió en trabajo, en recursos, en contención, pero también en obligaciones, en exigencias, en compromiso.
Al bajar del Puente Palito, un camino sinuoso se abre a mano izquierda. Al final está la capilla de los Santos Mártires, sede del comedor. "Traté de ocuparme de las mujeres, de ir a buscarlas, de formarlas. Fueron pasando los años, siempre tratando de darles lo mejor. Hacíamos los ajuares para las mamás, conseguíamos ropa, calzado, lo que hiciera falta", dice.
Así se formó la Fundación San Roque González, en 2000. Con ese paraguas, la mujer salió a buscar ayuda a empresas y profesionales, y también al ámbito público. Pidió consejo a sacerdotes avezados en la temática, como el padre Axel Arguinchona. "Él me dio pautas respecto de cómo trabajar. Así, recurrí al pequeño grupo de mamás que habíamos formado al principio, y les dije que ahora era el momento de dar. Les pregunté si eran capaces de cocinar para tantos chicos, sin cobrar un centavo. Todas respondieron que sí", se enorgullece.
Mientras Panchita se asesoraba con un nutricionista, el grupo de mamás tomó un curso de cocina en Cáritas. La rueda seguía girando. Hoy son las mujeres del barrio las que gestionan la actividad. "Yo manejo la parte administrativa y hago sólo las compras grandes. Antes tenía que ir casi todos los días; ahora el proyecto ya marcha solo", afirma.
"Con el tiempo fuimos pensando en la posibilidad de que los chicos se llevaran la comida a su casa. Era un tema complejo, porque hay que controlar que el alimento llegue a sus estómagos. Pero queríamos recuperar la idea de la comida en familia, en una mesa, en el ámbito privado", fundamenta la mujer.
Desde el año pasado, cada mamá va a la tarde a buscar la leche, y a la noche a retirar la cena. Después, un médico (ver Nota relacionada) se encarga de controlar que la curva de crecimiento de cada pibe sea la adecuada.
La labor cuenta con el apoyo del santuario Nuestra Señora de los Milagros: desde allí muchas veces llegan las donaciones que van a parar al barrio. Además, existe el voluntariado social que, bajo el nombre de Vías, realiza ferias solidarias de ropa o de vajilla.
Por otra parte, la Fundación apoya materialmente a casos puntuales de situaciones extremas. El responsable actual de la capilla, el padre Daniel Zilone, colabora codo a codo con las tareas. "Ahora está levantando habitaciones de material para una familia que lo necesita: lo hace él mismo, junto con los hijos de esta gente", explica Panchita.
Con la mirada puesta en un álbum de fotos que expone, una tras otra, las etapas del camino realizado, la mujer asume que el proceso ha sido muy difícil. "Fue necesario hablar mucho. Enseñarles que hay horarios, que los chicos deben tener una rutina para ingerir los alimentos. Que es importante dialogar con ellos en la mesa", cuenta.
A sus 71 años, ansiosa por convertirse alguna vez en bisabuela, la mujer se emociona al pensar en todo lo que esta vida le dio. "Tengo a mi familia, que es hermosa y me contiene muchísimo. Sin ellos nunca podría haber hecho todo lo que hice. Y tengo a mi segunda familia, que son esas personas que me esperan allá. Desde Laura, mi mano derecha, hasta todos los que colaboran con ganas en cada actividad que se propone. Ellos me devuelven mucho más de lo que yo les doy. Esto no me cuesta para nada: es mi vida", concluye.
Al mismo tiempo que comenzaba a funcionar el comedor, se pidió al gobierno provincial la implementación de un puesto sanitario. La respuesta llegó, pero funcionó sólo un par de meses. "No cumplieron, así de simple", dice la mujer, que enseguida puso manos a la obra para resolver el problema. La solución tuvo nombre y apellido: el doctor Marcelo Villagra, "un médico voluntario a quien deberíamos levantarle un monumento", sostiene la mujer.
"Realiza una labor excepcional, sin cobrar un centavo. A través de donaciones se equipó un consultorio con los elementos mínimos indispensables. Este profesional se dedica a controlar que los chicos coman bien, a prevenir enfermedades y, por supuesto, a atender en casos de enfermedad".
Desde este año, el médico implementó un programa originario de Brasil, de formadoras barriales sociales y sanitarias. "Se trata de que ellas vayan, familia por familia, tomando datos sobre la situación de las mujeres: si se hicieron el papanicolau y el examen de mamas, ver si los chicos tienen las vacunas, etcétera".
Pilay
es el padrino de la Fundación, la empresa que aporta la mayor parte del sustento. También existen donaciones de funcionarios y de manos anónimas, que hacen posible el trabajo cotidiano.
DE LA REDACCIÓN DE EL LITORAL