Recorriendo las islas de San Javier días atrás nos comentaron de una señora que vive sola en la isla y la curiosidad nos llevó a preguntar donde se encontraba, la respuesta fue hay que navegar unos 45 minutos por el Sauce tomar El Algarrobo después El Veroncito y vas a ir a dar con un cañadon ese mismo es el Cañadon de Doña Morocha, lleva su nombre desde que ella esta allí.
Después de esta explicación sabíamos que nuestro rumbo estaba marcado. ¿Cómo nos íbamos a ir sin conocerla? Así que en compañía de un baquiano de la zona emprendimos viaje. Luego de incontables curvas y desvíos llegamos al tan conocido cañadón donde vive: una extensión de agua y camalotes rodeada de monte.
La mirada se perdía buscando una señal de su puesto, sus corrales o alguna referencia, pero teníamos que poner mucha atención o bien conocer dónde se encontraba pues, si no, les aseguro que pasa desapercibido. A medida que nos acercamos a la otra orilla, de entre los árboles comenzaron a aparecer dos ranchitos de barro con techo de paja. Descendimos de la lancha y caminamos unos cincuenta metros, los ladridos de los perros pusieron en alerta a Doña Morocha, que se asomó a la puerta de su casa.
Servicial y con la amabilidad que caracteriza a las personas de campo, nos dijo:
-Buen día. Adelante... pasen, siéntense. ¿Qué los trae por acá?
-Nada... Pasamos a visitarla, nomás
-Bueno, vengan ¿Gustan unos mates?
-íCómo no!
Sin muchas preguntas, comenzó a contarnos parte de su vida. Claro, lo que espera siempre es tener alguien con quien conversar. "Vivo aquí desde chica, me casé y con mi pareja decidimos vivir en la isla, tuvimos un hijo y por cosas de la vida me fui quedando sola. Primero se fue mi marido, falleció hace unos treinta y algo de años. Y después mi hijo, se casó y rumbió lejos pal Chaco. Ah... pero para la segunda semana de las vacaciones de la escuela, él viene con su familia y hacemos una carneada. Todos los años igual.
-Y ¿qué hace usted sola acá?
-Ah, mijo, yo me hago todo por la mañana. Antes que aclare ya me llegan las lecheras y las ordeño, porque hago queso para vender. Así solo o con pimienta... Todas las semanas pasan y lo llevan pa' afuera a vender en el pueblo. Vengan, miren, aquí los hago. Esta es la prensa... y nos muestra una mesa hecha entera de troncos de quebracho, una horqueta, un palo que la atravesaba a lo largo y en su punta un gancho donde colgaba un peso de cemento y piedra de alrededor de 50 kg (al que levantó como si fuese de cartón).
-Después me voy con la yegua a buscar leña. Se la ato con una soga y le digo vamos y ella ya sabe dónde tiene que parar. Mis animales están acostumbrados; ya me entienden más que un gente...
-Te cuento. Un día me estaba por ir a dormir; pero antes, como a las siete, yo escucho la radio, porque si alguien me quiere mandar a decir algo, ya saben que a esa hora yo los escucho. Siete y cuarto apagué nomás y me fui a dormir. Medio entredormida me pareció escuchar ruido en el corral de las ovejas. Así que agarré la escopeta y cuando miro veo una sombra con la luz de la luna. Así que caminé en cuatro manos hacia el corral y ahí lo vi, medio subido al alambre del corral, ¿vio? Levanté la escopeta y le apunté al costado como pa' rociarlo. Le apagué el tiro y me quedé escuchando. Pensé que lo había matao... íNo!, dispararon... Eran dos. Me quedé quieta y escuché el ruido de los toiletes y en el reflejo del agua vi cómo se iban. Les di la vuelta para que no me vean con el reflejo de la luna y cuando llegué a la costa estaban lejos, pero igual le tiré otro.... Ah, había que ver lo rápido que remaban. Fue la única vez que me quisieron entrar en el corral.
-¿Y con las crecidas cómo se arregla?
-Mirá en la inundación más grande, por allá por el 80, el agua me llegó casi a la ventana y duró como tres meses pero me hice un refugio arriba del árbol y después de dos semanas me sacaron para el pueblo. Porque no aguanté más. No iba a abandonar mis animales... Desde entonces no he salido pa' fuera. La del 92 me entró unos 15 centímetros, pero la cama estaba seca, así que no tuve problemas. Lo único, sí, que me rompieron la paredes de barro. Pues, tuve que hacer adobe, junté tierra negra de allá entre el pajar y bosta de caballo. Lo amaso bien, y a acomodar todo de nuevo...
No queríamos irnos, y ella parecía que tenía mucho por contarnos todavía, pero con la promesa que volveríamos a visitarla, saludamos a "Doña Morocha" y emprendimos la retirada.
Hay que ver cosas que no se pueden contar. Desde la limpieza de su patio barrido y sin una hoja, lo parejo del revoque de adobe de las paredes, sus quesos secándose en una fiambrera, su fogón calentando la pava con leña, la enseñanza de vida, las ganas de vivir, y por sobre todas las cosas lo simple que puede ser la vida cuando uno se lo propone.
Un pedacito de tierra, los animalitos como para hacer carne de vez en cuando, y un "capincho" pa' que coman los perros y qué más...
Fabio Serafini